Andrés Manuel López Obrador.
Andrés Manuel López Obrador.

*Por Guillermo Velasco Barrera

Tras varios meses de confinamiento prevalece una incertidumbre generalizada con relación al derrotero del Covid 19. Cuando se habla de este virus, la palabra rebrote se impone en países como España y Francia, en donde tras la efímera vuelta a la “normalidad” emerge la advertencia de volver a mandar a las personas a su casa.

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En otras naciones, especialmente en América Latina, no es posible hablar de rebrotes porque el momento crítico no ha cesado, siguen los contagios y las muertes en medio de confusión, caos, manipulación de datos oficiales y utilización política de la pandemia por parte de diversos gobernantes. Ante su incapacidad para resolver graves y urgentes problemas, anteriores incluso al surgimiento del Covid19, como son la inseguridad y la precariedad económica, generan nuevas narrativas para desviar la atención de la opinión pública en torno a dichos problemas, para aumentar su poder y capacidad de control sobre una sociedad adormecida que, sin darse cuenta, entra en el juego de esta narrativa, perdiendo fuerza, visión crítica y capacidad para organizarse y participar.

Tal aseveración no pretende, de ninguna forma, minimizar la gravedad de la pandemia ni cuestionar medidas que han contribuido a disminuir la propagación del virus, sino poner de manifiesto la utilización política de esta coyuntura, la manipulación, y las “curas” fallidas de muchos gobiernos y gobernantes que, además de exhibir una incapacidad manifiesta para atender esta crisis, la han aprovechado para polarizar a la sociedad y para tener clientelas cautivas en medio de la pobreza, el hambre y el miedo.

El caso de México ejemplifica muy bien lo referido anteriormente: mientras miles de personas de escasos recursos mueren en hospitales públicos ante la incapacidad y la falta de recursos para atenderlos cuando son contagiados por el Covid19, el presidente Andrés Manuel López Obrador no solo minimiza la realidad que se vive en este país, sino que aprovecha cada uno de sus discursos para referirse a los neoliberales y a los conservadores como los responsables de todo cuanto ocurre.

Diversos gobernantes generan nuevas narrativas para aumentar su poder y capacidad de control sobre una sociedad adormecida y tenerla cautiva en medio de la pobreza, el hambre y el miedo

Frente a la compleja situación económica imperante en México, agravada por esta contingencia, no solo no existe por parte del gobierno federal un plan estratégico de reactivación y conservación de empleos, sino que existe una permanente estigmatización de los empresarios, a los que se busca hacer responsables del despido de miles de personas, para así acrecentar el encono social mediante una dialéctica perversa y creciente.

Se opera con la lógica de dádivas y “apoyos”, principalmente a jóvenes, mujeres y ancianos, con claros propósitos electorales con miras a las elecciones de junio del 2021, en las que en México se renovarán 15 gubernaturas, 30 Congresos locales y 1900 ayuntamientos. La autodenominada “Cuarta Transformación” lleva a cabo censos en todo el país a través de los denominados “Siervos de la Nación”, personeros del presidente quienes distribuyen recursos en su nombre, al margen de la institucionalidad de los programas sociales, para fidelizar pobres y movilizar votantes en favor del partido oficial (Movimiento de Regeneración Nacional, MORENA).

Y en esa lógica de verticalidad y de achicamiento de la sociedad, el gobierno mexicano, en el contexto de la pandemia, se ha dedicado a socavar y desmantelar instituciones para ampliar su poder y pretender construir un andamiaje autoritario al margen de la legalidad, los criterios técnicos y científicos, la participación de los ciudadanos y la pluralidad.

Un caso reciente, muy escandaloso, fue la disposición del gobierno mexicano de desaparecer 109 fideicomisos con el pretexto de erradicar la corrupción existente en muchos de ellos y sin que mediara una investigación rigurosa sobre su operación. Tras desaparecer dichos fideicomisos y retirarles los recursos que tenían etiquetados para propósitos específicos y prioritarios, el gobierno obtendría una cantidad aproximada de 68 mil millones de pesos, que ya no serán destinados a Ciencia y Tecnología, a Cultura, a protección de desastres naturales y a temas vinculados a la salud, entre otros, sino que se manejarán con total discrecionalidad y opacidad, y muy probablemente serán destinados a respaldar las campañas oficiales del próximo año.

En fin, sería muy amplio esbozar todas las acciones emprendidas por el gobierno mexicano en su ruta de ampliación de poder mientras buena parte de la sociedad mexicana se ha quedado en casa. Pero tales acciones, y pesar de las diferencias de contexto con Venezuela, se parecen cada vez más a las emprendidas por régimen chavista, continuado por Nicolás Maduro, que han sumido en la miseria y en la falta total de libertad a los venezolanos.

Entre dichas acciones destacan las siguientes: entrega de proyectos estratégicos y negocios a los militares: puertos y aduanas, construcción del nuevo aeropuerto de la ciudad de México y construcción y equipamiento de las sucursales de la Banca del Bienestar, entre otras funciones. Igualmente, el presidente mexicano creó la Guardia Nacional –en realidad una guardia “pretoriana” a su servicio– y ha extendido la duración de sus conferencias de prensa diarias, superando las 2 horas con 30 minutos. Este ejercicio propagandístico no supera aún al montaje de “Aló Presidente”, del finado Hugo Chávez, pero cada vez se parece más a él.

Pero a pesar del intento de verticalidad de muchos gobiernos y de estas pseudo-curas ante diversos males sociales, hoy acrecentados por la pandemia, existen experiencias –tanto gubernamentales, como promovidas por la sociedad– en diversas partes del mundo, que son dignas de contarse, no solo por el aprendizaje que representan, sino porque son un acicate para la esperanza en tiempos de incertidumbre.

Ante la verticalidad de muchos gobiernos y de pseudo curas, existen experiencias que son dignas de contarse…

Me quiero referir, de forma particular, a un proyecto promovido en el Estado de Jalisco, en México, cuya génesis se remonta a los inicios del brote del virus en este país. Un grupo de empresarios jaliscienses se reunió con el gobernador de la entidad con dos preocupaciones fundamentales frente al escenario que se avecinaba: el contagio de personas y el previsible cierre de empresas ante el confinamiento que ya había comenzado.

Fueron entonces, inicialmente, dos los temas abordados en este encuentro: la salud y la conservación de los empleos. Pero surgió uno más apremiante: el hambre. Según estimaciones de las autoridades de Jalisco, en este Estado la pobreza alimentaria durante la pandemia podría alcanzar con diversos grados de intensidad al 60% de la población (cuatro millones, ochocientos mil personas aproximadamente). Así que la tarea más urgente, sin dejar de lado la apuesta por la reactivación económica, fue la de organizar una estrategia de distribución de alimentos para las personas con mayores carencias.

Se requería una articulación sin precedentes para preparar despensas y hacerlas llegar a 125 municipios, y es así que un grupo de empresarios pusieron en marcha la iniciativa “Jalisco Sin Hambre”, a la que se sumaron sindicatos, universidades, empresas, organismos empresariales, fundaciones, la Iglesia Católica y el gobierno de Jalisco.

Se puso en marcha una gran operación que implicó recaudación de fondos, comunicación, acopio de alimentos con empresas productoras, líneas de producción de despensas y distribución de las mismas. La respuesta de la sociedad fue inmediata, y durante los 4 meses que duró esta iniciativa, se benefició a más de un millón de personas con la participación de más de 800 organizaciones sociales que se sumaron a la misma.

Es claro que problema del hambre no está resuelto, y que mejorar las condiciones de pobreza en la que viven miles de familias presupone reactivar la economía, detonar empleos y generar mejores condiciones para la distribución de la riqueza, pero no se podía dar la espalda al hambre en ese momento concreto, al “hambre criminal” como la califica el Papa Francisco en su reciente Encíclica Fratelli Tutti.

En dicha Encíclica, cuando al Papa aborda el tema de la actividad del amor político habla del amor “elícito” y del amor “imperado”. El primero habla de los actos que proceden directamente de la virtud de la caridad dirigidos a personas y a pueblos, y el segundo, a actos de la caridad que crean instituciones más sanas, estructuras solidarias y regulaciones más justas para el bien común (Capítulo V, 186).

Ambos actos de amor son importantes. El Papa lo ejemplifica diciendo que existen personas que ayudan a una persona a cruzar un río y personas que construyen un puente para que más personas puedan cruzarlo. En el caso de “Jalisco Sin Hambre” se atendió de forma temporal una situación de emergencia. Muchas familias, a pesar de sus limitaciones económicas, aportaron dinero con la convicción de cuando menos mitigar un poco el hambre de gente muy pobre. Muchos empresarios, cuyas empresas vivían situaciones muy críticas, hicieron donaciones importantes, muchos sacerdotes, padeciendo ellos mismos muchas carencias, orquestaron amplias redes de distribución y fueron a llevar comida a los más pobres, a aquellos que ni siquiera se acercan a pedir este ayuda, “pues no se sienten merecedores de la misma”, tal como refirió en alguna ocasión el director de Cáritas Guadalajara.

El programa en cuestión, con sus claras limitaciones, fue una respuesta concreta. Se implantó un programa de seguimiento y verificación para cuidar el reparto de las despensas y evitar el uso político de las mismas, algo muy habitual, por cierto, máxime cuando se avecinan procesos electorales.

Y en todo momento se trabajó con un profundo respeto a la dignidad de la persona, buscando no tan solo llevar comida, sino un mensaje de esperanza y aliento. En claro contraste con otras iniciativas de ayuda en el contexto de la pandemia, “Jalisco Sin Hambre” dejó de lado protagonismos personales y por supuesto el afán de rentabilizar la entrega de despensas con propósitos electorales. Lamentablemente, diversos gobiernos totalitarios han encontrado en la pobreza y en el hambre una oportunidad para controlar, manipular y comprar votos.

Es cierto que toda iniciativa de ayuda, por más buena que sea, corre el riesgo de limitarse al momento de la emergencia o al momento más crítico para después desaparecer. Hablaríamos entonces de una mera “solidaridad emocional” que, si bien con genuinas intenciones, es efímera e insuficiente.

Con esta reflexión, “Jalisco Sin Hambre”, luego de cuatro meses de trabajo decidió cerrar una etapa como proyecto de emergencia y transitar a la vía de la institucionalización para continuar ayudando a las personas que padecen hambre. Es así que se pasó la estafeta de la Iniciativa a dos instituciones que llevan mucho tiempo trabajando en el rubro de pobreza alimentaria: Banco de Alimentos Diocesano y Cáritas Guadalajara. A partir de ahora, ambas instituciones continuarán con la labor que ya venían haciendo, pero capitalizando toda la articulación social que se logró para luchar contra el hambre en los peores meses de la pandemia, lo que implicará a futuro más recursos económicos, líneas de producción de despensas, voluntarios, vínculo con empresas y universidades, etc.

La experiencia referida dejó una semilla de esperanza y fue un claro ejemplo de participación ciudadana en momentos complejos e inciertos. Refería al inicio de este texto que algo preocupante durante la contingencia era el achicamiento de la sociedad cediendo espacio a gobiernos omnipresentes que, aprovechando la coyuntura, han confeccionado modelos de control disfrazados de planes de emergencia, imponiendo narrativas, otorgando apoyos con criterios políticos y aprovechando la vulnerabilidad en que se encuentran muchas sociedades para imponer agendas ideológicas y para limitar libertades fundamentales. Jalisco sin Hambre, por el trasfondo de colaboración entre las personas que los gobiernos intenta poner como enfrentadas, es un ejemplo de una verdadera cura.

Algo preocupante han sido modelos de control disfrazados de planes de emergencia, imponiendo narrativas, otorgando apoyos con criterios políticos y aprovechando la vulnerabilidad

Terminaría con tres conclusiones con relación al momento de incertidumbre que estamos viviendo:

Frente a situaciones críticas, comúnmente ha sido la sociedad organizada la que ha marcado y ha construido el rumbo para salir adelante, o al menos ha empujado fuertemente para hacerlo posible. Si pensamos en desastres naturales, crisis económicas, inseguridad, etcétera, la participación de la sociedad ha sido fundamental para articular alternativas de solución, muchas veces en alianza con el gobierno. Pero si la sociedad se queda al margen, simplemente como espectadora del rol que jugarán las autoridades ante los problemas que surgen, se corre el riesgo no tan solo de la ineficacia en las soluciones, sino de quedar sometida a las “recetas” y “fórmulas” que, amén de no ser las adecuadas, o al menos no siempre, invadirían ámbitos de competencia ciudadana y limitarían libertades fundamentales, quebrantando claramente el principio de subsidiariedad, y por tanto, atrofiando gravemente el músculo social de cualquier nación.

A pesar de la incertidumbre, y sin demérito de las precauciones y protocolos que se deben seguir a efecto de evitar los contagios, urge un cambio de mentalidad para que la sociedad recupere el terreno que ha perdido, urge situarnos en el contexto que vivimos con realismo, con información fidedigna que trasciende la información distorsionada y la propaganda de muchos gobiernos que en la confusión y la incertidumbre han encontrado su fortaleza. En pocas palabras, la vida tiene que continuar, lo que presupone, además, romper el falso dilema entre salud y economía. Se requiere cuidar ambas cosas, “salvar las dos vidas”, la vida de las personas y la vida de las empresas, sin la cual no puede haber bienestar, prosperidad y paz social.

Y algo muy importante: frente a la verticalidad gubernamental, la promoción del miedo, el control exacerbado y los escenarios catastrofistas que tienen como propósito paralizar, inhibir y provocar resignación social –que ha sido la apuesta de la izquierda en el contexto de la pandemia–, es importante promover la esperanza, no basada en falsos testimonios, ni en la negación de la realidad, sino en la convicción de que la auténtica solidaridad entre las personas y entre los pueblos marcará la diferencia. La familia ha sido y será el motor más importante de dicha esperanza, pues en ella se aprende el amor, ese amor social y amor político al que se refiere el Papa en su última Encíclica, que se basa en el encuentro con el otro, encuentro profundo, respetuoso, digno y libre, que hace contraste con el control y la instrumentalización de las personas. En medio de todo lo que estamos viviendo podemos crear anticuerpos, no necesariamente contra el Covid 19, pero sí contra el virus ideológico del populismo. Podemos como sociedad salir fortalecidos, ser más libres y construir un mejor futuro para las siguientes generaciones.

* Este artículo forma parte de ‘Pandemonium II: La cura’. Guillermo Velasco es periodista y consultor en comunicación.

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