Corría un chiste hace no tanto -aunque parece que haya pasado una eternidad- sobre alguien a quien consultaban sobre la tolerancia a la homosexualidad explícita: “Hombre, mientras no lo hagan obligatorio…”. Y estamos ahí ahí.

El otro día era un artículo en El País que nos alertaba de que ser heterosexual -es decir, como más del 95% de la humanidad, esa que deja descendientes- era ‘peligroso’. Y hoy tenemos a la actriz Verónica Forqué -de quien un malicioso tuitero ha comentado que “al final, no se lo hacía”- ha dicho en una entrevista a La Razón que “como decía mi madre, hay que tener un hijo gay porque son los únicos que te quieren de verdad”.

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Lamentablemente, he de reconocer que ese comentario lo he oído a menudo, aunque nunca lo había visto escrito en letras de molde, aunque deberíamos de estar ya hechos a la idea de que si un heterosexual es bueno en algo, un homosexual tiene que ser mejor. Existe desde hace muchísimo tiempo la idea de que los homosexuales masculinos tienen una especial vinculación con sus madres, aunque también que la que tienen con su progenitor masculino no suele ser tan buena, pero incluso de los tópicos se quedan solo con la parte buena.

No, todavía no es ilegal ser heterosexual, pero, francamente, empieza a estar mal visto

Sí parece lógico que es más fácil que la madre se mantenga como la mujer más importante en la vida de quien no va a tener interés sentimental en otras y que la progenitora va a poder acaparar a su hijo en un grado que sería difícil si existiera otra mujer importante en su vida, por no hablar de lo que para muchas es un sueño hecho realidad: no tener nuera.

O sea que no, todavía no es ilegal ser heterosexual, pero, francamente, empieza a estar mal visto. Ya no hay ‘gays’ malos ni tontos en anuncios, películas o series, donde abundan los heterosexuales -especialmente, si son del género equivocado- no solo malvados, sino malvados por homófobos, que viene a ser uno de los pecados imperdonables de la postmodernidad.

No creo que uno entre mil de los primeros en defender los derechos de los homosexuales, en el lejano 69, podría imaginar que la condición no sería meramente tolerada y luego aceptada por la sociedad y el discurso oficial en plano de igualdad, sino que se convertirían en los héroes del relato. No hay bandera tan omnipresente y aceptada como la del arcoiris, y nadie dice esta boca es mía por el hecho de que a menudo se cuelgue contraviniendo abiertamente las ordenanzas que prohíben que en tal o cual edificio oficial solo puede ondear la enseña nacional. ¿Quién va a tener las narices de denunciarlo?

Y no es solo la cultura oficial la que ha convertido a los LGTBI en gloriosas víctimas a las que nunca se puede dedicar suficiente incienso; las multinacionales se han mostrado aún más obsequiosas con el poderoso lobby, y han convertido el día/semana/mes del Orgullo en una festividad de precepto por lo comercial, y haber cuál es la guapa que esos días no viste su logo de arcoiris.

Empezaron diciendo que eran “como los demás”, pero eso les aburrió hace mucho, cuando descubrieron que era más beneficioso y divertido ser “especiales” y, sobre todo, “mejores” que los “engendradores” (‘breeders”). Hay lobbies que se dedican a controlar minuciosamente que haya una determinada proporción de gays en series y películas, desmedida con respecto a la real, y que les saquen el lado bueno siempre, no vaya a ser. Tanto en política como en el mercado, uno prefiere que le acusen de corrupción que de homofobia.

Por eso tenía que nacer un banco LGTBI. El Instituto Pride ha lanzado en Brasil el primer banco digital LGTBI del mundo que destinará el 5%de sus ingresos brutos para acciones sociales en favor de este colectivo. “No estamos aquí exclusivamente para ganar dinero, sino para devolverlo a las personas LGTBI a través de acciones sociales”, explicó el primer ejecutivo del Pride Bank, Marcio Orlandi.

Está previsto, además, que la entidad apoye a la organización Eternamente Sou, dedicada a la integración de personas LGTBI de la tercera edad; y destine parte de las ganancias a financiar la reforma de la Casa de Brenda Lee, un albergue paulista que desde hace más de tres décadas acoge a transexuales y travestis sin hogar. En un futuro, la idea es ayudar a “centenas o miles de organizaciones” de todo Brasil y, en concreto, del norte y el nordeste del país, donde la comunidad LGTBI “sufre mucho más” por el hecho de vivir en sociedades “más machistas y conservadoras”, aseguró Orlandi a la agencia EFE.

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