* Por Leonardo Pucheta.

En la edición del 21 de diciembre de 2019 de la publicación médica The Lancet se publicó una carta de Ciaran Clarke, integrante del Departmento Psiquiatría infantil y adolescente de la Universidad de Dublin, que presenta una breve pero interesante aproximación a la problemática del aborto, destacando una serie de antecedentes históricos y lo que dicha práctica implica especialmente para los profesionales de la salud.

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Trayendo a colación antecedentes que podríamos llamar próximos en términos históricos, Clarke comienza destacando que una de las primeras medidas legislativas adoptadas por Lenin después de la Revolución Rusa resultó en la realización generalizada de abortos y que el aborto fue un elemento relevante del programa eugenésico de la Alemania nazi Además, señala que en la República Popular de China el aborto se introdujo desde sus inicios, extendiéndose hasta la actualidad coercitivamente. Luego manifiesta que el aborto selectivo por sexo constituye en India actual una herramienta de ingeniería social, a través de la cual se mantiene la proporción entre mujeres y hombres en la población infantil de 0 a 6 años.

En el debate contemporáneo suelen obviarse estas referencias a la “utilidad” del aborto en términos demográficos, así como las profundas connotaciones que pueden traer en relación con la selección de la descendencia en razón de la posible presencia de patologías, del sexo o cualquiera de las frivolidades que resultan de la concepción del hijo como un bien de consumo.

Clarke reflexiona también respecto del término “derechos reproductivos”, al que asocia a una terminología reciente acuñada por activistas políticos y que en términos de derechos humanos se encontraría basado endeblemente por una conjunción del derecho a la privacidad y los derechos sobre la propiedad. Con respecto al primero afirma que el primer problema que surge de este lenguaje general no es hacer cumplir el derecho a la privacidad, sino el problema de definir el su alcance, ya que “claramente, no existe el derecho absoluto de hacer algunas cosas en privado”.

Con respecto a la vinculación entre derechos reproductivos y los derechos sobre la propiedad plantea algunas objeciones: En primer lugar, que las partes del cuerpo no son bienes de consumo y por lo tanto se encuentran fuera del comercio, lo que afirma asociado al rechazo generalizado de la comercialización del trasplante de órganos. En segundo lugar, la persona humana -en cualquier etapa de su desarrollo- nunca es parte de la madre.

Por último, sostiene que para muchos fuera de los Estados Unidos y Europa, el término “derechos reproductivos” es un ejemplo de “terminología poscolonial e imperialista que no se adapta a sus propias culturas”.

A nuestro juicio, los dilemas bioéticos contemporáneos se encuentran cruzados por la tensión entre las visiones regionales o particularistas y las propuestas que implícita o explícitamente sugieren una aproximación reglamentaria global, destinadas al fracaso en la medida en que se presenten disociadas de las exigencias del iusnaturalismo y por lo tanto, carentes de la fundamentación metafísica que un orden jurídico universal requiere. Cuando la pretendida regulación global se funda en posiciones ideológicas, su implementación exigirá -necesariamente- la imposición de normas extrañas para gran parte de la comunidad internacional. Es decir, cuando la norma no se funda en la razón, lo hace en la fuerza.

El autor afirma “ya sea como resultado del totalitarismo comunista o fascista, la eugenesia, la selección tradicional de sexo, el feminismo o el neoliberalismo de libre mercado, el aborto es el fin deliberado de la vida”, por lo que “ésto [el aborto intencional] debería preocupar a una profesión que se dedica a cuidar a las personas”.

El nivel de abstracción que plantea Clarke permite pensar el drama del aborto desde un plano superador de la mera subjetividad, con una perspectiva más profunda que la que se plantea en la coyuntura de nuestro país [Argentina] donde el asunto es abordado superficialmente desde la mirada radicalizada de minorías ideologizadas, desatendiendo la evidencia biológica, la coherencia del ordenamiento jurídicio (especialmente a la luz del paradigmático sistema internacional de derechos humanos) y obviando absoluntamente las posibles implicaciones que en plano socio-político y geopolítico puede traer aparejado.

Con su carta, Clarke instó a The Lancet, “como revista de influencia mundial”, a “respetar a las muchas personas y culturas cuyas vidas podrían verse afectadas por sus políticas”, lo que nos interpela profundamente a afianzar nuestro compromiso, muchas veces contracultural, con la defensa de los derechos humanos.

Cada uno de nosotros tenemos algo que hacer por los demás y por la transformación de nuestro contexto en una sociedad verdaderamente inclusiva y justa.

.* Publicado en Centro de Bioética Persoan y Familia

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