El filósofo Karl Popper, teórico de las sociedades abiertas.
El filósofo Karl Popper, teórico de las sociedades abiertas.

La izquierda, la progrez, los pornomarxistas, las feminazis, los tontólogos del género, los vividores de la desgracia ajena, los adeptos al marxismo cultural en todas sus variantes, que cada vez son menos variadas porque el pensamiento único nunca ha permitido otra cosa que una diversidad bastante monotemática… pues eso, la progrez como concepto monocorde tiene muy disgustado a Karl Popper.

Cuando, por métodos absolutamente inaceptables que van del escrache a la amenaza, de la violencia verbal a la física, impiden la exposición de pensamientos diferentes, el intercambio de argumentos, la disidencia como concepto polifónico, utilizan como justificación de sus vandalismos al Sr. Popper y su conocida paradoja de la tolerancia. Y se aprovechan de dos cosas: la ignorancia de sus seguidores y la nula capacidad de contrastar las informaciones que caracteriza a esos adeptos.

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Sin embargo, si Popper levantara la cabeza señalaría a todos estos progres, antifas y otras hierbas como lo que no hay que tolerar.

Pero el pobre Popper sólo puede en este momento esperar a que alguien explique a todos esos uniformados mentales que el intolerante de la paradoja es el que no tolera nada que se salga de su reducida concepción del mundo perfecto. Y responde con violencia. Ellos. Los intolerantes de libro. Los que imitan a los grupos fascistas de la Alemania Nazi con variantes ornamentales que convierten sus acciones en fascismo pasado por el Callejón del Gato.

Nuestro héroe, filósofo y epistemólogo, cosa que ya debería hacer saltar las alarmas de nuestros progres por su incapacidad de entender la profesión de Popper, habló de la paradoja de la tolerancia en su libro La sociedad abierta y sus enemigos.

Popper: «La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia»

Y como los enemigos de la sociedad abierta no se lo han leído, porque es muy voluminoso y a partir de las tres páginas se les hace bola, no saben que la famosa idea es un pie de página de un capítulo, el séptimo, El principio de la contradicción.

Lo que Popper dice es que todas estas tribus son tremendamente peligrosas para la libertad, la democracia y la tolerancia, otras paradojas que toca de pasada a pie de página con el mismo argumento son conceptos que, llevados a su forma máxima pueden ser eliminados por el germen de lo contrario, que se ve amparado por la propia esencia de la libertad, la democracia y la tolerancia, hasta ser un monstruo que se las come.

Dejemos hablar a don Karl Raimund Popper.

“Menos conocida es la paradoja de la tolerancia: La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante de las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia”.

Aquí vemos que Popper no deja claro quiénes son los tolerantes y los intolerantes. Y lo último que hubiera querido Popper es servir de coartada a los intolerantes para hacer cosas de intolerantes. Así que, por si hubiera dudas pese a que hay una serie de evidencias, como la violencia, que señalan al intolerante, vamos a terminar de leer lo que nos dice.

“Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de condiciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que presten oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñen a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos”.

Al hablar de intolerantes Popper pensaba en los escrachadores, no en los etiquetados y perseguidos tras colocarles la etiqueta. Esos que creen que, puesta la estrella amarilla, están autorizados a todas las tropelías porque el que la lleva debe ser destruido. ¿Por qué? Por opinar. El discurso del odio, ya saben.

El delito de odio aplicado a opiniones y pensamientos es la forma estatalizada de justificar legalmente este fascismo encubierto, esa censura

No es machista decir que la violencia no tiene género, no es homofobia decir que los LGTBI no deben tener más derechos que el resto, no es transfóbico decir que los niños tienen pene, no es racista decir que la inmigración debe ser regulada. No es discurso de odio. Es disidencia del consenso progre.

El odio sólo está en las cabezas de los violentos que, desde la tolerancia, deben tener todo el derecho a odiar a los que les contradicen, a los de derechas, a los que opinan diferente. Odiar debería ser libre, como hasta ahora habían sido los sentimientos, si no pasan a ser acción. El problema es que, lejos de argumentar y odiar libremente, pasan a la acción.

Y el delito de odio aplicado a opiniones y pensamientos es la forma estatalizada de justificar legalmente este fascismo encubierto, esa censura.

Si Popper levantara la cabeza, progre, pornomarxista, feminazi, tontólogo del género, vividor de la desgracia ajena, adepto al marxismo cultural, te diría que eres un intolerante.

De momento, te lo digo yo. Y te emplazo a un debate para que argumentes tu odio sin violencia.

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