Pedro Sánchez, en eel Congreso de los Diputados. /EFE
Pedro Sánchez, en eel Congreso de los Diputados. /EFE

La pasada semana, durante la intervención de Santiago Abascal en la sesión parlamentaria para prorrogar el estado de alarma quince días más, el líder de Vox avisó a los navegantes de este barco a la deriva sobre la posibilidad de que su grupo presente una moción de censura en próximas fechas. Golpe maestro sin duda. Pero… ¿Hay alguna opción de apartar a Sánchez del poder?

Al inicio de la pandemia, cuando todavía los españoles no teníamos coartada nuestra libertad y el estado de alarma no era más que una ensoñación en la mente del ejecutivo, el periodista Christian Campos, a través de un hilo de Twitter, desveló las fricciones internas que se estaban despertando en el gobierno, -hay que decir que estas siempre han existido desde el momento en el que Sánchez e Iglesias se fundieron en aquel celebré abrazo-, provocadas por la intención del presidente del Gobierno, como así fue al final, de excluir a los ministros de Unidas Podemos del control de mando de la crisis.

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Marginación, que, según el columnista de El Español, casi desemboca en el cese de Iglesias como vicepresidente, y evidentemente, con la ruptura del pacto de Gobierno que posibilitó que la izquierda conservara las llaves de La Moncloa.

Al final como se supo tiempo después, Iglesias, de tapadillo, fue consolado con el control del CNI por gracia del BOE. El vicepresidente empezó la crisis siendo un mero peón en el gabinete y ahora se ha convertido, gracias al arte del chantaje, esta conducta que parece haber inculcado al presidente, en el segundo sobre el papel pero en el cabecilla en los mecanismos de poder. ¿Si no como se explica que después de un Consejo de Ministros el líder de Podemos presumiera de haber impulsado la renta universal tras hablar con Sánchez cuando la medida no entraba en los puntos de la reunión? Iglesias manda y, – por la cuenta que le trae porque si no le cierran el chiringuito-, Sánchez obedece. 

El hombre que desafío a los expertos de los que el mismo presume saltándose la cuarentena acudiendo a ruedas de prensa pese a que su parienta estaba contagiada, o yendo a comprar al supermercado sin mascarilla ni guantes, es el capo de este Gobierno que se cae a trozos.

Las diferencias entre los ministros, -cada uno va por libre-, saltan a la vista. No hay más que remontarse a finales de abril cuando la portavoz del ejecutivo, María Jesús Montero, -médico de profesión, menos mal que no ejerce-, anunció a los cuatro vientos que el 26 de abril terminaría el confinamiento y horas después, el titular de Sanidad, Salvador Illa, -este si que no es facultativo, estamos apañados-, visiblemente molesto con el mensaje de su colega, desmintió en comisión dicha información. Ministro, que como constatan algunas imágenes, o desencuentros, no tiene una relación fluida con el presidente Sánchez, siendo ésta cada vez más tensa entre ellos. Para colmo Illa está viviendo en La Moncloa durante esta crisis… Juntos, pero no revueltos. 

Este ejecutivo caerá. Es lo que tiene coexistir bajo el paraguas de un gobierno Frankenstein, que no hay coordinación entre las articulaciones que lo conforman. De hecho, algunos expertos como el consultor político Antonio Sola o el presidente de GAD3, Narciso Michavila, auguran convocatoria electoral en 2021. Y si no, existe también la posibilidad de derribarlo desde el exterior aprovechando su debilidad.

Si tomamos como modelo la última votación parlamentaria, es evidente que Sánchez ya no cuenta con los mismos apoyos que le hicieron presidente a principios de año. Los nacionalistas, sus grandes mecenas en el nacimiento de la legislatura, se han dado cuenta de sus juegos y ya no ponen la mano en el fuego por él. El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, ya le advirtió de la posibilidad de que desaparezca la mayoría parlamentaria a su favor y de que estaba en peligro la supervivencia de su mandato.

Tanto los republicanos, como el resto de los grupos nacionalistas, a excepción del PNV, -que todos sabemos que lleva la traición en la sangre y en el fondo de su alma, por eso su visión puede cambiar de la noche a la mañana-, están desalentados de las falsas promesas del presidente y de la mano de hierro con la que está gestionando la crisis de lcovid-19 al no dejar independencia a cada una de las autonomías para aplacar la pandemia. No entienden desde Madrid, que no es lo mismo Hospitalet que Tomelloso. 

La derecha, que estará encabezada por Vox si Pablo Casado prosigue con su estrategia de apaciguamiento, debe aprovechar la coyuntura y por muy rocambolesco que parezca, ganarse a los nacionalismos para conformar una mayoría que derrumbe el Gobierno.

Se que corro el peligro de caer en una contradicción al apostar por la vía de pactar con ellos, teniendo en cuenta que siempre he luchado por la igualdad entre todos los españoles, pero creo que las eventualidades requieren de altura de miras. Perspectiva aumentada que supone renunciar a cosas para devolver a la ciudadanía la libertad.

“Yo soy yo y mis circunstancias”, rezaba Ortega y Gasset. ¿Acaso preferimos una España estanca y oprimida a una nación descentralizada y libre? Parte de los efectos de este estado de alarma permanente, -la vicepresidenta Calvo advirtió de la intención de que se efectúen más prorrogas-, son la falta de decisión de las Comunidades,y el despojo por parte del Gobierno central de muchas de sus competencias. Esa debe de ser la baza de la que debe tirar la derecha si quiere tumbar a Sánchez, olvidar la nueva normalidad y regresar al mundo que el virus y el gobierno nos ha arrebatado. 

El ejecutivo no es consciente, y debería de serlo teniendo en cuenta como va perdiendo adeptos con el paso de los días de que su perpetuación en el poder pende de un hilo. Hasta presidentes autonómicos socialistas como Ximo Puig han puesto el grito en el cielo al no producirse el desconfinamiento de parte de sus territorios pese a que aparentemente se cumplían los criterios marcados por los expertos. Esta es la fibra que la oposición debe saber tocar y aunarse para recuperar lo que es de todos: la libertad, la dignidad y la verdad.

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