Albert Rivera alma y 'enterrador' de Ciudadanos
Albert Rivera alma y 'enterrador' de Ciudadanos

Tengo un defecto, o una virtud, en función de cómo se mire: me cuesta trabajar por algo en lo que no creo. Lo he vislumbrado ahora que me ha tocado enrolarme en causas poco idóneas con mis valores y en las cuales mi funcionabilidad ha sido perecedera provocada por la resistencia de mis principios invocados por el subconsciente. Cuando uno se siente movido en la mayoría de las ocasiones por su conciencia le es difícil avanzar si su alma prefiere ir por otros derroteros o quedarse parada ante un avance considerado temerario.

Esa es la razón por la que me fui de Ciudadanos, porque ese partido había dejado de luchar por lo que mi interior combatía con desdén. Como toda decisión tomada desde lo más profundo del ser, meditaba la acción desde hace tiempo. Mi cabeza me pedía que esperase, que todavía no era el momento, la razón sabía que dejaba mucho atrás, muchas experiencias pasadas que me hacían anclarme a unas siglas aún a sabiendas de que últimamente discrepaba de la hoja de ruta tomada por Albert Rivera. Y sí, han leído bien, he dicho Rivera. No se trata de un lapsus lingue al pulsar los botones del teclado. La realidad es que Cs empezó a perder el norte en la época de Albert, no solo en la de Inés Arrimadas. Esta última ha puesto la puntilla a la ya de por sí catastrófica trayectoria de la formación. La vieja guardia tenía unos mínimos principios que le dotaban de una básica coherencia sobre la que cimentar su discurso, la nueva ha puesto el piloto automático y va camino de despeñarse al mar del olvido demoscópico.

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Los que hemos estado al pie del cañón sabemos de qué va la cosa. Negarlo sería ser infiel a la verdad. Es injusto echarle toda la culpa a Inés Arrimadas del hundimiento del partido, pese a su inepta gestión no hay que olvidar que las siglas ya perdieron su esencia en la ‘era Rivera’. En aquellos tiempos la incoherencia se convirtió en el sendero de la perdición para intentar atravesar las arenas movedizas mediáticas.

En la campaña de las últimas elecciones, en el acto de presentación de la candidatura celebrado en Madrid, presencié, in situ, cómo Albert Rivera viraba 180º su planteamiento pasando de levantar un cordón sanitario al PSOE a concederle el beneficio de ejecutar pactos de Estado con Pedro Sánchez. Había, o, mejor dicho, habían, mordido el anzuelo de todos los que querían ver a Cs hundido. Hablo en plural porque siempre que pienso en el proyecto que teníamos para España me viene a la cabeza un encuentro que tuve con una persona de confianza de Albert Rivera en un céntrico hotel de Madrid. Sentados en la cafetería rodeados de personajes varios de la farándula madrileña me desvelaron los toques de atención de la camarilla privada del por entonces líder de Cs, -no me refiero a Fran Hervías, José Manuel Villegas y compañía, esa era gabinete político-, para que no rechazase pactar con el Partido Socialista y abandonara su avance hacia la presunta derechización del partido.

Semanas después, en plena campaña electoral previa al desastre parlamentario que brindó a Ciudadanos con diez escaños, me topé, paradójicamente mientras Rivera había dicho una semana antes que estaría dispuesto a abrazar a Sánchez, un titular de Inés Arrimadas en el que la hoy lideresa del partido calmaba las aguas reafirmando el rechazo frontal a las políticas del PSOE. ¿En qué quedamos? Pensé resignado a la evidencia de que no nos iba a ir bien en noviembre.

El día de aquellas elecciones, las del 10-N, me llamó el mismo hombre del hotel con el que había tenido varias cumbres bilaterales, -como diría Sánchez-, y sufrimos juntos el batacazo electoral adelantándome antes que nadie la dimisión de Albert a la mañana siguiente. Se sabía, se palpaba. Habíamos luchado tanto por unos ideales y ahora los abandonábamos por meros intereses electorales y para contentar a la opinión pública. No sabíamos que precisamente ese cuarto poder nos quería muertos ante los susurros de los viejos partidos que controlaban el cotarro informativo. “Se espera desastre electoral de Cs”, decía la prensa al unísono. Con esos eslóganes, claro está, el votante prefirió votar a otras opciones con más posibilidades de gobernar. Eso sumado a las ya citadas contradicciones existenciales, propiciaron que muchos se fueran a Vox, algunos volvieran al PP u otros ni siquiera se quitaran el pijama para ir a votar.

No fue la derechización lo que mató a Ciudadanos sino las paradojas permanentes que confundieron al electorado y convirtieron a Rivera en un candidato poco fiable. Esa es la realidad. Albert tenía menos carisma del que presumen sus correligionarios por el simple hecho de que no supo ejercer un liderazgo férreo creyendo hasta las últimas consecuencias en lo que decía y hacía. No tiene sentido que no quieras verle el pelo a Pedro Sánchez y no te presentes en las audiencias a las que te convoca y posteriormente decir que estás dispuesto a hacer pactos de Estado con él. Aunque parezca que no, el votante era consciente de la deriva hacia la derecha del partido y precisamente por eso nos votaron en abril millones de españoles. Tengo claro que si hubiéramos seguido con esa dinámica de confrontación constructiva podríamos habernos comido al Partido Popular y ser el líder real de la oposición.

Ahora ese proyecto es un fantasma del pasado, y lo más parecido a la trasformación de España la tendremos en el inmovilismo conservador de perpetuar todo lo que hace la izquierda del PP. Fue bonito mientras duró…

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