Escuchaba el otro día que en Italia los partidos han cerrado filas entorno al Gobierno de Mario Draghi y sentía una especie de envidia sana. Ojalá una política así de constructiva en España. Uno tiene la sensación de que los partidos, los cuales a su vez estimulan la confrontación de los ciudadanos, están siempre en pata de guerra sin la existencia de un consenso tranquilizador.

Todas y cada una de las decisiones que se toman tienen una potente carga ideológica que nubla la legitimidad otorgada por el sentido común. No importa el trasfondo de cada propuesta sino el calado partidista que posee cada una de ellas. Recuerdo en una ocasión cuando el líder de la oposición de un ayuntamiento exigía medidas al regidor del municipio para paliar la suciedad de la ciudad y el alcalde ejecutó los deseos del disidente proponiendo una iniciativa en la que amenazaba a aquellos ciudadanos que ensuciasen las calles tirando chicles o distintos objetos tóxicos. Tras la propuesta, aquella oposición rechazó la medida cuando había propuesta semanas antes una regulación parecida a esa. Surrealista. Es algo así como decir que te gusta el plan, pero no apruebas al que lo proporciona. Sectarismo puro y duro.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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En ocasiones, la derecha manifiesta ser igual de sectaria que la izquierda. Dejándose llevar por esa inercia provocada por el odio de los contrarios. Dilucidando de manera oculta ese continuo juego de la pelota en el que se echan la culpa unos a otros cayendo en la demagogia y en las prácticas del engaño. No se ofrecen programas claros o planes estructurales que solucionen de verdad los problemas de la gente. Enturbiando la existencia, planean prismas contaminados de pura ideología que trasforma trasparentes circunstancias en cóncavos muros. Partiendo de la premisa del que no está conmigo está contra mí, se juzgan los hechos en función de los colores.

La semana pasada unos vándalos atacaron a una comitiva de Vox en Cataluña y determinados sectores guardaron silencio cómplice ante los deplorables acontecimientos. Entre ellos, un presidente del Gobierno temeroso de condenar dichos actos. Violencia relativa en función de quienes son los agresores y quienes son los atacados. En el mundo del relativismo ideológico todo varía en función de los ojos con los que se mire. Mientras para la izquierda determinados líderes políticos sin sangre en sus manos son unos terroristas, Arnaldo Otegui es un hombre de paz. Se mide el delito y la culpa en función de las filias o afinidades. No se observa el panorama de forma objetiva sino con trazos de un sectarismo bañado de odio hacia el contrario.

Recomiendo la lectura de la obra Religiones políticas, de Eric Vogelin. Entenderán muy bien el obcecamiento mental de las cabezas controladas por un solo pensamiento. Afinidad de convicciones que parecen dotar de una especie de cheque en blanco a los que son de la misma cuerda de los juzgadores. Opinadores de uno y otro signo. El que es de derechas condenara todo lo que haga la izquierda por licito que sea y el que es de izquierdas mirara para otro lado incluso cuando los suyos metan la pata hasta el fondo. Solo hay que ver cómo la gente continúa votando a una formación como Podemos cuando son notorias todas las triquiñuelas maquinadas por sus líderes.

Se aprovechan de eso, del sentimentalismo ciudadano nublador de todo juicio, de la dificultad de juzgar lo que está bien o mal.

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