El panorama político nacional se presenta tan volátil y convulso, que cualquier análisis puede quedar obsoleto en cuestión de minutos.

A la hora de redactar estas líneas, el Rey mantiene ronda de consultas con los líderes de los partidos con representación en el Congreso, tras la que habrá de decidir si propone, o no, un candidato para la investidura.

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Hasta la tarde del lunes, la suerte parecía estar echada, con un Podemos ninguneado por un PSOE que, excesivamente confiado en las encuestas, busca en la repetición electoral un reforzamiento de su peso parlamentario, con el que por fin dar satisfacción a sus desmedidas ansias de poder.

Pero apareció Rivera con una propuesta de última hora, que a primer golpe de vista, parecía una jugada excepcional. Planteaba su abstención, junto con la del Partido Popular -al que, de paso, ponía contra las cuerdas- si Sánchez acataba cuatro requisitos básicos: la ruptura del pacto de Gobierno de Navarra entre los socialistas, Geroa Bai y Podemos –conformado por la abstención técnica de EH Bildu-; prever una posible aplicación del artículo 155 en Cataluña; asegurar que no habrá indultos en caso de una sentencia condenatoria a los golpistas; y un paquete de medidas a favor de los autónomos.

El golpe de efecto iba en varias direcciones.

Por una parte, Rivera sabía que esas propuestas serían suscritas por gran parte de los votantes del PSOE, y asumidas con entusiasmo por los votantes que están a su derecha.

Por otra, obligaba al Partido Popular a hacer seguidismo de sus propuestas, y convertirse así, a ojos de la opinión pública, en el hacedor del consenso al que el PP sólo puede sumarse, o quedar como el escollo que impidió el acuerdo.

Pero, muy principalmente, la intención de Rivera tiene un tinte claramente electoralista: si Sánchez no acepta su propuesta, habiendo rechazado ya las incontables que le ha presentado Unidas Podemos, aparecerá como el candidato a la Presidencia que avocó a los españoles a una repetición electoral. De paso, él se pone la careta de hombre de Estado, de señor responsable y de altas miras, frente al cortoplacismo de sus rivales.

El movimiento, como decimos, se revelaba como una  jugada maestra.

Pero, por la falta de experiencia, por el alto concepto que tiene de sí mismo, o porque sus miras, a la postre son más cortas aún que las de los demás, y no van más allá de la próxima cita con las urnas, parece que el tiro le ha salido por la culata.

En primer lugar, Rivera no contaba con la impunidad con la que la izquierda en general, y el PSOE en particular, pueden mentir a la población, sin asumir las consecuencias. En minutos, el líder de Ciudadanos tenía una respuesta de los socialistas: esos cuatro requisitos estaban más que cumplidos, decían. Los socialistas saben quiénes han sido sus socios para alcanzar el gobierno navarro, como saben que sin la abstención de los proetarras, jamás lo habrían obtenido. Pero mienten. Saben que el 155 no será aplicado mientras estén en la Moncloa, fundamentalmente, porque su relación con los secesionistas catalanes les trae más réditos que cargas. Y saben que jamás bajarán los impuestos, menos aún si las previsiones económicas, todas a la baja, se acaban cumpliendo. Pero mienten, con la seguridad de que pocos medios de comunicación airearán sus falacias.

Tampoco contaba el líder naranja con la hemeroteca, que suele ser bastante insidiosa en determinados momentos, ni con que desde el PP se publicase el vídeo en el que él mismo decía a Casado, con sarcasmo e ironía, que si él quería, se abstuviese frente a una eventual investidura de Sánchez. Que él, ni con el PSOE, ni con Pedro.

Pero quizás el mayor interrogante sea, ¿por qué ahora, señor Rivera? Desde abril, ha llovido mucho, figurada y literalmente, y se espera al descuento del partido, para aparecer como el hombre de los grandes consensos. Cinco meses ha tenido para publicar su propuesta. Y lo hace a escasas horas de que el Rey llame a los encargados de pertrechar un Gobierno estable para España.

No, señor Rivera. Una vez más, se le ve el plumero. Canta demasiado que es la mejor de las opciones que ha encontrado para frenar la caída de Ciudadanos en las encuestas, siendo el partido que más apoyos parece perder de cara a una repetición electoral. Ve que su mordida por la derecha está más que amortizada, y que no tiene más remedio que rascar por el ala moderada de la izquierda para mantener su situación.

Es el precio que hay que pagar por pretender nadar y guardar la ropa, por coronarse como el centro del centrismo, por jugar a tener un papel que los españoles no te han dado.

Las elecciones parecen ser un hecho incontestable, a causa de un Sánchez débil, incapaz de suscitar los acuerdos necesarios, y un Podemos que quiere ocupar unos puestos que no le corresponden.

Pero la solución no pasa por el naranja. Y parece que los votantes se han empeñado en recordárselo.

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