Las principales cabeceras de España, con la misma publicidad institucional del Gobierno.
Las principales cabeceras de España, con la misma publicidad institucional del Gobierno.

Escribo este artículo sin saber muy bien qué decir, qué escribir, qué teclear en el ordenador. La actualidad está tan anodina como el ambiente existencial de la ciudadanía. El tedio acecha las calles, la incertidumbre inunda las entrañas de aquellos que no tienen nada que llevarse a la boca, y la tristeza amenaza el ambiente desolando a las personas a una soledad pandémica sin precedentes.

Las novedades son un reflejo de la monotonía existencial que nos rodea en tiempos de Covid-19. En este tiempo cualquier sobresalto representa una exclusiva que contar. Uno se mete en Twitter y un sinfín de perfiles comentan los altercados violentos de Barcelona y Madrid en defensa de Pablo Hasél como si no hubiera un mañana. Estamos ante la novedad, frente al hecho que nos ha sacado de nuestras anodinas vidas. Vemos problemas por doquier sin que se proponga una sola solución a todos ellos. Las malas noticias se convierten en lo más cotizado en el mercado bursátil de la actualidad mientras las buenas, si es que las hay, no aparecen en ningún medio de comunicación. Unas venden, y otras no, esa es la realidad. Nos gusta rizar el rizo sobre las catastróficas desdichas que nos asolan en lugar de discernir de forma profunda otros asuntos de mayor calado.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Así estamos, quemados completamente con el mundo. Viajaba el otro día en el tranvía y un hombre de mediana edad que estaba conversando con sus acompañantes, dijo: “Se quejan del tío Paco, pero estos que nos gobiernan son todavía peor”. Se manifestaba en contra de las restricciones, de las medidas sanitarias aplicadas para doblegar la curva. Los dirigentes están inmensamente concienciados de la salud física de la ciudadanía, pero se olvidan de la mental. Psicología deteriorada por la coyuntura que nos ha tocado vivir. Fenómeno que ha agravado la ya maltrecha serenidad ciudadana. “El que era gilipollas antes de la pandemia, ahora lo es más”, dijo Dani Rovira en una entrevista reciente en El Español. Se palpa la degeneración ocasionada por el miedo instaurado por los dirigentes como consecuencia de la escasa previsión y de la ineficiencia de sus políticas.

Tara social generada en cierta medida por esa incertidumbre existencial que despierta el miedo de los más osados. La población del mundo presenta una fatiga pandémica que hace que estemos peor que hace un año. Atrás quedaron los eslóganes propagandísticos que nos alentaban a salir mejores tras el colapso. Lo cierto es que a nivel emocional estamos más tocados que hace unos meses.

Sin duda, a diferencia de lo que auguraban aquellos clichés publicitarios no estamos más fuertes, más bien al contrario. Es inviable pretender salir reforzado de una situación así cuando los medios de incomunicación no hacen más que filtrar informaciones tóxicas y despertar el temor en la ciudadanía. Miedo precedido de unas malas decisiones tomadas por los dirigentes que nos gobiernan y que en cierta manera podrían haber evitado toda ola de desesperanza si hubieran ejercido como lo que deben ser: líderes. En lugar de eso, han preferido culpar a circunstancias externas lavándose las manos de cualquier necedad. Deberían llamar a sus andanzas como aquella novela de Laura Norton titulada No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas. Sin ánimo de ofender, algo difícil en tiempos puritanos, solo digo que, si quizá se hubieran tomado las iniciativas pertinentes o se hubiera gestionado la crisis de manera más eficaz, no tendríamos que lamentar el pavor de la sociedad.

Recogimiento que parece interesar a los gobernantes. Dirigentes escogidos mediante el sufragio universal materializado en la democracia, a los que, como reflejó la filósofa política Judith Shklar, les interesa sembrar el miedo, la incertidumbre y el desaliento en la sociedad.

Saben que en circunstancias como estas los ciudadanos solicitan el amparo del Estado que mantiene el sistema político empeñado en inmiscuirse en nuestras vidas. He ahí la razón por la que en nuestro país no calen ideas liberales emancipadoras de las garras intervencionistas del estamento ordenador y la razón por la que la Comunidad de Madrid es de las únicas autonomías que no ha restringido severamente las libertades de sus ciudadanos. Ya informó Actuall de como Paco Igea, vicepresidente de Castilla y León, se ha empeñado en cerrar las iglesias para intentar parar los contagios en su comunidad.

No piensan en los intereses de los españoles, unos deseosos de que les devuelvan sus vidas y de que los políticos hagan su trabajo. Labor que consiste no en crear problemas sino en solucionarnos. Atajos que no pasan por cerrar la hostelería para evitar contagios mientras los restauradores se mueren de hambre, o por confinar perimetralmente encerrando en sus casas a los ciudadanos desvirtuando el espíritu social del ser humano.

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