Se preguntaba recientemente Miguel Ángel Quintana Paz en The Objective dónde están escondidos los intelectuales cristianos, siguiendo al filósofo Diego S. Carrocho, que hacía lo propio en El Mundo. Porque, efectivamente, parece que están en las catacumbas por miedo a los nerones o condenados a la afonía mediática y la irrelevancia social. 

Constatan Quintana Paz y Garrocho que brillan por su ausencia voces cristianas, de cierto fuste intelectual que, sin ñoñerías y con desparpajo, sean capaces de mostrar en el ágora de los debates públicos «el vigor filosófico del Evangelio de Juan, el mérito sapiencial del Eclesiastés o la revolución moral de las epístolas de San Pablo».

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Los neomarxistas, los socialdemócratas, los calentólogos, los ecologistas, o los cien mil hijos de San Freud (la legión de feministas, especistas, lgtbistas etc.), aprovechan redes sociales o platós televisivos como altavoz de sus creencias (o intereses) y reclamar la atención del planeta, al modo de Ralph, el niño protagonista de El señor de las moscas, sabedor de que poseer la caracola equivalía a detentar el poder. 

Se echa de menos un Chesterton ibérico, un dialéctico capaz de dar razón de su fe  y de entrar en los debates con luz y argumentos

Pero el intelectual cristiano está fuera de juego, bien porque lo han amordazado, bien porque está acobardado o -la carne es débil- comprado. Se echa de menos un Chesterton ibérico, alguien de su misma envergadura (no necesariamente física), capaz de opinar sobre lo divino y lo humano, con su brillantez y su sentido del humor -un rasgo marca de la casa, dado el optimismo del mensaje cristiano-. Un dialéctico capaz de dar razón de su fe, de mostrar el rico legado antropológico, económico, social, cultural que el cristianismo ha aportado a la humanidad,  y de entrar en los debates con luz y argumentos. Tendría tanto que decir. Pero no lo hay. También es cierto que tampoco es fácil encontrar en la trinchera opuesta a un Bernard Shaw, capaz de dar una lección de esgrima a su contrincante. Se echa de menos a G.K., pero también a un Albert Camus o a un Bertrand Russell. 

Dos ágoras están especialmente vacías: el periodismo y la política, salvo contadas (y heroicas) excepciones. En parte por los complejos que, a diferencia de otros países de nuestro entorno, sigue arrastrando España, al asociar cristianismo con nacional-catolicismo. Es un automatismo poco racional, pero efectivo, que frena a los cachorros de Chesterton, a promotores culturales y empresarios mediáticos, y a quienes se atreven a entrar en el Mordor de la política. Hacer apología del cristianismo equivale a ser franquista, igual que ganar al fútbol es de fascistas, como ironiza Pérez Reverte en una columna. ¿Ridículo verdad?, pero el tópico funciona. Católico igual a facha, y quien dice facha, dice troglodita o marciano. Te inmovilizan con esa llave de judo para los restos. Hagas lo que hagas, digas lo que digas, has perdido credibilidad. 

Sorprende por todo ello, que Isabel Díaz Ayuso, una política de un partido tan acomodaticio y cargado de complejos como el PP, se atreviera a decir ante las cámaras la siguiente obviedad: que las Fiestas que se avecinan no son el solsticio de invierno, las saturnales de los romanos; ni un happening publicitario, el rito anual de El Almendro; sino el nacimiento de Cristo, de Dios hecho hombre. 

Y no sólo eso sino que por el Nacimiento medimos los siglos; que Occidente es la antigua Cristiandad; que al haber sido creada por Dios y redimida por Cristo cada persona posee una dignidad inviolable y es insustituible; y que la Epifanía es la manifestación de Dios a todas las razas.

¿Es electoralismo lo de Ayuso? ¿un gesto para disputarle votos a Vox, ahora que Casado conduce al PP al burladero del centrismo?

¿Electoralismo?, ¿gesto para disputarle votos a Vox, ahora que Casado conduce al PP al burladero del centrismo?, ¿demostración de personalidad e independencia de una aspirante a lideresa, a lo Esperanza Aguirre?… todo es posible tratándose de política. Pero lo dicho, escrito está. Por primera vez en décadas, se ha escuchado una manifestación de fe y de cultura cristiana tan rotunda de labios de un cargo público.

Para encontrar algo parecido había que ir a otros países con menos complejos que el nuestro y remontarse a los tiempos de Margaret Thatcher o David Cameron que no tuvieron el menor empacho en aludir al carácter religioso de las fiestas navideñas en sus discursos de Nochebuena. 

Es verdad que Ayuso no es una intelectual, pero el guante está lanzado para quien quiera recogerlo. ¿Será posible que no tengamos un equivalente a un Gustave Thibon, un André Frossard, o -para hablar de vivos- un Frabrice Hadjadj, por citar a la muy laicista Francia?, ¿tan inútiles somos  que no hemos sido capaces de alumbrar a un C.S. Lewis, un Roger Scruton, un Paul Johnson o al menos a un Joseph Pearce? ¿Dónde está alguien que se parezca un poquito a Bill Buckley, el fundador de National Review, el paladín del liberal-conservadurismo norteamericano, el culto y divertido polemista con su programa televisivo Firing line

Quizá sea difícil dar con un Giovanni Papini hispano, ¿pero, a un nivel más modesto,  no hay nadie parecido a Franco Nembrini (sagaz divulgador de la Divina Comedia entre los lectores jóvenes y de demostrar que Dante tiene un mensaje para el público del siglo XXI y este aún no se ha enterado)? Y para que nadie nos acuse de machistas, nadie similar a una periodista tan desprejuicida y libre como Constanza Miriano, que desafía a la Gestapo del pensamiento único. 

En el erial español se da la paradoja de que los que quieren no pueden, y los que pueden no quieren. Quieren -o han querido- esforzados pensadores, profesores universitarios, empresarios de la comunicación que se han dejado la piel y el dinero en la batalla de las ideas, quijotes de la cultura, que han terminado descabalgados por las aspas del molino o fagocitados por el poder político. Pueden y no les da la gana, competentes filósofos o buenos escritores que prefieren confundirse con el paisaje y disimular sus creencias para que nadie les señale con el dedo y ponga en peligro el cómodo chiringuito que se han montado

Si los primeros son unos quijotes que terminan invariablemente molidos a palos, los segundos son unos camaleones que nadan y guardan la ropa. Y eso puede explicar, en parte, la pregunta que se hacía Quintana Paz, ¿dónde están los intelectuales cristianos? 

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.