¿Cómo calificarían ustedes la semana post-sentencia de Barcelona? ¿Trágica?, ¿cómica?, ¿o quizá tragicómica? ¿Es para echarse a temblar?, ¿para preocuparse por la unidad de España y la convivencia pacífica en Cataluña? o quizá ¿no sea para tanto, como están diciendo Pedro Sánchez y el ministro Marlaska?

Las hogueras de coches y contenedores, los ataques a los policías, sólo se pueden explicar a la luz del fallo judicial. Y los jueces del Supremo optaron por condenar a los golpistas por sedición, no por rebelión, argumentando básicamente dos cosas:

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  1. Que no hubo violencia suficiente, y este es un ingrediente fundamental de la rebelión. 
  2. Que el falso referéndum no buscaba la secesión, sino el chantaje; y que la declaración de independencia fue «una declaración ineficaz y simbólica. Una ensoñación jurídicamente inviable».

A lo primero, se puede objetar que sí hubo violencia: Ahí están las declaraciones como testigos de agentes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil o hechos inequívocos con el cerco y asalto a la consejería de Hacienda. 

Respecto a que la declaración de independencia fue “simbólica e ineficaz”… se puede objetar que si no llega a ser por la actuación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, y por la aplicación del artículo 155 de la Constitución, la independencia sería un hecho. O sea que de “simbólica” nada. 

El alto tribunal reduce la intentona golpista a un problema de alteración del orden público, no a un ataque contra la Constitución

Pero con la condena a sedición, el alto tribunal reduce la intentona golpista a un problema de alteración del orden público, no a un ataque contra la Constitución. El referéndum queda en “un chantaje”; y la declaración de independencia una “ensoñación”, “ineficaz y simbólica”. O sea, una especie de farsa o simulacro con el que los “indepes” pretendían engañar al Gobierno. 

Según esta interpretación –explica con humor negro Juan Carlos Rodríguez Ibarra– se tragaron la representación del guiñol el rey Felipe VI que dijo, por televisión, que «determinadas autoridades de Cataluña, de manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía […], quebrantando los principios democráticos de todo Estado de Derecho». Y se lo tragó el Gobierno, al aplicar el artículo 155; y se lo tragaron las empresas que huyeron de Cataluña. 

Y añade, sin apearse de la ironía: “Si alguien tiene la intención de birlarnos la democracia y no lo consigue, no tendrá más que sentarse en el banquillo de los acusados y contarles a los magistrados el cuento de aquel que nos puso un cebo para ver si picábamos y creíamos que iba a secuestrar la Constitución. Lo que no sé es cómo no se le ocurrió semejante chiste al tipo aquel que en febrero de 1981 entró en el Congreso de los Diputados con el argumento de que perseguía a etarras que habían entrado en el recinto de la palabra”. 

Según esta interpretación, ¿también es teatro la violencia de los CDR, los ataques de los radicales a la policía o los actos de vandalismo y saqueo de esta última semana? ¿También son teatro las sospechas de vínculos con el terrorismo de la plataforma Tsunami Democrátic que está investigando un juez de la Audiencia?

¿Farsa?, ¿ensoñación? No pensaba los mismos los fiscales que, a la luz de los hechos, veían delito de rebelión. Señalaron textualmente que «lo que se enjuicia es un plan concertado, minucioso y pluriconvergente para llevar a cabo un alzamiento violento y público para desafiar el orden constitucional», con la finalidad de «expulsar la Constitución y el Estatuto por una legalidad paralela»

Y no sólo los fiscales, sino también la abogacía del Estado. Pero hete aquí que, al comienzo del proceso, el Gobierno del PSOE apartó de la causa al jefe de lo Penal de la Abogacía del Estado, Edmundo Bal, porque se negaba a eliminar que hubo violencia el 1-O, y que policías y guardias civiles fuesen atacados. Y si no había violencia no había rebelión, sino sedición. El resto ya lo conocemos. 

El resultado es la sentencia y su teoría de la ensoñación. Como dice mi admirada Candela Sande en su artículo La Moncloa en el banquillo “se pueden contar con los dedos de una oreja quienes creen que una decisión judicial de este porte es, sin más, una cuestión jurídica, igual que son contadísimos quienes piensan que la cosa del clima es, sin más, una cuestión científica”.

De alguna manera, el Supremo le ha hecho el juego a Junqueras y cía con un fallo como este. Si ellos presumen de… y se escudan en… que son presos políticos, los jueces han elaborado una sentencia política. 

Y eso sí que es una “ensoñación”, una “farsa”. Porque los actores del procés no son otra cosa que delincuentes. No se les juzga por sus ideas. La prueba es que han lanzado soflamas xenófobas o antiespañolas, verbalmente o por escrito, y no se les ha sentado en el banquillo por ello. Se les juzga por delitos tipificados del Código Penal. Ninguna organización de Derechos Humanos -como Amnistía Internacional o Human Rights Watch– los considera presos políticos. No lo decimos nosotros sino el ensayista Juan Claudio de Ramón y desde una tribuna poco sospechosa de parcialidad: el diario belga Le Soir.

Lo más inquietante de todo es que Junqueras y sus compinches se han escudado en la política para desafiar al Estado de derecho; y los jueces del Supremo han elaborado su fallo con planteamientos extrajudiciales, mirando de reojo al escenario político. 

Un juez no debe mirar de reojo al Gobierno de turno, ni estar pendiente de las consecuencias políticas de la sentencia

Un juez está para aplicar la Ley, punto. Cuando se sienta en el tribunal un juez sólo debe ser juez, no votante del PP o del PSOE, monárquico o republicano, güelfo o gibelino… Ni debe mirar de reojo al Gobierno de turno, pendiente de la próxima renovación de cargos del CGPJ, de la reacción de los telediarios y la prensa internacional, o de las consecuencias políticas de la sentencia.

O se acostumbra a llevar una venda sobre los ojos, como los caballos de los picadores ante la embestida del toro, o más vale que lo deje. Es duro, pero no hay otra. Es la esencia del acto de administrar justicia. Es la gracia de la Justicia. Lo que garantiza el Estado de derecho. 

Pocas definiciones de la independencia judicial hay más acertadas que la del juez Tate, que juzgó a Perry Smith y Dick Hickock, los asesinos de la familia Clutter, tal como lo narra Truman Capote en A sangre fría

“Si yo fuera inocente -dijo un colega del juez- él es el primer hombre que quisiera tener en un tribunal, pero si fuera culpable, el último”.

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.