Imagen referencial.
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Sin ser descomedido, creo que es posible sostener que el año que nos abandona, será recordado y retenido como fatídico, azaroso y controvertido. Este calará profundo en el alma de una generación que creció sin grandes temores –ni a la guerra, ni a la hambruna– y que fue beneficiada, con sus luces y sombras, por la modernización capitalista.

Con todo, ante la incertidumbre y el vacío moral, me gustaría proponer “tres vectores” para la acción política:

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En primera instancia, debemos mirar con atención como en el último tiempo, diversos políticos, colectividades y partidos han abandonado, o cedido, sus principios fundantes, deslumbrados por temor, por el cálculo electoral, por la dictadura de las encuestas y por el retuit o el aplauso virtual. Por ello, parafraseando a Sergio Diez –expresidente del Senado de Chile–, quien nos enseñó: “Se gana con los tuyos, se pierde con los tuyos”, abogo por ganar o perder, en la acción política, con tus ideas. Porque en el fondo, si se conservan los principios, entonces, no se ha perdido nada.

En segundo lugar, en sintonía con lo anterior, debemos identificar y rechazar las prácticas del caudillismo; cualquier tipo de personalismo o cultos a la personalidad; proyectos personales o feudos políticos con nombre y apellido. Pues, el partido político –elemento esencial en toda democracia vigorosa–, y la participación en él, debe estar al servicio de la persona humana, como un medio para la consecución del Bien Común, como un cauce entre las demandas ciudadanas y la política. No como un instrumento servil para anhelos egoístas u objetivos propios.

Es menester contar con una generación de jóvenes líderes con espíritu de vanguardia y vocación de servicio público, formada ética y doctrinalmente para hacer contrapeso a esta nueva izquierda

De esta forma, en tercer lugar, insto a redignificar la política, precisamente, como un instrumento al servicio de la persona humana, pero aportando una óptica distinta. Ya que las formas y relatos políticos cambiaron. El tablero también mutó. Algunos discursos fueron superados –como la lucha de clases entre obreros y patrones– y reemplazados por otros –como la mujer versus “el patriarcado”–.

Incluso, en algunas latitudes, como España y Chile, los actores también cambiaron, con la irrupción de Podemos y del Frente Amplio, respectivamente. Y estas voces, en su gran mayoría, tenían una característica en común: fueron dirigentes de movimientos sociales o estudiantiles.

De esta forma, es menester contar con una generación de jóvenes líderes con espíritu de vanguardia y vocación de servicio público, formada ética y doctrinalmente para hacer contrapeso a esta nueva izquierda, porque probablemente los desafíos, debates y elecciones del mañana no serán ante un político de salón, sino frente un dirigente curtido entre asambleas territoriales y mitin estudiantiles.

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