Dadas las trayectorias tanto de Donald Trump (fanático ultraderechista) como de Andrés Manuel López Obrador (populista de izquierdas) todo hacía suponer que ambos personajes estaban condenados a no entenderse.

Y es que un sujeto como Trump que no pierde oportunidad para agredir y humillar a todo lo relacionado con el mundo hispanoamericano, necesariamente tenía que provocar la reacción por parte de un sujeto del bando contrario que, haciendo gala de un rabioso antinorteamericanismo, atacase al Coloso del Norte con todos los medios a su alcance.

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Tan rabioso antinorteamericanismo lo interpretó a las mil maravillas el cubano Fidel Castro a partir de 1960 y, más recientemente, el venezolano Hugo Chávez a partir del año 2000.

Fidel -por razones biológicas- acabó saliendo del escenario en tanto que su suplente Hugo Chávez -por causa del cáncer- acabó también haciendo mutis.

Al faltar tan importantes líderes del antiyanquismo, forzosamente habría de producirse un vacío…¿Quién sería capaz de llenarlo?

Desde luego que sujetos como el boliviano Evo Morales o el ecuatoriano Rafael Correa carecen de la estatura necesaria para treparse a una tribuna y hacer uso del micrófono.

Y no digamos del nicaragüense Daniel Ortega quien con tantos problemas como tiene en casa lo que menos se le ocurre es desafiar abiertamente a Trump.

Por supuesto que a Nicolás Maduro hay que borrarlo también de la lista porque, al sentir como el mundo se le viene encima, da la impresión de que está fungiendo como presidente interino.

Fue entonces cuando las izquierdas del continente americano volvieron sus miradas hacia un personaje que llevaba más de dos décadas agitando, saboteando y proclamando a voz en cuello un populismo visceral.

Dicho personaje no es otro que el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) quien inició su carrera hace más de dos décadas secuestrando pozos petroleros, que ha sido tres veces candidato presidencial y que se hizo tristemente famoso a nivel mundial porque -al perder las elecciones de 2006- bloqueó una de las más importantes avenidas de la capital del país.

Todo hacía suponer que AMLO estaba destinado a llenar el hueco dejado por Hugo y Fidel.

Todo hacía suponer que, una vez que tomase posesión, haría gala de una interminable verborrea atacando día y noche al imperialismo yanqui.

Y la oportunidad no podía ser mejor puesto que Trump, mostrando todo su odio en contra de los pueblos hispánicos, le ofrecía a AMLO un blanco perfecto para que éste desahogase todos sus complejos anti yanquis.

Todo hacía suponer un choque de trenes: En Norteamérica un rabioso ultranacionalista y al sur del río Bravo otro tipo también rabioso, pero de tendencia opuesta.

Sin embargo jamás se dio el temido choque de trenes.

Bastó con que el rubio Trump agitase el látigo en tono insolente amenazando con imponerle a México altos aranceles a sus productos de exportación.

Eso bastó para que AMLO agachase la cabeza accediendo servilmente a lo que Trump le pedía: Ayudar en lo que fuese posible para que a los Estados Unidos no continuasen llegando más migrantes centroamericanos.

De este modo, cumpliendo lo que se le pedía desde la Casa Blanca, AMLO -por medio de la recién creada Guardia Nacional- bloqueó la frontera de México con Guatemala.

Fue así como, sin percatarse de ello y corriendo los gastos por cuenta de México, AMLO vino construyendo un muro que no es de acero ni de cemento, sino que está integrado por tropas de la Guardia Nacional.

Trump le dio cuarenta y cinco días de plazo a López Obrador y, al parecer, el gringo quedó tan satisfecho que -de momento- no se dio un alza a los aranceles.

El caso es que nadie se imaginó jamás que un populista radical a quien siempre caracterizó un odio visceral a los Estados Unidos acabase siendo el más incondicional servidor del presidente de dicho país.

Sin embargo, Trump le tomó ya la medida a López Obrador y ahora amena con restringirle créditos si en el plazo de un año no acaba con el problema del narcotráfico.

Un problema que lleva más de dos décadas y que se agrava conforme va pasando el tiempo.

Un populista anti yanqui -destinado a ser el sucesor de Fidel Castro y de Hugo Chávez- comportándose de un modo tan servil como en otros tiempos lo hicieron dictadores bananeros como Batista, Somoza o Trujillo.

Esto es el mundo al revés. Un escenario que ni siguiera Kafka hubiera imaginado.

El caso es que se está dando una relación perversa entre ambos personajes: El rubio ha sabido meter en cintura al moreno bastándole -como lo hace un domador de leones en el circo- con dar un latigazo en el suelo.

Es casi seguro que, ante la cercanía del próximo año, AMLO vea con esperanza la cifra mágica del veinte veinte o sea el año 2020.

La esperanza de que en los comicios presidenciales del próximo año Trump pierda la reelección.

Si eso llegase a ocurrir, al no tener frente a si al domador de circo, el mañoso león volvería a dar de rugidos mostrando todo el furor anti yanqui que lleva dentro de su ADN.

Ahora bien, si Trump fuese reelegido, AMLO caería en una profunda depresión puesto que el período del norteamericano no solamente correría paralelo al del mexicano, sino que concluiría pocos meses después.

Resulta más fácil de entender si proporcionamos fechas: El gobierno de López Obrador concluye el 30 de septiembre de 2024, en cambio el de Donald Trump concluye el 20 de enero de 2025.

A la vista de todos estos elementos, un furibundo anti yanqui como es AMLO, que se ve obligado a traicionarse a sí mismo, tiene motivos más que suficientes para sentirse nervioso.

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