Cementerio.
Cementerio.

Llevan tiempo diciéndonos que ya no hay derechas e izquierdas, sino que la dicotomía es de los de arriba contra los de abajo. En parte eso es cierto, pero la gente de arriba no son los ricos, sino la casta que nos enfrenta y nos utiliza, que nos tensiona y nos crispa como se haría con la madera de un arco. Un arco que, al soltar tras el tensado, genera una inercia imposible de parar. Y es posible que sí, que los de arriba sean todos una casta que nos pastorea y va eligiendo qué animales van al matadero cada temporada.

Pero no es cierto que los de abajo seamos un grupo homogéneo. La izquierda y la derecha siguen marcadas por diferencias sustanciales y evidentes.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Algunas son poco relevantes. Mejor dicho, más del día a día. Unos se manifiestan con los símbolos nacionales oficiales y otros con cualquier enseña que no sea la oficial. Unos dejan las calles limpias y respetan el mobiliario urbano y otros ensucian todo, destrozan papeleras y queman cajeros y contenedores de basura.

Unos respetan las indicaciones de la policía e incluso aplauden su labor y otros se enfrentan y patean en el suelo al agente caído. Unos van con la cara descubierta salvo durante la pandemia porque todos llevan mascarillas y otros van con pasamontañas salvo en la pandemia que van a cara descubierta, nadie se explica por qué.

Los primeros son los fachas, la violenta ultraderecha que se propone dar un golpe de Estado con una cacerola y los otros son la izquierda moderada que con camisetas de Lenin o el «Che» buscan un mundo mejor para todos con los ojos puestos en el paraíso chino, cubano o venezolano. Sus líderes, a menudo, encuentran ese mundo mejor antes que nadie domiciliándose en mansiones oficiales o privadas en zonas residenciales.

«Para los moderados de izquierdas (…) las vidas son irrelevantes si no se puede politizar el dolor, capitalizar la desesperación, dirigir el odio hacia los fines previstos»

Pero la diferencia sustancial, la profunda e intangible, es el valor de la vida y de la muerte, de los vivos y de los muertos.

La derecha, la ultraderecha facha valora cada vida. Se han creído que todas las vidas valen lo mismo al margen de su edad, sexo, raza o cualquier otra característica personal. Y si la pérdida de una vida es terrible, la pérdida de 10, 100 ó 1000 personas es proporcionalmente más terrible.

Los moderados de izquierdas, los que llevan a Lenin o a el «Che» en las camisetas son más de valorar los muertos por una elaborada tabla de precios. Las vidas son irrelevantes si no se puede politizar el dolor, capitalizar la desesperación, dirigir el odio hacia los fines previstos. O si no se puede instrumentalizar lo que se queda, es decir, el cadáver.

Analicemos esta afirmación y la mencionada tabla de precios: los muertos valen más o menos en función de quién los mata y de qué representan. Por ejemplo, los asesinados por las FARC, la ETA, o los miles de muertos en los Gulags, en el Holodomor de Stalin no tienen valor alguno. Sus vidas no valían y sus cadáveres no son rentables. Los muertos causados por dictadores que no les gustan, sí son cadáveres rentables y valiosos.

Esta valoración del muerto por quién lo asesina es también válida, por ejemplo, para niños: si los mata su padre son valiosos. Si los mata su madre, se han suicidado. Punto final y olvido.

Los muertos también valen más por sus características personales. Por ejemplo, vale mucho más una muerta mujer que un muerto hombre, un muerto negro que uno blanco.

Incluso un cadáver de perro muerto con nombre de espada mítica vale manifestaciones, revueltas y llantos desconsolados si se envuelve con el adecuado papel de causa justa contra el fascismo y por un mundo mejor.

«Asombroso digo, ya que este señor (vicepresidente de España) consideraba tremendamente molestos a los ancianos y se planeaba una ley de eutanasia que de forma encubierta»

Los 44.000 muertos españoles y blancos no valen nada. Digo españoles y blancos, aunque haya algunos de otra raza y otros no españoles, porque como no se pueden capitalizar se convierten en muertos de segunda, categoría españoles y blancos. Y como tampoco ven forma de sacar tajada con el sexo de los fallecidos, van todos en el plural genérico sin necesidad del desdoble, muertos y muertas. 44.000 vidas, 44.000 familias desoladas convertidas en una rueda de prensa diaria de un personaje olvidable y sin escrúpulos.

Y es que, no sólo no se pueden capitalizar, sino que son cadáveres molestísimos hasta el punto de que un tercio ha sido escondido en el armario de unas estadísticas parcializadas y falsas.

Pero no todos son muertos sin valor. Nuestro vicepresidente ha descubierto que los ancianos, concretamente de la Comunidad de Madrid, sí son capitalizables. Y de forma asombrosa, está dispuesto a pedir cuentas por esos muertos concretos. Asombroso digo, ya que este señor consideraba tremendamente molestos a los ancianos y se planeaba una ley de eutanasia que de forma encubierta, y por la pendiente ética, iba dirigida a ese colectivo. Su preocupación por los ancianos muertos va a llegar hasta donde pueda politizarse porque, en breve, clamará contra los ancianos vivos por dificultar con sus merecidas pensiones la puesta en marcha del salario vital con el que quiere comprar votos y voluntades.

Por eso afirmo que, al margen de que exista un arriba y un abajo, hay una parte de la sociedad que valora las vidas y pide cuentas de todas las que se eliminan o se pierden por negligencia. Y hay otra parte de la sociedad que cierra los ojos ante los cadáveres que no le gustan, los transforma en un conjunto de células, en vidas no útiles, en subhumanos, en judíos, en fachas, en varones maltratadores, y utiliza los cadáveres rentables como arma arrojadiza contra el sentido común, la sensatez, la lógica, la libertad, la igualdad y la justicia.

Dirigidos, posiblemente engañados, por quienes, desde sus mansiones, tensan el arco.

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Riojana. Filóloga Profesora de educación física. Madre objetora a educación para la Ciudadanía. Estudiosa de la ideología de género. Conferenciante, tertuliana en programas de radio y televisión. Miembro de la Ejecutiva Nacional del partido VOX. Escritora de novelas y ensayos. Perseguida por su libro “Cuando nos prohibiernos ser mujeres…y os persiguieron por ser hombres”. Buscadora de la verdad. Defensora incansable de los derechos humanos fundamentales.