Anthony Hopkins interpreta a C. S. Lewis en 'tierras de Penumbra'.
Anthony Hopkins interpreta a C. S. Lewis en 'tierras de Penumbra'.

La montaña mágica de Thomas Mann, novela sobre enfermos y confinamientos -aunque sea en un sanatorio para ricos en los Alpes-, tiene una escena que se anticipa a lo que está pasando en esta otra enfermedad y en este otro confinamiento. Cuando alguien fallece en el sanatorio de Davos, se lo llevan a escondidas, para que los demás no lo vean. Es de mal gusto ver féretros o mentar la bicha, aunque la espada de Damocles pese sobre todos los enfermos de tuberculosis, que salen a tomar el aire, envueltos en mantas, y se pasan el día tomándose la temperatura.

Se trata de ignorar el desgarro, anestesiar el sufrimiento. Incluso frivolizarlo un poco, para quitarle hierro. “Anteayer murió aquí una americana -le explican a Hans Castorp, el protagonista, que acaba de llegar al sanatorio-. “[El director] manifestó que la cosa quedaría liquidada antes de que tú vinieses y que podrías disponer de la habitación”. Y añaden: “Después de eso han hecho, naturalmente, una seria fumigación con formol ¿sabes? Es excelente para eso”.

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Que se lleven el cadáver, que despejen la habitación, formol y a otra cosa. Borrar la huella de la muerte, levantar ya el confinamiento, y seguir cuanto antes con la fiesta como si nada hubiera ocurrido. Y sin embargo…

La anestesia es una mala solución al problema de fondo. Porque el mal no se disuelve con formol. El misterio del mal, disfrazado ahora de coronavirus o hace cien años de bacilo de Koch, vuelve una y otra vez. Lo insinúa Albert Camus en su alegórica La peste:El bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás (…) espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa».

La medicina no es la respuesta al problema del dolor. Porque este no es un asunto técnico, sino un misterio 

Está la medicina, los esforzados hombres de ciencia, los avances espectaculares que han logrado derrotar a la muerte y convertir las terribles epidemias en recuerdo del pasado. Pero ¿qué pasa cuando en pleno siglo XXI, en un mundo analgésico y feliz, una plaga de dimensiones bíblicas nos recuerda que no valemos un pimiento y que la medicina carece de armas para vencer al virus?

Incluso aunque lo venza, la vacuna puede burlar momentáneamente a la enfermedad o neutralizarla,  pero no elimina el misterio del mal. La medicina no es la respuesta al problema del dolor. Porque este no es un asunto técnico, sino un misterio. 

Un misterio relacionado con el silencio de Dios. Si es omnipotente porque no lo arregla, si es justo por qué permite el sufrimiento de los inocentes…  desgarradoras preguntas que se hace Albert Camus como leitmotiv de La peste y de otras de sus obras.

Compleja cuestión, que C.S. Lewis ha tenido el acierto de abordar en dos libros especialmente valiosos en estos momentos: El problema del dolor y Una pena en observación. En ellos explica que la realidad no es un juego, un pasatiempo virtual sin consecuencias; ni la vida, Disneylandia, como nos hace creer la sociedad del espectáculo, de la que hablaba Guy Débord. La ley de la gravedad no se puede desafiar impunemente, aunque a algunos el progreso tecnológico les haga hacerse la ilusión de que todo dolor puede ser desterrado.

C.S. Lewis nos ayuda a entenderlo: «es muy difícil imaginar un mundo en el que Dios corrigiera los continuos abusos cometidos por el libre albedrío de sus criaturas. Un mundo donde el bate de béisbol se convirtiera en papel al emplearlo como arma, o donde el aire se negara a obedecer cuando intentáramos emitir ondas sonoras portadoras de mentiras e insultos».

Existe el dolor, porque existen las leyes de la naturaleza y éstas tienen límites. Y existe el dolor porque existe la vida, y ésta tiene límites, y no es Alicia in Wonderland.

Pero también existe el dolor y el mal, porque los seres humanos somos libres. Y la libertad pesa lo suyo. «En un mundo así, [sin dolor] sería imposible cometer malas acciones, pero eso supondría anular la libertad humana. Más aún, si lleváramos el principio hasta sus últimas consecuencias, resultarían imposibles los malos pensamientos, pues la masa cerebral utilizada para pensar se negaría a cumplir su función cuando intentáramos concebirlos. Y así, la materia cercana a un hombre malvado estaría expuesta a sufrir alteraciones imprevisibles. Por eso, si tratáramos de excluir del mundo el sufrimiento que acarrea el orden natural y la existencia de voluntades libres, descubriríamos que para lograrlo sería preciso suprimir la vida misma».

La condición libre del ser humano, de alguna manera, exige también la muerte, como pone de manifiesto Borges en su relato El inmortal, sobre un personaje que descubre la fuente de la eterna juventud. Vive años y años, mientras los demás envejecen, escribe dos veces la Odisea, se aburre… En un tiempo infinito como el suyo todo es posible, pero nada es real. Y al final el inmortal busca la fuente de la muerte, para poder poseer su vida y su propia identidad. 

En la era del transhumanismo y el cyborg, es preciso subrayar que los límites nos definen. Que la muerte es otro misterio, que nos viene de fuera, que no controlamos. Y que sin ese marco, la libertad giraría en el vacío y mi personalidad se convertiría en un fantasma.

El problema es que durante algo más de medio siglo en Occidente nos hemos creído dioses y que podríamos borrar de nuestra vida los límites. Sin percatarnos de que la salud, la prosperidad, el progreso tecnológico de este breve periodo son una excepción en la historia de la humanidad, marcada por la guerra, el hambre o las enfermedades. 

Nos inquietó un poquitín el terremoto de las Torres Gemelas -y su réplica del 11-M en España- pero era una fiera enjaulada tras los barrotes del telediario. Ahora la tenemos encima

En este sentido, el dolor provocado por la pandemia, ha sido un recordatorio del carácter frágil y azaroso de la vida humana. Por primera vez desde el final de la II Guerra Mundial toda la humanidad está en peligro, nadie escapa a la amenaza de la muerte. En Occidente, en concreto, hemos vivido una especie de Belle Epoque, parecida a la de Europa antes de la Gran Guerra del 14, y nos creíamos indestructibles. Nos inquietó un poquitín el terremoto de las Torres Gemelas -y su réplica del 11-M en España- pero estaba lejos, era una fiera enjaulada tras los barrotes del telediario. Ahora la tenemos encima. Y no podemos ignorarla. 

“La injusticia y el error pueden ser ignorados” dice Lewis, en tanto que “el dolor es un mal desenmascarado, inequívoco: toda persona sabe que algo anda mal cuando ella sufre. Y es que Dios nos habla por medio de la conciencia, y nos grita por medio de nuestros dolores: los usa como megáfono para despertar a un mundo de sordos».

Paradójicamente la epidemia puede ser la medicina para combatir el orgullo de esta sociedad analgésica y autocomplaciente. “El dolor quita el velo de la apariencia e implanta la bandera de la verdad dentro de la fortaleza del alma rebelde» señala el autor de El problema del dolor:  Y añade: «un hombre injusto al que la vida sonríe no siente la necesidad de corregir su conducta equivocada. En cambio, el sufrimiento destroza la ilusión de que todo marcha bien». Es lo que le pasa a Clamence, el personaje de Albert Camus en La caída, novela menos conocida que La peste, y que también aborda el problema del mal.

Famoso penalista, Clamence podría servir de metáfora para el Occidente que hemos conocido hasta ahora: indiferente a la desgracia ajena, instalado en el confort, «vivía impunemente, sin que le alcanzara ningún juicio (…) por encima de las hormigas humanas». Su única preocupación era «satisfacer el amor que se tenía a sí mismo»

Pero llega un momento en que «la fiesta» se acaba. En nuestro caso fue el terrorismo, la crisis del 2008, y -el zarpazo más inapelable- la epidemia del coronavirus. A Clamence, es el suicidio de una joven en el Sena lo que le pone frente al espejo y le hace verse como lo que realmente es. Pasa por delante de la chica que está inclinada sobre el parapeto mirando al río, y él sigue su camino. «Había recorrido unos cincuenta metros, cuando oí el ruido que, a pesar de la distancia, me pareció terrible en el silencio nocturno, de un cuerpo al caer al agua». Y añade: «Quise volver y no me moví (…) Me decía que había que actuar rápidamente y sentía una debilidad irresistible»; y se alejó. Cuando llega a su casa, se pregunta «¿Aquella mujer? realmente no lo sé. Durante varios días no leí los periódicos».

Al saber que en aquel minuto no tuvo valor para socorrer a la  chica, Clamence descubre que nunca había pensando más que en sí mismo. Es entonces cuando cae de las cumbres donde reinaba… Intentará acallar su mala conciencia con nuevas aventuras amorosas, pero fracasa porque descubre que que no llega a perder el hábito «de amarse a sí mismo exclusivamente».

Opta por la indiferencia. Y en un momento dado llega a creer que «la crisis había terminado». No es así. Un día al ver, desde un barco, en el Atlántico, a un «objeto negro que flotaba, el que se creía curado recuerda a la “desconocida del Sena”» y admite «Era preciso reconocer la propia culpabilidad». Y concluye: «Quisiéramos dejar de ser culpables, pero sin hacer el esfuerzo de purificarnos… Estamos en el vestíbulo del infierno» afirma.

El protagonista de La caída añora el universo moral, concluye Charles Moeller en su estudio sobre Camus de Literatura, siglo XX y cristianismo. Y esa añoranza de un gesto de arrepentimiento que rompa el bucle de la desesperación resuena en las últimas palabras de Clamence: «Mujer tírate otra vez al río, para que vuelva yo a tener la oportunidad de salvarnos a los dos». Y comenta Moeller «los personajes de esta obra, partiendo del amoralismo, descubren nuevamente la responsabilidad moral”. El despertador ha sido el dolor. 

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.