La bolsa española se resiente por la crisis provocada por la pandemia del coronavirus/EFE
La bolsa española se resiente por la crisis provocada por la pandemia del coronavirus/EFE

El IBEX 35 baja a los 6.000 puntos, por lo que ha perdido el 40 por ciento de su valor desde mediados de febrero. El Dow Jones de Industriales sufre la mayor caída desde el fatídico ‘lunes negro’ de 1987. Los valores caen a plomo; muestran la perspectiva de futuro de los inversores. La actividad se desploma, los beneficios dan paso a las pérdidas, y no se sabe por cuánto tiempo condicionará el virus la actividad económica. 

La ministra del ramo, Nadia Calviño, hizo honor a su apellido diciendo hace unos días que “el impacto del coronavirus será poco significativo”. Su padre hizo carrera convirtiendo a Radio Televisión Española en un instrumento al servicio del gobierno y con grave sacrificio de la verdad. El efecto de la paralización económica será brutal. Ahora bien, y en esto tiene razón la ministra Calviño, el impacto será temporal y tras el batacazo económico llegará la recuperación.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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La palabra “crisis” resulta engañosa. Nos hace pensar en los duros años de purga entre 2008 y 2014, pero aquélla era una crisis muy diferente. La Gran Recesión, como se le ha llamado, fue la crisis más grave desde la que asoló a los Estados Unidos, y al mundo, en los años 30’. Fue una crisis financiera. Su origen es el aumento del valor de los activos, causado por la inflación orquestada desde los bancos centrales. Ese mayor valor no está causado por factores reales, sino por la política monetaria expansionista, por el aumento de medios de pago sin respaldo, que crearon un engaño masivo.

Lo malo de ese engaño es que no es puramente financiero; nunca lo es. Esas falsas señales hacen que desde la economía real se inicien proyectos de inversión, de largo alcance, que no están justificados por la disponibilidad de ahorro real. Por decirlo así, hay demasiados planes, y planes demasiado ambiciosos, para la disposición de los consumidores de ahorrar. La crisis llega en el momento en que el engaño no puede mantenerse, y emerge toda la verdad. Entonces, se liquidan los activos, se paralizan los proyectos y se dejan a medias. Es un proceso doloroso, que lleva a numerosos empleados a la calle, y que exige que caigan los salarios para que se adapten, también ellos, a la realidad de la economía.

Esa purga es larga y dolorosa. Pero a lo que nos enfrentamos en este momento es a algo muy distinto. No es una crisis financiera, sino de oferta. Lo que ocurre es que el entramado económico habitual, todas las relaciones comerciales que son relaciones de producción, se resienten ante la necesidad de que empleados y consumidores se queden en casa. Hay sectores enteros, cercanos al consumo, que se detienen. Imponen un efecto dominó sobre sus proveedores, y los proveedores de éstos. En otro sentido, hay empresas que se ven obligadas a aminorar o detener su producción, y proveen de bienes de capital necesarios para la producción de otros bienes, que de este modo también sufren retrasos. 

Toda acción económica responde a una planificación. Esta crisis arruina infinidad de planes, pero muchos de ellos sólo se postergan. Esto quiere decir que, en el momento en el que podamos retomar, paulatinamente, la actividad normal (como muy tarde a partir del verano), el sistema económico volverá a adaptarse a los planes individuales. Y entonces se producirá una rápida recuperación.  

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