Gilbert Keith Chesterton es, por seguro, el pensador católico y, por extensión, cristiano, más relevante de lo que la convención historiográfica ha venido a denominar Edad Contemporánea. Son famosas sus sentencias –sacadas, como no podía ser de otra manera, de sus escritos, aunque no por ello descontextualizadas- que, amén de certeras, actúan como augures que predicen el nihilismo tan típico de estos años en los que vivimos, en los que Occidente, tal como lo conocíamos, parece tener un futuro, como mínimo, un tanto sombrío. Podría estar todo el día mencionado citas célebres de Chesterton que a todos nos han cautivado. Al menos a un servidor. No obstante, me permitirá el lector citar mi preferida y , que cada cual, saqué sus propias conclusiones. Decía el literato inglés: Llegará el día en que será necesario desenvainar la espada para afirmar que el pasto es verde.

G. K. Chesterton era un personaje realmente polifacético. Pero de los de verdad, no como los tertulianos del duopolio televisivo de este país, que creen saber de todo pero, en verdad, no tienen ni idea de nada. Pues bien, como buen polifacético, Chesterton se preocupó por la economía e intentó darle un enfoque cristiano a esta, creando una Tercera Vía entre el capitalismo y el socialismo. En un mundo como el que le tocó vivir, donde la gente abandonaba el campo para trabajar en la ciudad, con la pérdida de la vida tradicional rural que esto suponía, amén de la proletarización y la despropietarización de muchas familias, era natural que buscara un modelo alternativo. Chesterton creía que aquella propiedad la cual uno poseía, trabajaba y aprovechaba los frutos de ella comportaba un gran bien para el ser humano. Es decir, que la propiedad debía ser accesible para todos y distribuida equitativamente. A esto, le llamó Distributismo.

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Chesterton se preocupó por la economía e intentó darle un enfoque cristiano a esta

Este modelo de reparto de la propiedad era realmente acorde para un mundo en su mayoría rural, el que, en el fondo, añoraba Chesterton. También, apostaba por modelos de organización propios del Antiguo Régimen –y no estoy haciendo uso de este binomio de manera despectiva como hacían los revolucionarios franceses- como los gremios y de algunos decimonónicaos como los sindicatos o las cooperativas agrarias.

No obstante, este encanto que nos genera el Distributismo lleva aparejado un ideal imposible de alcanzar. Influenciado por anarquistas y socialistas, el pensador británico estaba convencido de que el trabajo asalariado era una suerte de Neoesclavitud y que, por ende, todos las personas que participan en el esfuerzo empresarial de una corporación han de ser, a su vez, propietarios de la misma. Esto suena muy bien en la teoría, pero vayamos a la práctica con un ejemplo del mundo actual. Imagínense que son un joven al que acaban de contratar como, por ejemplo, cajero de supermercado. Tras mucho buscar, ha conseguido usted un trabajo que, aunque no es para tirar cohetes le da para vivir, pero sin caprichos sobrepreciados.

Aún así, viendo lo malo de la actual coyuntura, estaría dispuesto a dejar su actual puesto de trabajo si le sale algo mejor, y la finalidad de estos es solo conseguir ir ahorrando para crear su propio negocio en un futuro si Hacienda no pone trabas. Bien, esto es lo más normal del mundo pero, siguiendo los puntos de vista del Distributismo, de verse esta persona en una situación aneja, estaría obligado a ser propietario de la empresa –con las responsabilidades que eso supondría- y estaría atado prácticamente de por vida a un puesto de trabajo que le negaría su legítimo sueño de poder crear en un futuro un negocio propio.

Hay gente que lo que puede ofrecer es el capital necesario para crear un negocio y otros su capital humano para hacer que ese negocio pueda salir adelante. Ambos se compenetran entre sí y reflejan la realidad inequívoca de que cada persona es un mundo, con sus particulares circunstancias y habilidades. Y, como dice el historiador Thomas E. Woods, aunque los desmanes de la Revolución Industrial –en especial de la primera- son incuestionables, la realidad es que las familias que abandonaron la campiña inglesa – en su mayoría propietarias- para ir a las ciudades para trabajar en las fábricas, no se plantearon volver a su antigua vida porque esta había ido mejorando sustancialmente.

Aún así, no todo es negativo en el Distributismo. Admirable es su propensión compartida por un servidor a la defensa del dinero metálico –oro y plata- para contrarrestar la creación de dinero ex novo y las burbujas que trae consigo el sistema de banca centralizada parcial o totalmente fiduciario. Amén de esto, también es compartida la apuesta por legislaciones antimonopolísticas que protejanr la competencia e impidan la concentración de poder en grandes empresas con regulaciones específicas para ellas que dañan la libre competencia.

En definitiva, el Distributismo es un ideal para aquellos que valoramos la Tradición, la pequeña empresa familiar y la propiedad privada como derecho natural. Una opción más que respetable para aquellos que voluntariamente decidan organizarse de esa forma, como así es en el Reino Unido y Estados Unidos.

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