El padre Robert Sirico, presidente del Instituto Acton.
El padre Robert Sirico, presidente del Instituto Acton.

Una pandemia rivaliza con una guerra a la hora de desactivar nuestros impulsos liberales y fortalecer el poder político. Todo conduce a la subordinación de la persona ante un único mando, un único criterio, y un único altar: el del Estado.

De ahí la importancia de resistir y salvaguardar las “fortalezas privadas”, como decía Schumpeter, evocando las “instituciones mediadoras” entre el poder y la persona que garantizaban la cohesión de la sociedad civil, según escribió hace casi dos siglos Tocqueville. Una crucial es la Iglesia, y las religiones que no se pliegan a cualquier ucase de cualquier mandatario. Y otra es el mercado, el encuentro de las dos instituciones económicas fundamentales para la sociedad de mujeres y hombres libres: la propiedad privada y los contratos voluntarios.

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Entre religiosos y liberales ha habido ciertamente tensiones y desacuerdos, pero a nadie le puede parecer casual que las mayores tiranías que el mundo ha padecido, el nazismo y el comunismo, hayan sido al mismo tiempo enemigas de las religiones judeocristianas y de la economía de mercado.

Uno de los pensadores que mejor ha argumentado en favor de la compatibilidad entre Iglesia y liberalismo es el Padre Robert Sirico, sacerdote católico norteamericano y presidente del Acton Institute. Lo hace de manera magistral en un libro publicado por Lid Editorial, con el título: En defensa del libre mercado. El argumento moral en favor de una economía libre. [Lea aquí la entrevista que publicó Actuall].

El socialismo no solo no es solidario, sino que además, al obstaculizar la labor de los empresarios y los trabajadores en los mercados

Fue un joven de izquierdas que, como tantos otros, gracias a Dios, comprendió lo equivocado que estaba y dejó atrás el socialismo. Su liberalismo es católico, y no es individualista, ni radical, ni mucho menos ateo, como el de Ayn Rand. Siempre se posiciona en favor de la Iglesia frente al Estado y la moralización política, y lamenta que a veces se los confunda: “Hemos llegado a creer que el burócrata gubernamental es un buen samaritano”.

Tiene presentes de continuo los valores cristianos, incluso cuando parece que propicia un materialismo provocador, como en el título del capítulo 3: “¿Quiere ayudar a los pobres? Emprenda un negocio”. Pero en ningún caso se trata de desvalorizar la caridad sino de reconocer la fuerza creadora de riqueza del sistema económico liberal:

“Las actividades benéficas son expresiones vitales de la solidaridad humana que, cuando se llevan a cabo con sabiduría, juegan un papel decisivo en el alivio del sufrimiento humano. Pero no son la manera habitual en que las personas salen de la pobreza. Lo normal es que la gente supere la pobreza a través de la empresa y los mercados —los negocios ordinarios”.

No comparte las fantasías sobre los mercados perfectos, que por supuesto, no han existido nunca ni pueden existir, aunque subraya: “los mercados son muy superiores a la alternativa”. Hablando de esa alternativa, un viejo embuste es pretender identificar comunismo con cristianismo, trampa en la que, como vimos aquí hace unos años, no cayó la Madre Teresa de Calcuta, y tampoco cae el padre Sirico:

“El compartir cristiano no es lo mismo que el socialismo, por una razón muy sencilla. La caridad cristiana se compone de donaciones hechas a parir del libre albedrío motivado por el amor; la redistribución socialista solo se lleva a cabo por la fuerza”.

El socialismo no solo no es solidario, sino que además, al obstaculizar la labor de los empresarios y los trabajadores en los mercados, nunca lucha contra la pobreza sino que la fomenta.

En el capítulo 4, “Por qué la ‘destrucción creativa’ del capitalismo es más creativa que destructiva”, subraya la aparente paradoja de que un mercado laboral relativamente abierto, como el estadounidense, brinda a la gran mayoría de las personas un puesto de trabajo, mientras que los supuestamente “progresistas” mercados intervenidos y regulados, como el de España, castigan a los trabajadores con un paro elevado, y a los que conservan su empleo con onerosos impuestos.

El padre Sirico no sacraliza el mercado, ni nada que no sea Dios, y desde luego no celebra la codicia, aunque aclara en el capítulo 5 que “se desarrolla más en el socialismo que en el capitalismo”. No cree que los beneficios sean moralmente dudosos: ¿son acaso más éticas las pérdidas?

No se trata, repito, de solapar automáticamente mercado y ética: “El sistema de precios no garantiza mágicamente el comportamiento moral”. Condena el capitalismo si no está regido por normas morales, por el Estado de derecho, por el respeto a la dignidad de las personas y por la justicia. Acepta la justicia social fundada en los vínculos comunitarios voluntarios, no en la coacción política. Propugna, por tanto la caridad, no la política, y denuncia que el Estado es falsamente generoso cuando hostiga a la Iglesia, socavando tanto la libertad como la moral.

Entra en detalle en la sanidad, por la larga tradición de la Iglesia de cuidar a los enfermos, busca allí un equilibrio entre Estado y mercado, y explora la paradoja del elevado coste de la sanidad en su país natal, erróneamente atribuido al liberalismo:

“El sistema de salud de los Estados Unidos no es en absoluto un mercado libre y no está en absoluto impulsado por el consumidor individual de servicios de salud. Gracia a una creciente serie de intervenciones del Estado en el mercado durante las últimas décadas, nuestro sistema de salud gira hoy en torno a las compañías de seguros, los empleadores, los hospitales, las compañías farmacéuticas y el Gobierno. Este es el problema fundamental”.

En ese proceso se marginó a la Iglesia, lo que deplora el padre Sirico, especialmente alarmado porque “una fría ideología secularista vaya monopolizando los servicios médicos”.

Aborda la cuestión de la ecología, donde han abrevado los marxistas, y también “una teología radical centrada en la naturaleza”, nuevo maniqueísmo que degrada al ser humano —abordamos también este tema antes en Actuall. Y denuncia que los sistemas socialistas, que hostigan o eliminan la propiedad privada, son los que más abusan de la naturaleza.

El último capítulo, dedicado a la economía, es reveladoramente espiritual en su crítica al homo economicus cuyos intereses no van más allá del bienestar material —tienen mucho interés las páginas finales sobre la edición italiana y las ideas del Papa Francisco.

En suma, estamos ante un cristiano y un liberal que, como el profesor Dalmacio Negro aquí en España, se niega a separar la moral, la religión y la tradición liberal.

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