Lamento hablar en plural -generaciones- pero creo que es obligado hacerlo. Hace ya bastantes años se acuñó la expresión “generación perdida” incluso, hace varias décadas, la hubo en lugares como Dinamarca donde el desempleo hoy es del 5% que de no haber sido por aquella generación se encontraría muy probablemente, con una tasa técnica del 2-2,5%. Sin duda nos gustaría que estos fueran los parámetros del problema del paro en España, pero, no lo son.

La crisis de 2008 -fundamentalmente del ladrillo y financiera (cajas de ahorro)- ha dejado unas ratios de desempleo juvenil sin precedentes y a años luz de otros países europeos, con la excepción de Grecia, donde la generación entre 30 y 40 años continua sufriendo sus efectos.

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Ahora con una crisis de origen no económico, sino sanitario, nos encontramos con un crecimiento vertiginoso del desempleo -por no decir instantáneo- ante la paralización de la actividad económica, que en este contexto afecta a todos, pero de un modo singular a los más jóvenes: dicho de otro modo tenemos un grave problema con las personas entre 20 y 30 años que debemos sumar a los que están entre los 30/40 años antes señalados; es decir, generación tras generación perdida, generaciones perdidas.

¿Qué supone una generación perdida o varias? Muchas y muy negativas cosas comenzando por la frustración vital de quienes la padecen, la falta de autonomía financiera para poder desarrollar una vida independiente, la preocupación filial de muchos padres por un futuro para sus hijos peor del que ellos tienen, la plena solidaridad de los abuelos compartiendo su pensión de jubilación, incluso su vivienda, con sus hijos sin trabajo y sus nietos.

Se trata de que la inversión en la formación de nuestros jóvenes no va a poder contribuir al progreso y bienestar de sus vidas ni de nuestra sociedad, pero, por encima de todo ello, es la claudicación personal, la pérdida de confianza en sí mismos y en el futuro, la desesperación, tirar definitivamente la toalla, renunciar a una vida laboral y autónoma, echar raíces en el desempleo. Dejar de tener rostro humano para ser una estadística, un número más.

Estamos obligados a intentar que esto no suceda, la pregunta es: ¿resulta inevitable?

Lo primero que debemos hacer es distinguir la anterior crisis económica, de la que estábamos empezando a salir, de la actual que se trata de una situación sanitaria, grave e imprevista no generada por un deficiente funcionamiento de nuestros autónomos, empresas y profesionales, pero en los que el cese de las actividades económicas ha impactado brutalmente. Aunque es verdad que ya antes de la pandemia del COVID-19 el gobierno social-comunista anunciaba las recetas clásicas de la izquierda radical: más impuestos, más gasto público; más subvencionados, más presencia y extensión de lo público, más intervención, menos libertad, menos iniciativa privada, menos sociedad civil, menos empleo y, al fin, más pobreza y desempleo.

Pese a ello, la situación no es la misma ni parecida que en la crisis anterior. La actual, con el confinamiento social y la consiguiente paralización económica ha reducido nuestro PIB (ya veremos finalmente cuanto cae) a la par que ha aumentado exponencialmente nuestra destrucción de empleo y la desaparición de ingresos para tantos autónomos, comerciantes y pequeñas empresas, que sí deben de afrontar pagos, además de los problemas de las grandes empresas vinculadas a los sectores turístico-hotelero, de construcción de vehículos y de exportación, principalmente.

Sin embargo, creo que las especiales características de esta crisis arrojan cierta esperanza sobre todo si se actúa con inteligencia, eficacia, y la vista puesta en el bien común. En resumen, creo que la súbita pérdida de riqueza y empleo puede compensarse con una rápida recuperación que, eso sí, habrá que amortizar en los próximos años. Por decirlo rápidamente, es el momento en que lo público debe apoyar a lo privado (que también es un bien público en cuanto crea riqueza, empleo y contribuye a las cargas del estado) por cuanto todos dependemos de ello. Algunas consideraciones más:

1º.- Se trata de una crisis económica mundial, no de tres o cuatro países europeos. Todo el mundo, en una economía globalizada, va a actuar para recuperarse.

2º.- La actividad económica -cuando las cuestiones sanitarias lo aconsejen- puede reactivarse siempre que cuente con las ayudas y el apoyo necesarios.

3º.- Hay que incentivar el consumo. En nuestro país, señaladamente en sectores como el de la hostelería y el turismo (Francia e Italia ya están poniendo incentivos al consumo turístico, empezando por el interno). Este incentivo y ayuda debe ser plenamente compatible con la ayuda a quien carece de ingresos o empleo pero, evidentemente, con una voluntad de superar el trauma que sufrimos no con la intención de establecerse de modo indefinido ya que contribuiría a acabar con el espíritu de trabajo, sacrificio y aportación personal de los ciudadanos en favor de todos.

4º.- En esta voluntad de incentivar a empresas y paliar a quien precise ayuda podríamos encontrarnos con grandes limitaciones de financiación, pero ello no va a ser así. Las autoridades europeas ya han anunciado líneas de prestamos por el MEDE, Macrón y Merkel han acordado un paquete de ayudas por importe de 500.000 millones de €, la presidenta del Banco Central Europeo ya ha manifestado que los países deben poner todos los medios para la reactivación incluido el incremento de deuda y déficit público. El problema es mundial y no creo que con la interdependencia económica existente nadie se niegue a un impulso en la reactivación económica de todos.

5º.- No obstante, debemos tener claro, entre otras cosas, que el endeudamiento no puede destinarse al incremento del gasto público bien al contrario debe hacerse un gran esfuerzo en su reducción sobre todo en las partidas más innecesarias y estériles. Vivimos en una situación excepcional donde el endeudamiento público debe servir para invertir en la sociedad: en nuestros autónomos, comerciantes, profesionales y empresarios hay que volver, cuanto antes, a la situación económica y laboral de fin del 2019, este debe ser un objetivo prioritario. Invertir hoy en nuestra estructura económica es invertir en más trabajo, más actividad, más consumo, más riqueza y a la postre más bienestar y recaudación fiscal.

6º.- Junto ayudas, subvenciones, bonificaciones y prestamos debe establecerse un marco fiscal para 2020 de moratorias y reducción de impuestos, especialmente el IVA, IRPF, así como los que gravan las transacciones, y todos aquellos que estén vinculados a la capacidad económica real de los ciudadanos.

Esperemos que quien puede actúe ahora, todavía no es tarde. En otro caso nuestro mañana será el de las lamentaciones

Por tanto, manifiesto un moderado “optimismo” que proviene de dos consideraciones fundamentales: primera, nuestra estructura económica no está dañada por su ineficiencia ni mal funcionamiento si no por razones exógenas; la paralización de su actividad por motivos sanitarios. En segundo lugar, reitero que no estamos solos en esta crisis, con todas las diferencias y matices que se quieran hacer, no es solo “nuestra crisis” es una crisis global que afecta a todo el mundo y en el mundo se van a plantear ayudas, incentivos, promoción del consumo como palanca de reactivación económica, en definitiva, se va a otorgar confianza en el futuro de nuestra sociedad.

Se podrá objetar, con razón, que ciertamente con el actual gobierno ello parece imposible -su errático proceder así lo acredita-, sus recetas y manifestaciones son contrarias a las que aquí sostenemos; ciertamente es una objeción grave.

Sin ánimo de extenderme: las declaraciones del ministro-director general Sr. Garzón contrarias a nuestros sectores turístico y hostelero; los vaivenes y contradicciones sobre la posibilidad de rebajas de los pequeños comerciantes; el confinamiento a quien visita nuestro país; la parálisis en nuestra promoción en Europa como destino turístico; la subida de impuestos; el incontrolable gasto público y la nefasta política de compras (semiocultas bajo la opacidad del estado de alarma), la carencia de presupuestos generales del Estado; el anonimato de los expertos sanitarios que marcan nuestra forma de vida y de trabajo… Para rematar la guinda el pacto con Bildu de abstenerse en la prorroga del estado de alarma de esta semana a cambio de la derogación de la reforma laboral -que como todas es perfectible y mejorable- que ha facilitado centenares de miles de puestos de trabajo para los españoles.

Pese a ello, si de verdad creemos que de esta podemos salir, aunque sea a menor velocidad de lo que hemos caído, que tenemos fortalezas que debemos recuperar y potenciar, habrá que ser consecuentes con ello.

Quiere ello decir que si podemos evitar más generaciones perdidas, en última instancia si queremos evitar la quiebra de España, se debe actuar, liderar la situación, articular una enmienda de totalidad a este gobierno bien planteando una moción de censura -que como mínimo, aun no prosperando, serviría para debatir a fondo la cuestión- bien para seducirle y apoyarle en un plan de reactivación económica nacional, ahora que tanto se ha hablado de pactos de estado, bien consensuando unos presupuestos generales del estado para la reactivación, creo que, como mínimo PP, VOX y Cs (¿?) deben estar en el motor de estas iniciativas.

Un plan de estas características, como cuando uno se hipoteca para comprar un piso, requiere el pago de lo que ahora necesitamos, para no asfixiarnos, durante una serie de años o la triste alternativa de quedarnos sin casa. Creo que bien vale la pena intentarlo; si el intento y la iniciativa fracasaran tendrán que responder quienes lo impidieron. Además, este posible pacto debe venir acompañado de otro en defensa de los principios constitucionales y los derechos fundamentales, pero eso es harina de otro costal, que ahora no podemos abordar.

Esperemos que quien puede actúe ahora, todavía no es tarde. En otro caso nuestro mañana será el de las lamentaciones.

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