Se ha puesto de moda: Vietnam, Tailandia, Indonesia, China. Antes, eran destinos propios de una luna de miel, pero ahora hay decenas de millenials y conocidos influencers subiendo fotos a Instagram de sus viajes a los destinos más exóticos y remotos del planeta.

Es curioso. Apenas han cumplido la veintena y ya conocen los templos de Ubod, en Bali, pero no han visitado la ermita románica de santa Cecilia en Palencia. Se han bañado en las playas de Kuta, en Indonesia, pero no han probado las aguas del río Tajo a su paso por el Hundido de Armallones en Guadalajara. Se han sacado fotos en la Gran Muralla china, pero no se han encaramado al extraordinario castillo de Loarre en Huesca. Han viajado hasta el templo de Khrishna Mandir en Nepal para darle una impronta espiritual a su periplo asiático, pero no han coronado la muela sobre la que se asienta el santuario de Lord en Lérida.

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“Necesito huir”, escribía recientemente uno de estos jóvenes con cientos de miles de seguidores en su cuenta de Instagram. Y, a los pocos días, subía stories montado en una moto recorriendo las polvorientas carreteras de Vietnam.

Hay un cierto trasfondo de ignorancia, desconocimiento y desprecio hacia lo propio y una fascinación un tanto bobalicona y consumista por lo exótico y lejano. Desconocen el monumento que tienen a 50 kilómetros de la puerta de su casa y recorren más de 10.000 para contemplar un edificio de piedra de, quizás, menor valor arquitectónico y artístico, pero que las guías de viajes han convertido en trendy y en “el destino del año que no te puedes perder”.

Lo que pasa es que, ciertamente, queda más cool subir una foto a las redes en la bahía de Halong, en Vietnam, que en el Desierto de Nuestra Señora de Belén, también conocido como las ermitas de Córdoba.

Pero, en fin, para estos millenials para los que estar a la última y conseguir el mayor número de likes se ha convertido en una forma de vida, se les puede acabar lo de viajar a esos países. Greta Thunberg, la desdichada, utilizada y manipulada adolescente a la que pasean por medio mundo para predicar el apocalipsis del cambio climático, se acaba de sumar a la campaña #StayOnTheGround (algo así como “Me quedo en tierra”).

Básicamente, los Sumos Pontífices de lo Políticamente Correcto han decidido (a saber por qué intereses espurios) que lo de volar en avión está mal, muy mal, porque contamina mucho, y que hay que pasarse al tren, que contamina menos. Un matrimonio británico con dos hijos subía una foto hace unos días a Instagram donde explicaba que habían viajado 40 horas en tren desde Inglaterra hasta Rumanía para sus vacaciones. La cara de los niños es un poema. Pero los padres estaban encantados, porque habían emitido no sé cuántos gramos de dióxido de carbono menos a la atmósfera.

En fin, que se preparen los millenials porque, si quieren seguir a la última, pronto van a tener que agregar el hashtag #StayOnTheGround a sus publicaciones en redes sociales y despedirse de sus viajes exóticos en avión.

Quién sabe. Tal vez, la iniciativa resulte hasta positiva. A lo mejor esos jóvenes descubren que la belleza y lo extraordinario está cerca, y que no hace falta montarse tantas horas en un avión para encontrar sitios fascinantes. Los tienen a pocos kilómetros de sus casas. Y, además, estarán colaborando con el medio ambiente, lo que tendrá contentos a los gurús del cambio climático…

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