Yolanda Díaz, ministra de Trabajo. /EFE
Yolanda Díaz, ministra de Trabajo. /EFE

¡Albricias! Acabo de enterarme de que mi sobrino, el que acaba de entrar en el Santander, va a cobrar lo mismo que Ana Patricia Botín. Sí, sí, es literal, palabras de la ministra de Trabajo, la comunista Yolanda Díaz: «A partir de hoy se acabó que un hombre y una mujer en nuestras empresas puedan recibir retribuciones diferentes”.

Está muy claro, ¿no? Un hombre y una mujer, en las empresas españolas, no pueden recibir retribuciones diferentes, y ahora mi sobrino -un hombre, tanto por biología como por elección personal- cobra sustancialmente menos que Ana Patricia, que es una mujer. Y eso, dice Díaz, es una aberración “jurídica y democrática” que acaban de erradicar.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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¡Un momento, un momento, que no! Me dicen por el pinganillo que no es así, que la injusticia que nuestra amada ministra acaba de ‘erradicar’ es que una mujer y un hombre que aporten el mismo valor a la empresa no pueden cobrar sueldos diferentes.

La ministra, como denuncia el triunfalismo de la declaración citada en rueda de prensa, como quien va a anunciar a los judíos cautivos en Babilonia su regreso a Israel, ha inventado de nuevo la rueda, pero uno le ve esa carita de entusiasmo y le impulsa a hacer un ruego a sus lectores: que nadie se lo cuente. No sé, sería como decirle a un niño emocionado la mañana del 6 de enero que los Reyes son los padres, una crueldad innecesaria, aunque sea verdad, que la Constitución Española, se le adelantó en unas cuantas décadas en su Artículo 14, cuando dice que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. ¿No les parece?

Tienen la suerte de predicar a la parroquia más ignara y desmemoriada que podría desear cualquier tirano, y quien mire las respuestas al mensaje en redes de doña Yolanda advertirá quien aplaude que se termine al fin esa plaga

O que el Estatuto de los Trabajadores, de 1980, yendo un poco más concretamente al logro estelar de la ministra, dice en su Artículo 28 que “el empresario está obligado a pagar por la prestación de un trabajo de igual valor la misma retribución, satisfecha directa o indirectamente, y cualquiera que sea la naturaleza de la misma, salarial o extrasalarial, sin que pueda producirse discriminación alguna por razón de sexo en ninguno de los elementos o condiciones de aquella”.

¿Qué desalmado de negro corazón será capaz de quitarle la ilusión a doña Yolanda, a la que abrazaban en Vigo llorando las trabajadoras de no sé qué empresa sometida a ERTE porque les había salvado -ella, personalmente- de la pobreza? No yo, desde luego. Bastante duro debe de ser ya ser ministra de Trabajo en un país en el que cada vez trabaja menos gente.

Hay que decir que esto lo hacen mucho, lo de presentar como gran conquista social propia, obtenida a costa de una denodada lucha contra los intereses creados de la reacción, algún derecho o servicio del que disfrutamos desde tiempo atrás. Y con la Ley de Memoria Histórica y Democrática y Defensora de Todas las Cosas Buenas, a medida que se vaya depurando y ahondando en su esencia orwelliana, pronto será así.

De hecho, la propia Díaz ha puesto en las redes su proclamación, que debe considerar a la par con la Proclamación de la Emancipación de Lincoln, y no descartamos que alguno de estos días aparezca en la caja tonta, que paren las máquinas, para anunciar que queda abolida la esclavitud o que, a partir de ahora y gracias a su política social, asombro del orbe todo, los niños de 7 años no podrán seguir trabajando en las minas de sal.

El gobierno no lleva aún un año, y a España, como quería Alfonso Guerra, no la reconoce ni la madre que la parió. Somos el país ‘de nuestro entorno’, como se suele decir, que se queda solo en las previsiones de recuperación, es decir, que no participa de ella, y ya éramos la economía más duramente golpeada de la Unión Europea. La pandemia, que al final ha quedado en cuanto a su capacidad destructiva muy por debajo de lo que vaticinaban los agoreros de nómina, ha tenido en la España de Sánchez sus cifras más dramáticas en muertos por habitante y en personal sanitario caído por mor del virus. Estamos en la Champions League, como decía Zapatero, pero de las desgracias y la peor gestión imaginable.

Por eso, porque no tienen logro alguno real que mostrar, tienen que otorgarnos derechos que ya tenemos y luchar contra injusticias que no existen.

Tienen la suerte de predicar a la parroquia más ignara y desmemoriada que podría desear cualquier tirano, y quien mire las respuestas al mensaje en redes de doña Yolanda advertirá quien aplaude que se termine al fin esa plaga. Una plaga que, de existir, tendría a los tribunales colapsados por las denuncias. Pero, claro, nadie es capaz de ofrecer un solo ejemplo.

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