¿Se puede aprender algo bueno del fundador de una revista erótica, que levantó una de las principales fortunas del mundo y que vivió rodeado de lujos y excesos? Les confieso que yo, hasta hace no mucho, seguramente habría pensado que no.

Sin embargo, vas evolucionando y te das cuenta de que nuestro primer error consiste en asignar la etiqueta de “buenos” o “malos” a los demás (y a nosotros mismos). Esa etiqueta se convierte después en una pesadísima losa dificilísima de mover, de modo que “el bueno” seguirá siendo bueno aunque en ocasiones no obre bien (y trataremos de justificar sus malas acciones) y “el malo” seguirá siendo poco más que un criminal por mucho que cambie de vida (y además estaremos pendientes de que tenga el más mínimo tropiezo  para exclamar aquello de “si es que yo tenía razón en cómo es Fulanito”).

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Me explico. Hace unos días comencé a ver la serie en Amazon de Hugh Hefner, el fundador del imperio Playboy. Hefner es uno de aquellos que mi cabeza o mi juicio, inconscientemente, había colocado desde siempre en el cajón de “los malos”. A medida que transcurría la serie, me daba cuenta de que Hefner había tenido un padre muy distante, que apenas le dio el calor de un buen abrazo, y vivió en un ambiente muy reprimido y puritano.

El magnate estadounidense llevó una vida “correcta”: se casó joven con su novia, formó una familia, tenía un empleo rutinario y aburrido y su vida era monótona y gris. De algún modo, recordaba Hefner, cumplía la vida que otros habían pensado como “adecuada” para él.

Sin embargo, el fundador de Playboy veía cómo en su interior crecía irrefrenable un ansia y un deseo de sacar toda su creatividad y pasión por innovar que llevaba reprimiendo demasiado tiempo. Y decidió crear una revista nueva y completamente distinta que llegó a vender 7,5 millones de ejemplares al mes.

Desarrollar esa creatividad fue lo que le permitió “sentirse vivo por primera vez”.

Moralmente, los contenidos de su publicación son más que cuestionables: Hefner promovió la despenalización del aborto, el libertinaje sexual, las drogas psicodélicas, el consumismo más desenfrenado y demás, pero también tuvo un papel importante en la lucha por la igualdad racial y en cuestionar leyes claramente injustas.

Nuestras palabras y, sobre todo nuestras acciones, nos sitúan alternativamente en el bien o en el mal

Hefner fue un visionario, un extraordinario creativo; poseía una agudísima intuición y se demostró como un gestor eficaz. ¿De dónde le venía esa pasión por crear que le llevaba a estar noches enteras trabajando y sin dormir? Sería muy fácil concluir con que “lo hacía por dinero o por placer”, pero lo cierto es que, al inicio de su andadura, arriesgó todo por perseguir el sueño que llevaba dentro. Sí: arriesgó, se la jugó, apostó.

A nivel económico y de popularidad, le fue muy bien. A nivel moral, seguramente, el juicio ya sea distinto. Pero poseía una pasión que uno echa de menos muchas veces en esos que se autoproclaman “los buenos” y que se limitan a seguir las reglas y a no cuestionar nada; a enterrar sus talentos por miedo a que resulten demasiado estridentes para los demás y les “reprendan” por ello en nombre de las buenas costumbres. Y que luego, con mucha frecuencia, llevan una doble vida.

Hace poco, un conocido me hablaba de “nosotros, los buenos”. Seguramente, él creía de buena fe que me hacía un favor al incluirme entre el grupo de “los buenos”, y se lo agradezco, pero quizás no se daba cuenta de que ninguno tenemos el “monopolio” del bien moral, y que nuestras palabras y, sobre todo nuestras acciones, nos sitúan alternativamente en el bien o en el mal.

Pero claro: es mucho más fácil y nos complica menos la vida el “establecernos” nosotros en el bien y, desde nuestra atalaya de superioridad moral, decidir quién es digno de formar parte del selecto grupo de elegidos en el que nosotros estamos por derecho propio y a perpetuidad y quienes son arrojados al terreno de los malvados, del que no se puede salir por más esfuerzos que hagan.

Siempre me ha fascinado la frase que Jesucristo le dirige al joven rico en el capítulo 10 del Evangelio de San Marcos: “¿Por qué me llamas bueno?”. Y la apostilla posterior: “Nadie es bueno, sino solo Dios”. ¿Tenemos esto claro: sólo Dios es bueno? ¿Tenemos claro que nosotros apenas somos capaces de lo bueno y que “todo bien y todo don perfecto vienen de Dios” (1 Santiago, 17)?

Aprendamos los unos de los otros. Incluso de aquellos que, en un primer momento, pensamos que no tienen nada que enseñarnos.

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