Monumento a la razón en Nogales (Sonora, México)
Monumento a la razón en Nogales (Sonora, México)

Dice C. S. Lewis que tratando de pensar como lo haría el diablo para asesorar a su sobrino Orugario, le sobrevenía la sensación en el paladar  de una mezcla de vinagre y ceniza mientras escribía las  «Cartas del Diablo a su Sobrino». Se evoca algo similar al pensar sobre cuál sería el consejo del diablo a sus servidores hace unos cuatrocientos años para llevarnos a como estamos hoy: corrupción rampante en los gobiernos, prensa dominante activista que ya no informa sin sesgo, filosofía y prácticas homosexuales declaradas como referente moral supremo por ONU con el apoyo del gran capital y sus medios, aborto como derecho en las potencias occidentales e impuesto por éstas en todo el mundo, iniciación sexual y homosexual en escolares con guías elaboradas por UNESCO, ficciones de cine y TV de difusión masiva que normalizan el ateísmo y satanizan la religión.

Sólo a posteriori puede uno descifrar el contenido de la hipotética carta que Escrutopo le pudo haber escrito a sus sobrinos de los siglos XVII y XVIII: invaliden la razón práctica con el argumento de no ser científica, confinen su campo y validez a lo privado. Logrado esto queda la razón teórica y su método científico como la única forma válida de conocimiento para la humanidad. (Por si alguien duda del rotundo éxito de esta asesoría dada a los sobrinos ilustrados que sólo reflexione si sabe lo que es la razón práctica, su campo de aplicación y su método.)

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En su libro «En Busca de un Mundo Mejor» Karl Popper dice en cuanto al conocimiento científico que está «lejos de considerarlo el único«. Uno de los otros conocimientos y sin duda el gran faltante a partir de la ilustración es el conocimiento práctico.

En el mundo hay (por lo menos) dos ámbitos de conocimiento y acción nítidamente delimitables: el de la necesidad, propia de las leyes físicas y lógicas (razón teórica) y el de la libertad, propia de las acciones humanas (razón práctica). No son dos razones, sino la misma razón o racionalidad humana aplicada a contenidos de diferente naturaleza con diferentes enfoques y métodos mediante las correspondientes facultades cognitivas. Ausencia de necesidad no significa ausencia de racionalidad, sino racionalidad diferente.

La racionalidad teórica se basa en premisas evidentes de validez necesaria que llevan a conclusiones igualmente necesarias como «si el agua hierve a 100° C y yo caliento esta agua a 100° C, entonces, esta agua hervirá». Las premisas del razonamiento práctico, por el contrario, requieren todas asentimiento voluntario, porque se refieren al ámbito de la voluntad, de la acción humana o sea de la libertad, por tanto, de la moral.  Es evidente que muchos en este mundo rechazan la premisa mayor «asesinar es malo», por consiguiente asesinan (lo vemos diariamente en la prensa), y  se libran  de las consecuencias, pero no pueden rechazar la premisa de que la aceleración de la gravedad es 9.8m/s2 y saltar de un edificio de diez pisos sin sufrir las consecuencias.

Las premisas del razonamiento práctico carecen de necesidad, pero no, de racionalidad.  Sólo que la racionalidad, en este caso, es práctica no teórica deductiva. Que la premisa «asesinar es malo» le parezca falsa a unos, pero de validez evidente a otros no depende de método alguno científico externo de verificación, sino de la calidad moral interior del sujeto. En cuanto mayor sea su  calidad moral, mayor será el acierto de sus juicios prácticos. De aquí surge la máxima de San Agustín: «ama y haz lo quieras». El amor es el grado supremo de moralidad. 

A partir de la carta de Escrutopo que logró que se proscribiera la razón práctica con su campo y método basados en la calidad moral de las personas, se extrapoló la razón teórica y su método científico al campo de la razón práctica y de sus ciencias propias: ética, política y derecho. Surgieron proyectos extrañamente encomiados como los de Spinoza (1632-1677) que buscaba una ética demostrada al modo de la geometría o de Hobbes (1588-1679) que decía ser el galileo de la ética o Grocio (1583-1645) que quería convertir la ética en ciencia exacta.

Escrutopo logró que la ciencia moral fuera independiente de la calidad moral del sujeto que es lo único que puede garantizar la verdad de los juicios prácticos. Logró hacer creer que el conocimiento de lo justo se vea como una técnica, como la cartografía, que no requiere que el conocedor sea justo, y que la calidad moral de la persona llegara a ser vista como innecesaria para juzgar su idoneidad para la política, el derecho y para los mismos puestos relacionados con la ética.

Escrutopo logró disponer condiciones de gran ventaja para que con el tiempo se les fuera abriendo más y más espacio en los puestos más altos de todas las instituciones públicas y privadas a los asesorados de sus sobrinos. Y así estamos hoy. Sin las exigencias básicas de la razón práctica que postula la necesidad sistémica de comprobar la calidad moral y las virtudes en las personas que aspiran a algún papel en los ámbitos prácticos, los hijos de la tinieblas, libres de impedimentos éticos para lograr sus objetivos, han copado los puestos de mayor influencia en el mundo. Si no rescatamos la razón práctica, su campo y métodos será imposible conjurar la crisis mundial que se avecina.

Alejandro Berganza

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