No lo voy a negar: me gusta que no solo la realidad, sino personas concretas con razones para conocer el asunto nos den la razón. Como Clarissa Farr, durante muchos años directora de una escuela femenina en Inglaterra y actual consultora educativa, que aparece en el Daily Mail advirtiendo que muchos de los adolescentes que hoy se declararan ‘transgénero’ -con consecuencias, a veces, irreversibles- lo hacen movidos por la moda y como parte de ese espíritu contestatario y rebelde que en todas las épocas ha marcado el paso a la edad adulta.

Está de moda entre algunas adolescentes proclamarse ‘no binarias’ y ‘trans’, advierte Farr; es ‘guay’ y rebelde. Aunque la ex directora de la londinense Escuela Femenina de Saint Paul se apresura a admitir que existen casos reales de chicas con problemas de indentificación con su sexo biológico, advierte que el bombardeo mediático presentando estos casos de transición en un tono no meramente positivo, sino hasta triunfal, está arrastrando a muchas alumnas que no tienen realmente problema alguno con su sexo a identificarse como ‘trans’ o ‘no binaria’, sencillamente como modo de destacar o proclamación de rebeldía, cuando no para sucumbir a una moda ideológica.

Actuall depende del apoyo de lectores como tú para seguir defendiendo la cultura de la vida, la familia y las libertades.

Haz un donativo ahora

Algunos adolescentes, recuerda Farr, “se adhieren a cualquier cosa un tanto radical”. Es, en definitiva, la misma razón por la que la más joven generación apoya desproporcionadamente a partidos radicales y marginales en el espectro político.

Farr ha observado en vivo y en directo el problema. En 2017, Saint Paul adoptó la política de permitir a las alumnas adoptar nombres masculinos -que el profesorado habría de respetar- y vestir con ropa masculina si se identificaban como tal. Hay cierta dosis aquí de esa incoherencia, ese doblepensar tan típico del pensamiento único, ya que si la escuela se tomara realmente en serio lo que estas alumnas proclaman, no se limitaría a llamarlas Harry o Peter, sino que tendría que expulsarlas, recomendándoles que buscaran una escuela que admitiera varones.

“Es, me temo, lo que en las reuniones del claustro al final de un largo día llamábamos “el problema transgénero”, el que teníamos con estas personas que se adherían a la causa por lo mismo que se apuntarían a cualquier cosa suficientemente radical y que pudiera poner un poco en apuros a la escuela”, señala. Y añade: “Esto fue algo que surgió cuando ya estaba acabando mi mandato en Saint Paul. Algunas de las chicas acudían a mí para decirme que no querían identificarse como chicas, que querían identificarse como ‘no binarias’. Algunas querían que nos dirigiéramos a ellas por un nombre diferente”.

A veces da la sensación, leyendo la prensa convencional o a los políticos y activistas, que quienes hablan no han visto un niño o un adolescente en su vida, y que no recuerdan cómo era en su propio caso. Parece como si hubieran caído sobre nuestro planeta en algún tipo de paracaídas celestial, ya plenamente formados como adultos. Si no fuera así, sería imposible que ignoraran lo que cualquier madre normal, interesada en la vida de sus hijos, podría contarles sin problemas, cosas que se han sabido desde el alba de la humanidad y que hoy, por ser patrimonio común de la sensatez ancestral, parecen misteriosos arcanos.

Para empezar, que hombres y mujeres somos, por lo general, marcadamente diferentes, y que, por tanto, las motivaciones de unos y otros para declararse ‘trans’ y las pautas para hacerlo también difieren sustancialmente. Por ejemplo, no es raro que un varón que ha vivido como tal hasta la mediana edad se proclame ‘mujer’, mientras que, en el caso de mujeres adultas, el caso es extremadamente raro.

El fenómeno de Greta Thunberg es heredero de este moderno mito del niño como portador de verdades no accesibles a los adultos, ya corrompidos

En el caso de los niños muy pequeños, del que hemos hablado en abundancia aquí, solo puede decirse que es más bien cosa de los padres, ya que en ningún otro aspecto más o menos crucial de su destino se les deja decidir. Un poco mayores, cualquiera sabe que a los niños algo mayores les gusta probar, experimentar, y, sobre todo, llamar sobre sí la atención de los adultos.

Antaño, muchas de estas alambicadas formas de pataletas se detenían con la actitud tajante de los padres, pero eso ya lo hace imposible la moda, de larga data, de acceder a todos los caprichos del niño y escucharle como si fuera un oráculo.

El fenómeno de Greta Thunberg, la adolescente sueca a quien los grandes de este mundo se complacen en escuchar cómo les sermonea en los foros más importantes del mundo, es heredero de este moderno mito del niño como portador de verdades no accesibles a los adultos, ya corrompidos.

Antes una preadolescente podía ser aquello que entonces aún se llamaba ‘un marimacho’ -sin connotación necesariamente peyorativa-, y que dijese que hubiera preferido nacer chico, sin que nadie se alarmase innecesariamente. Algunas de las mujeres más cómodas en su feminidad e integradas que conozco fueron en su infancia niñas que preferían jugar a cosas de chicos, que se peleaban con ellos a puñetazos y despreciaban vestiditos y muñecas. Luego llegaba la pubertad y se desarrollaban normalmente -en el sentido estadístico, no se me asusten-, porque todo el mundo entiende que la infancia y la adolescencia son periodos de cambio y maduración de los que no va a quedar mucho en la vida adulta.

Pero si hoy a una niña se le ocurre comentar en alto en el cole -¡o en casa!- que le hubiera gustado nacer chico, corre el serio riesgo de que los adultos tomen muy en serio sus palabras y emprendan con ella un camino de tratamientos y operaciones que puede marcarla para toda la vida. Auguro un magnífico futuro para los abogados en una o dos décadas.

Del futuro que aguarda a nuestra civilización apenas se puede decir nada con certeza, precisamente porque es futuro. Puede ser el islam. Puede ser una espantosa tiranía. Puede ser un laborioso regreso, a través del sudor y las lágrimas, a cierta sensatez. Pero hay algo que les garantizo con total seguridad: el futuro no va a ser políticamente correcto.

Hay algo positivo que puede decirse de la Cultura de la Muerte, en su sentido más amplio, y es que muere. Es un callejón sin salida, enemigo de la realidad y de la vida; es estéril, es falso, es inviable. Y morirá, aunque nadie puede decir cuánto durará su agonía.

Comentarios

Comentarios