Me lo dijo un amigo hace ya un tiempo, y me la quedé como una de mis frases de referencia, ésas que te van marcando las pautas en la vida: “El tiempo de los mediocres se va acabando”. Y no, no la archivé para echársela en cara a los otros, sino para recordármela a mí, en primer lugar, y que me sirviera de espuela las muchas veces que flojeo. 

Creo que el principal síntoma de que vivimos en la mediocridad es que la convicción de la mayoría es, precisamente, la opuesta: están convencidos de que vivimos en la mejor de las sociedades posibles: tolerante, democrática, con valores, solidaria, progresista, avanzada. La mediocridad perfecta es vivir en una escombrera convencido de que se vive en un palacio.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Son tiempos de confusión, de densísima niebla, y apenas unos pocos rayos de luz traspasan esta espesa maraña. Los sembradores de este galimatías cuentan con potentísimos altavoces con los que esparcen su error y su falsedad a unos oyentes que parecen ávidos de consumir mercancía averiada.

«La censura ha pasado de las instituciones donde se ejercía, al pueblo, que se encarga de señalar y lapidar con más saña aún a todo aquel que no piense como impone la Santa Madre Iglesia de lo Políticamente Correcto»

Monseñor Munilla –uno de esos pocos que aportan luz- lo ha definido con su habitual precisión e intuición: “La mentalidad “progre” es teológicamente, gnóstica; filosóficamente, relativista; ideológicamente, marxista; económicamente, capitalista; y psicológicamente, freudiana”. ¿Se puede ser todo eso a la vez? Sin duda. No hay más que echar un vistazo a nuestra sociedad actual.

Salir de este mejunje ideológico y vital no es sencillo. Si osas hacerlo, los amaestrados y adiestrados esbirros que se encuentren a tu alrededor te saltarán encima, tirando de ti y empujándote para que vuelvas al redil ideológico, allí donde nada se cuestiona y las verdades son inmutables. La censura ha pasado de las instituciones donde se ejercía, al pueblo, que se encarga de señalar y lapidar con más saña aún a todo aquel que no piense como impone la Santa Madre Iglesia de lo Políticamente Correcto.

Pero, como siempre, ya desde Sócrates, y antes, más vale quedarse solo en la verdad que acompañado en la mentira. Por eso, el simple hecho de proponer hoy en día la verdad es un acto terriblemente revolucionario y casi suicida. Hay que hacerlo, sin embargo. Con humildad, caridad y misericordia, pero hacerlo.

Y saber descubrir a aquellos que tratan de vivir su vida de acuerdo a la verdad, aunque levanten involuntariamente odio, rencores y recelos a su alrededor por parte de los supuestos comedidos, equilibrados, sensatos y moderados. Y no dejarse engañar por los eufemismos y palabras almibaradas.

¡Gran reto el que tenemos por delante! Pero apasionante también. Y apremiante, porque el tiempo de los mediocres se está acabando.

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