La comunicación es tan compleja como el ser humano
La comunicación es tan compleja como el ser humano

El valor original de la palabra (inicialmente, en griego y en latín, era la parábola) es que se trata de una semejanza o comparación, algo que traduce el pensamiento. Es la actividad típica de la mente humana. Por cierto, en la cultura española, lo de comparar suele ser algo enigmático. Baste recordar el sentido tajante de no se puede ni comparar o ni punto de comparación. En el castellano usual, el adjetivo encomiástico de incomparable equivale al inglés unbelievable (= admirable).

La gracia del lenguaje está en la concisión; utilizar el menor número de palabras para transmitir la mayor cantidad y cualidad de ideas. No es una sabia norma que sigan, siempre, los hombres públicos, aficionados al uso continuo de la retórica. La comunicación verbal o escrita disimula o mitiga muchos conflictos. Por eso, se dice “va a haber más que palabras”, para indicar que, además de lo dicho, puede estallar la violencia.

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El lenguaje es cosa viva. Continuamente, se arrumban viejos términos y asoman otros nuevos o con inéditos sentidos. Aduciré algunas ilustraciones de, lo que podríamos llamar, el discurso de los hombres públicos (políticos, periodistas, comentaristas, escritores) o, simplemente, de la vida cotidiana.

Un eufemismo muy característico de estos días es el pacto de rentas. Quiere decir la negociación entre empresarios y empleados para acomodar el incremento de los salarios al de los precios (inflación desbocada). Lo de “rentas” suena muy bien, pero, no incluye otras varias formas de ingresos regulares. Se puede citar la renta de las propiedades, las pensiones, los subsidios de los parados, las subvenciones otorgadas por los Gobiernos.

En el lenguaje público, se recurre, constantemente, al eufemismo para evitar la dureza de la realidad. Es el caso, por ejemplo, de la voz racista, que suena tan mal. Para aludir a esa categoría, sin molestar, se ha acuñado, ahora, supremacista. Se aplica a los individuos o colectivos que se consideran superiores al resto. Se puede aplicar a los catalanes secesionistas o indepes; otro neologismo del momento.

En la cultura política española, se halla mal vista la decisión de dimitir: dejar un cargo o posición de manera voluntaria. Se podría decir, también, cesar (intransitivo). Esta voz se utiliza, ahora, como sustituta de destituir, que, tampoco, es muy digna. En lugar de destituir o cesar (transitivo), últimamente, se acude a los eufemismos de sustituir o relevar. Como puede verse, las palabras sirven, también, para engañar.

Hay expresiones, relativamente, antiguas que se interpretan mal. Por ejemplo, “deshacerse como un azucarillo”. No se refiere al terrón de azúcar, sino a una golosina muy popular de otros tiempos, una especie de bollo o merengue (clara de huevo azúcar y zumo de limón). Se mojaba en el café o en otro líquido. La costumbre se ha perdido, pero la locución ha permanecido entre nosotros.

La novedad más estridente de estos días inflacionarios es la de topar los precios. Equivale a que el Gobierno pone un límite o tope arbitrario en el importe de algunos consumos. Naturalmente, se trata de una añagaza política, pues los Gobiernos no son capaces de alterar las reglas del mercado. Pero, si las autoridades económicas topan los precios del gas, parece que arreglan la inflación. En política, lo que parece es.

Hay expresiones vetustas que se conservan por inercia, aunque, si bien se mira, han perdido su fuerza inicial. Por ejemplo, a todo tren (a mucha velocidad). Cierto es que, hoy, disponemos de trenes de alta velocidad. Sin embargo, resulta modesta si la comparamos con la de los aviones y, no digamos, los cohetes espaciales. Bien es verdad que el tren sigue manteniendo el antiguo prestigio del primer vehículo que superó la velocidad del caballo. Esa fue la máxima durante milenios. En realidad, la locución a todo tren no se refería, inicialmente, a ese vehículo. Significaba la ponderación de los preparativos para un largo viaje, típico de las clases acomodadas.  Se trataba de algo tan humano como dar envidia.

Amando de Miguel, artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

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