La llamada inmersión lingüística es un instrumento de autoafirmación nacionalista
La llamada inmersión lingüística es un instrumento de autoafirmación nacionalista

Me refiero a la guerra de las lenguas en España, la forma de conflicto más estúpida que existe y que entretiene a la mitad de los españoles actuales. Es una forma de desplazar otros asuntos de mayor entidad.

El error comienza cuando se parte de la idea de que las lenguas son propiedad de un territorio, una nación. No, los idiomas son un capital valiosísimo, que son propiedad de las familias o las personas que las emplean para comunicarse y para pensar. Naturalmente, un individuo puede manejar dos o más lenguas. En ese caso, destaca una, la, verdaderamente, propia, que es en la que piensa, razona para sí mismo o sueña.

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El problema se presenta cuando, en una región, las autoridades deciden que muchos niños se escolaricen en una lengua que no es la propia o natural de sus respectivas familias. La cosa es más ardua si esa exclusión se hace respecto de la lengua común a los españoles, que es el castellano. Es una cuestión de hecho. Por eso, no hace falta que el castellano sea el idioma oficial de España; basta con que funcione como lengua común, es decir, la única en que se pueden entender, normalmente, los españoles. Se incluyen muchos inmigrantes extranjeros que provienen de otras áreas lingüísticas.

Un formidable hecho adicional es que el castellano es la lengua común de 22 países, lo que podríamos llamar “la república de Cervantes”. Es una ventaja a la que no pueden aspirar, ni de lejos, las otras lenguas españolas.

Frente a esa realidad, se alza el denodado esfuerzo de algunas autoridades regionales de España, donde el castellano coexiste con otra lengua “autonómica”, para establecer una llamada “normalización”. La cual consiste en ir desplazando, poco a poco, el castellano de la enseñanza elemental y de los otros grados. En realidad, la operación es una labor de discriminación étnica para eliminar el castellano como lengua común.  Además, se refuerza con la política de ceder la titularidad de los cargos oficiales en la región a los hablantes de la lengua regional. En la práctica, se trata de una especie de “limpieza étnica”, típica de los sistemas totalitarios (o “fascistas”, como se dice, ahora).

El asunto trasciende a la política, es más profundo. Como señala Santiago Tamarón, el dominio de la lengua familiar equivale al aprendizaje de la primera estructura. Se logra, con naturalidad, como una especie de herencia, reforzada por la escuela. Después, el dominio de las habilidades profesionales será, simplemente, la tarea de comprender otras estructuras. De ahí, el crimen que supone cercenar el dominio de la primera estructura. Eso es lo que, oficialmente, se llama con el horrísono eufemismo de “inmersión lingüística”.

Es muy conveniente que exista una lengua común en un Estado, compatible con la existencia de otras lenguas y dialectos. No importa tanto que la lengua común se haga oficial por una ley. Lo fundamental es que funcione, realmente, como instrumento general de comunicación. Alemania e Italia tardaron siglos en constituirse como Estados, hasta tanto no se logró la unificación idiomática, a finales del siglo XIX.

El carácter de lengua común lo determina la historia, de forma lenta y azarosa. El hecho es que el castellano, que apareció en escena hacia el año 1000, después de las otras lenguas peninsulares, se fue conformando como lengua común de los españoles. Contó con la ventaja de aceptar muchas voces del árabe o del vascuence. El hecho es que, en la España actual, la proporción de españoles que hablan o entienden el castellano es más alta que nunca, desde hace mil años. Encima, como queda dicho, el castellano se ha extendido como lengua común a una veintena de países. En México, hay más castellanoparlantes, en números absolutos, que en España.

Tras los eufemismos de “normalización” o “inmersión” de las lenguas regionales, se esconde el propósito de erradicación del castellano en esos territorios. Se trata de un disparate cultural, un error histórico, una afrenta moral y un desastre económico. Vamos, para lucirse.

Reconozcamos otro hecho básico. Las lenguas evolucionan y cristalizan no, solo, para comunicarse mejor entre sus hablantes, sino para dificultar el entendimiento con los foráneos. En ese caso, las lenguas se utilizan como un instrumento de afirmación nacionalista.

En la actual glosomaquia española, lo peor de todo es que muchos castellanoparlantes están perdiendo la capacidad de expresarse por escrito en la lengua común. No digamos si esa minoración afecta a los altos cargos políticos de la nación. Es patente la paradoja de esa pérdida cultural y el contraste con el auge de la enseñanza del castellano en el mundo.

En el planeta, sobreviven varios millares de lenguas. Solo, hay cinco destacadas sobre todas las demás por el número de hablantes: el inglés, el castellano, el chino, el árabe y el hindi. El inglés es, desde luego, la lingua franca para todo el mundo, aunque contiene signos de fragmentación. El castellano tiene la ventaja de que aprende bien, es claro (solo, cinco vocales, no se necesita deletrear, abundan los polisílabos). Junto con el inglés, el castellano ofrece arquetipos literarios aceptados en todo el mundo. El chino necesita pasar al alfabeto latino para hacerse universal. Es la versión del pinyín. 

Sería bueno que, junto a los idiomas de comunicación internacional, se preservara la salud de las lenguas más modestas, algunas de ellas con una larga tradición literaria o científica. Desde luego, ya, se ha visto, que el sueño del esperanto, como lengua universal, no se ha cumplido. Aunque, curiosamente, la lengua a la que más se parece el esperanto sea al castellano.

Amando de Miguel, artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

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