"Eres el proyecto más importante", nos dicen; ¿y dónde queda servir a los demás?

Tengo complejo de viejoven. No me siento identificado en algunas ocasiones con mi generación infantil, juerguista y extremadamente desenfadada que les dota de una especie de estado libertino permanente. Me sobresalta la gente de mi edad y el común de los mortales porque siento que los valores en los que me he educado impactan contra la realidad egoísta, hedonista, nihilista e individualista.

Leo en una storie de Instagram un mensaje que dice: “Invierte en ti, eres tú proyecto más importante”, pero luego leo en la obra del misionero católico Lawrence G. Lovasik El poder oculto de la amabilidad que debemos priorizar la comodidad del prójimo antes que la nuestra. Término que no se refiere al vecino del quinto sino a los más cercanos, a aquellos que comparten la vida con nosotros. Por eso la palabra prójimo en cuestión procede de ‘proximidad’ haciendo alusión a nuestros allegados. Cercanos que desgraciadamente se están desvirtuando al inocular en la sociedad la quimera de que debemos ser libres, independientes y zafarnos de cualquier vínculo afectivo que ponga coto a nuestras ensoñaciones.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Preferimos tener un satisfayer para que satisfaga nuestros instintos más básicos sin necesidad de tener apego a un ser pensante con el que responsabilizarnos afectivamente. Nos gusta la idea de tener una mascota más si cabe que la de enrolarnos en la ardua tarea de tener hijos para no sufrir las consecuencias de criar a unos vástagos. Todavía no he visto a nadie perder el sueño por la enfermedad de un perro y en cambio sí he visto perder la cordura ante el sufrimiento de un hijo. Por mucho que uno quiera a su caniche, al final se es consciente de que la dignidad de un perro no es igual a la de una persona. Pese a eso, he visto a individuos tratar mejor a su mascota que a sus compañeros de trabajo. El mejor amigo del hombre y el elemento autocomplaciente de los solitarios existenciales.

Vivimos en una realidad tan racional que se ha perdido todo respeto por las emociones de los terceros. Tanto es así, que han tenido que sacar una especie de término moderno para llamar a los que en otra vida se definió empatía. Responsabilidad sexoafectiva, lo llaman. Viene a ser que por el hecho de estar conociendo o liándote con una persona debes tener un mínimo de escrúpulos a la hora de meter a otra persona en tu cama ante los posibles efectos que tengan en el tercero en discordia. Es lo que tiene cuando estamos en la dinámica de arrejuntarse unos con otros fusionándose carne follada con carne follada sin que exista ningún tipo de compromiso, banalizando el significado de la sexualidad denigrándolo a un mero ejercicio cardíaco con el que conseguir unos máximos de placer. Aquí hemos venido a jugar, a arrasar con lo que se vea y a no ser generosos con el otro. De ficción es que una consigna pirata se haya convertido en el modus vivendi de a pie. En cuanto te sales de esas tesis hedonistas e individualista te miran raro y te trasladan a un capítulo de Cuéntame.

Comparto la tesis de mi buen amigo el escritor Francisco Gijón cuando señala que, en el siglo XXI, ser católico significa ser antisistema. Que razón lleva. Mires donde mires observas realidades contrarias a lo que procesa nuestra fe. Ahora ya no se sabe quien es bueno y quien es malo porque la tónica relativista lo ha bañado todo de un cinismo sinigual, sazonado a su vez por una tibieza existencial que no ve blancos y negros sino grises tiñendo también al mundo de esa tonalidad. Es el tiempo idóneo para los tiranos porque abundan los tímidos y faltan los valientes con una idea de bien. Así nos va.

Los locos bailando y un servidor preocupado por la sociedad inundada de todos los ismos menos del humanismo. Hemos perdido humanidad. Nos hemos olvidado de cómo se ama porque sólo nos queremos a nosotros mismos sin apreciar a los demás. Brilla tanto por su ausencia este sentir que en alguna ocasión reflexiono si peco de querer demasiado. Gracias a Dios, en cuanto medito sobre ello aparece en mi subconsciente la frase de San Josemaría que dice: “Tened peso y medida en todo, menos en el amor”. Un sentimiento que inevitablemente implica sufrimiento, por mucho que estos pasados de progres se pongan exquisitos asegurando que si te hace sufrir no es amor. Evidentemente no estoy hablando del pesar psicológico o físico que algunos propinan a sus parejas. No, me refiero a la preocupación de ver cómo el tiempo o los acontecimientos te hacen separarte de la persona a la que amas, de cómo sus preocupaciones se convierten en las tuyas, y de cómo a veces debes sacrificar tus deseos para beneficio del corazón al que quieres. Eso hay gente que no lo entiende y seguirá sin entenderlo, o comprendiéndolo preferirán prescindir de cualquier tipo de apego emocional con otra persona para evitarse los malos tragos del amor y poder vivir como un payaso disfrutón.

Todo esto tiene eco en otros ámbitos sociales. Como el laboral. Ahora faltan trabajadores y abundan esclavos. Algunos empresarios deberían de ser honestos en sus ofertas y en lugar de utilizar el término trabajador tendrían que usar el de esclavo. El otro día un buen amigo historiador me decía que habíamos vuelto al siglo XIX cuando el empresario vivía como un rey y el empleado subsistía precariamente sin importar sus derechos ni su integridad. Volvemos a lo mismo. A algunos les importa el dinero por encima de cualquier otra cosa, su interés, su ombligo, su bienestar, y a los demás que les den.

Por eso no pedimos perdón, no damos las gracias, ni pedimos por favor. Sólo tenemos que ser amables con nuestro propio ego.

Según Chesterton los valientes que somos inactuales estamos llamados a salvar a cada época. Intentándolo estamos.

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