¿De verdad queremos comunicarnos en español?
¿De verdad queremos comunicarnos en español?

Con el diccionario en la mano, la mayor parte de las entradas significan una sola cosa, o, si son varias, se muestran relacionadas. Pero, ahí está la gracia; en algunos casos, los varios significados posibles pueden ser bastante dispares. Comprendo que esta es una dificultad adicional para un hablante de otro idioma, deseoso de chapuzarse en el sonoro castellano.

En principio, lo ambiguo es algo discutible; proviene de la imagen de dar vueltas a las cosas. De modo más concreto, la indecisión se transmite a algunas palabras, que pueden ser, alternativamente, masculinas o femeninas. Por ejemplo, “el mar” o “la mar”. La segunda forma es la preferida por los marinos o pescadores. O también, “el calor” (la forma usual) o “la calor” (coloquialmente, con temperaturas extremas). Más misterioso es “el tema” (el asunto) o “la tema” (la manía de los locos).

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Hay más misterios. Tomemos la voz “increíble”. En principio, indica lo que es difícil de creer, por mostrarse como sorprendente, desusado. Sin embargo, en el lenguaje coloquial, se torna equivalente a algo maravilloso, fantástico, digno de ser visto o experimentado. El ligero cambio de sentido, quizá, se deba al contacto con el inglés coloquial, donde incredible (un latinismo para un angloparlante) subraya, todavía más, el segundo significado. Se considera que es algo simpático.

Hay más ejemplos castizos. El adjetivo “tremendo” significa, en buena ley, algo terrible, que causa terror. Pero, en el castellano corriente, casi nunca se emplea en tal sentido. El usual es hacerlo equivaler a algo enorme (física o moralmente), extraordinario, merecedor de ser considerado de esa forma. Este segundo significado sirve para que el hablante no se comprometa mucho. Si califica a algo de “tremendo”, no se sabe bien qué quiere decir; puede tener un sentido positivo o negativo. Debe tenerse en cuenta que los hispanohablantes practicamos la exageración como un hábito inveterado. No es raro oír la descripción de algo como “tremendamente importante”, que, luego, se queda en nada, fantoches o fantasmones, como somos. Bueno, unos más que otros…

Más sutil es, todavía, en el castellano actual, un nuevo juego de palabras. En principio, cabe la distinción entre el verbo transitivo “destituir” (eliminar de un cargo o una posición a alguien subordinado) y el intransitivo “cesar” (dejar, voluntariamente, una posición cualquiera, un empleo, un cargo). Sin embargo, en la práctica cotidiana, ahora, se utiliza “cesar” con el significado de “destituir”, no como el más lógico de “dimitir”. Es una forma de disimular el mal trago que supone, para un dirigente, el hecho de “dar la boleta” a un subordinado, esto es, despedirlo de su puesto. Quizá, dé un poco de vergüenza el hecho de dimitir de una posición ventajosa.

Dado que no son pocos los casos de una estudiada ambigüedad en ciertas voces, no extrañará el esfuerzo del hablante para que le den crédito a lo que dice. Así, se introduce la coletilla “de verdad”, incluso, “de verdad de la buena”. Últimamente, se prodiga mucho el ñoñismo “sí o sí” para reforzar que algo va de veras, sin alternativa posible, sin ninguna duda. Es el equivalente aproximado de “te lo juro” o “te lo prometo”, que, también, suenan a expresiones pueriles. Hay más: en lugar de contestar “no” a una pregunta simple, se retuerce con el “para nada”.

Después de lo dicho, cabe la duda: ¿Cómo es posible que los hispanohablantes nos entendamos? Claro, que ¿dónde está escrito que tratemos de entendernos? O también, una forma de entendernos es con ambigüedades calculadas. Así, caben menos conflictos, que es de lo que se trata…

Amando de Miguel, artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

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