Las salas de clases tienen un lugar primordial en la sociedad como centros de formación y de difusión del conocimiento, que, seguido de la familia, son el espacio más importante de educación de los niños y jóvenes; como tales, todo colegio y universidad debiese siempre tender a la búsqueda de la verdad y a su enseñanza, libre de sesgos y de ideologías.

Hoy ese fin se ve progresivamente amenazado por la enseñanza de ciertas posturas políticas o de ciertas ideologías, como si ellas fuesen conocimiento básico necesario que debiese enseñarse a los niños, junto con la expulsión del espacio educativo de aquellas personas que controviertan este pensamiento único, el que pareciese ir conquistando no sólo las mallas curriculares, sino que incluso la libertad de expresión y la capacidad de disentir.

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La lista de ejemplos se alarga peligrosamente, así, está el caso de Nicholas Meriwether en Ohio, a quien se le acusó de crear un ambiente hostil en la Universidad por negarse a utilizar el pronombre que sus alumnos transgéneros quisiesen; el caso de John Finnis, el cual fue acusado de homofobia por alumnos de la universidad de Oxford, debido a su posición sobre el sexo no matrimonial expresada en un ensayo escrito en 1994; el profesor Stéphane Mercier, que fue expulsado de la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica, por exponer argumentos en contra del aborto y de las teorías de género; la profesora Jenny Thomas quien fue criticada por mostrar un vídeo pro vida sobre las consecuencias del aborto; el profesor Philippe Isnard quien fue despedido de un colegio en Francia por haber entregado material pro vida a los alumnos; la profesora Silvana Cassidy en Argentina quien fue sancionada por criticar las clases de educación sexual integral en la que se enseñan tesis de género; e incluso, el caso de Lindsay Shepherd quien tuvo problemas en la Universidad sólo por mostrar un vídeo en clases en que se debatía sobre la necesidad de usar o no pronombres no binarios.

Sin importar la posición política, la cooptación de la libertad resulta alarmante para cualquier individuo, pues en cuanto más radicales se vuelvan las ideologías, más acentuada será la lucha de sus adherentes por imponerla

Esto es demostrativo de la polarización social, y un dramático síntoma del escalamiento del conflicto y la confrontación, pero primordialmente, de la intolerancia y la incapacidad para el debate; aquello ha impedido no sólo la sana convivencia, tan necesaria para la vida en sociedad, sino que ha derivado en la proscripción y censura de ciertas ideas que ya no pueden ser estudiadas ni enseñadas. El mayor peligro de las ideologías -que pretenden imponerse a la fuerza y no permiten ideas contrarias- es que terminan impidiendo la misma capacidad de pensar, de hablar, y constriñen la libertad de encontrar la verdad. Es por ello que la libertad de cátedra debe ser defendida, como defensa de la misma dignidad de la persona.

El llamado “discurso de odio” se ha vuelto herramienta de censura y las posturas más íntimas y fundamentales que una persona puede tener, como son la concepción del ser humano y de la familia, se han visto amordazadas justamente en el lugar donde debiesen ser debatidas y enseñadas, pues son base esencial de la vida. 

Junto con ello, el silencio que se impone a las ideas pro vida, o las que defienden el matrimonio entre un hombre y una mujer, o las que niegan la división artificiosa entre sexo y género, no son sólo un problema en la enseñanza y el pensamiento, sino que se han vuelto verdaderas persecuciones institucionales en las sociedades laicas, dictando leyes, imponiendo multas, expulsando, exponiendo a las personas a la persecución mediática e incluso, envolviendo a las personas en juicios, por considerarse que sus convicciones son atentatorias a los derechos de las personas.

Es por ello que, sin importar la posición política, la cooptación de la libertad resulta alarmante para cualquier individuo, pues en cuanto más radicales se vuelvan las ideologías, más acentuada será la lucha de sus adherentes por imponerla; pero en la medida en que más se restrinjan las libertades básicas de la persona, mayor será la resistencia a esta uniformidad de pensamiento. Ante un futuro así, en que se acrecientan las disputas, sólo cabe reforzar nuevamente las bases sobre las que se construyó Occidente: la verdad, el bien, la belleza, y fundamentalmente, la libertad.

Magdalena Moncada

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