La riqueza del español... y de su profunda teología
La riqueza del español... y de su profunda teología

Los verbos sirven para afirmar ciertas acciones; también, permiten resaltar la pertinencia de conductas negativas, igualmente, necesarias. Nótese, por ejemplo, el consejo, tantas veces repetido por las autoridades, de que “no hay que bajar la guardia”. Sirve para la llamada lucha contra el terrorismo o las prescripciones respecto a la pandemia del virus chino. Ante ese desastre sanitario, hemos ensayado numerosas “restricciones” de conductas cotidianas, que suponen otras tantas prohibiciones: lo que está vedado hacer. La misma vacuna consiste en una especie de medicina preventiva.

Téngase en cuenta que la ley lógica de “dos negaciones suponen una afirmación” no se aplica, siempre, en el castellano coloquial. Así, cabe asegurar como encomio de una persona, de su dadivosidad: “No le negó nunca nada a nadie”. Todas las voces de esa frase son negativas, aunque, se infiere una conducta muy positiva, digna de ser imitada.

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Son innúmeras las frases corrientes, que se escriben como avisos de algo que se prohíbe. Como soy viejo, recuerdo haber visto este increíble letrero en algunas casas del barrio madrileño de Salamanca: “Prohibido bajar en el ascensor”. En cambio, no tengo un recuerdo personal de la famosa prohibición de las tabernas populares: “Prohibido cantar y hablar de política”. En la urbanización donde vivo, ahora, y en otras muchas, rige esta norma de exclusividad: “Prohibida la venta ambulante”. Es un capricho clasista. No cae en la cuenta de que la venta ambulante puede ser muy beneficiosa para los vecinos. Puede más el prejuicio contra los gitanos.

En el lenguaje popular, se emplea la expresión “no veas” para enfatizar lo que se asegura. Desde luego, no es un imperativo para que el interlocutor deje de ver algo. Es, más bien, lo contrario.

Hay frases negativas que han pasado a la historia. Por ejemplo, el “¡no pasarán!”, que hasta ha llegado a ser el tema de un grupo musical polaco. El famoso grito suele atribuirse a Dolores Ibárruri, dirigente comunista, durante la guerra civil española de 1936-39. Ciertamente, figuró en una pancarta, colocada en la Plaza Mayor de Madrid, cuando esa ciudad fue sitiada en 1937. Fue popularizada por los corresponsales de guerra. Pero, la frase tiene una historia más antigua. La pronunció, solemnemente, un general francés en la batalla de Verdún (1916). La verdad fue que los alemanes atravesaron las defensas galas, tenidas por inexpugnables. Por lo mismo, el grito, atribuido a Dolores Ibárruri, fue contestado, en 1940, por una famosa tonadillera: “¡Ya’mos pasao!”.

La frase negativa más prestigiosa pertenece al “soneto a Cristo crucificado”, del siglo XVI, del cual se ignora su autor. Podría ser de Santa Teresa de Ávila, de San Juan de Ávila o de Lope de Vega. Es, realmente, impresionante. Este es el primer cuarteto: “No me mueve, mi Dios, para quererte,/ el Cielo que me tienes prometido,/ ni me mueve el Infierno más temido,/ para dejar, por eso, de ofenderte”. La hondura teológica no puede ser mayor. Se apoya en las frases negativas para exaltar una profundísima fe. Aunque, cabe la interpretación de su contenido erasmista, la razón para que haya permanecido anónimo.

Amando de Miguel, artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

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