Aprender a leer nos abre la puerta al conocimiento.
Aprender a leer nos abre la puerta al conocimiento.Aprender a leer nos abre la puerta al conocimiento.

En mi pueblo de nación (Pereruela de Sayago, Zamora), donde transcurrió mi primera infancia, no había más libros en las casas que los que poseía el médico. Conservo, como oro en paño, un añoso diccionario de latín, procedente de la biblioteca del galeno del pueblo, don Gregorio, quien asistió a mi madre en mi nacimiento.

Fui a la escuela muy pronto; era la costumbre. Tenía yo tres años y, todavía, era lactante. Había que sobrevivir en los difíciles tiempos de la guerra civil. La primera escuela (hoy, diríamos parvulario o infantil) se reducía a unas cuantas sillicas bajo una tenada. No había libros, cuadernos, pizarra o mapas. El único instrumento pedagógico era la pizarra individual para escribir y pintar. Constaba, literalmente, de una lasca de pizarra enmarcada en madera. Se pintaba sobre ella con un pizarrín. Lo escrito se borraba con un trapo mojado con saliva. Era el antecedente prehistórico de un ordenador. La enseñanza se reducía a los cuentos que narraba la maestra y a los canturreos que entonaban los alumnos.

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Los primeros textos impresos que leí fueron en casa de mi abuelo Amando. Debía de contar yo con cuatro años. Se trataba del reverso de la hoja del calendario o almanaque, que se arrancaba, ritualmente, todas las noches antes de la cena. Mi abuelo se sentaba en el escaño próximo al hogar, donde se cocinaba. El combustible era paja y ramas secas de jara. Me acurrucaba yo junto a mi abuelo, dispuesto a leer la hoja del almanaque bajo la chispeante luz del carburo. Se trataba de confirmar el milagro de que el rebecerico (ayudante del pastor; así, me llamaba mi abuelo) podía, ya, leer de corrido. Lo hacía en voz alta, de forma entrecortada, silabeando. El contenido de la lectura cotidiana era muy variado: santoral, refranes, chascarrillos, adivinanzas, etc. A mí lo que me fascinaba era el continuo descubrimiento de palabras nuevas, que empezaban a tener vida cuando yo las pronunciaba, malamente. Era un placer sumo.

Me detengo en esta primera experiencia de la lectura en voz alta. Era el modo como la parte ilustrada de la humanidad había leído durante milenios. Me congratula que tal operación la haya practicado yo, de manera sistemática, durante el aprendizaje de las primeras letras y del bachillerato. Se sabe que hubo un primer hombre, San Agustín de Hipona, que consiguió leer sin pronunciar en voz alta. Es, así, como lo hacemos todos, ahora, cuando leemos a solas. Por así decirlo, pronunciamos por dentro. Lo cual implica la ventaja de no tener que leer todas las sílabas o las letras de una palabra.

El sistema de leer sin pronunciar es, hoy, lo normal; supone una forma de lectura rápida, tantos son los textos que hoy hemos que trasegar. Hay más trucos para realizar una lectura rápida. Por ejemplo, en un libro, los primeros capítulos dicen más que los últimos. En un capítulo, conviene detenerse un poco más en los primeros párrafos. En un párrafo, son más significativas las primeras frases. Si la frase es muy larga o va entre guiones, el lector inteligente hará bien en saltársela. Todo esto lo he aprendido con los años, con la experiencia de haber tenido que embaularme muchos textos escritos.

El rebecerico de cuando infante se iba a convertir en un estudiante vitalicio, pues no otra cosa es el trabajo del profesor. Llegó un momento en el que, a la lectura de libros, se sumó la tarea gozosa de escribirlos. Habré compuesto más de un centenar. Añádase unos cuantos miles de artículos.

Toda mi vida adulta he andado a vueltas con tratar de entender los entresijos de la sociedad española. Es una obra inacabada, como debe ser. Aunque, cavilo que, en el fondo, lo que me ha movido es llegar a comprenderme a mí mismo. Por eso me repito tanto en los escritos. La reiteración es una tacha típica de los profesores.

Escribo sobre lo que veo y percibo con todos los sentidos. Mis lecturas son como el catalejo para el pirata o cualquier otro navegante.

La imagen popular sobre la letra impresa (ahora, también, en una pantalla) es de respeto, distancia e, incluso, rechazo. Nótese que la palabra escritura se reserva, también, para un solemne documento notarial, perfectamente, ininteligible para una persona corriente. Por eso mismo, la primera exigencia del escritor es la claridad.

Siempre se dijo que scripta manent, los escritos permanecen, no se los lleva el viento, como es el caso de las conversaciones, siempre que no se hallen grabadas. Los escribidores actuales somos los herederos de aquel maravilloso escriba sentado de los antiguos egipcios. Es decir, damos testimonio de nuestro tiempo.

Amando de Miguel. Artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

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