Un ejemplo de la riqueza del español
Un ejemplo de la riqueza del español

Me refiero a la lengua castellana o española en su expresión coloquial y, a veces, literaria. No son formas alternativas o contradictorias. El español se aprende y se cultiva con deleite por la característica sonoridad que se imprime a algunas palabras. Se trata de un bien mostrenco: ha sido forjado por siglos de evolución. Para lograrlo, se han empleado unos mecanismos ocultos o latentes. Desvelaré un par de ellos. En ambos casos se recurre a algunas letras (erre, jota, che, zeta, etc.), con las que, sin llegar a las interjecciones, se imitan sonidos naturales o imaginados. La pretensión de tales voces confiere al discurso en español una rara musicalidad.

Una forma de segregar las palabras sonoras es el de hacerlas sesquipedálicas (más largas de lo usual), bien como derivadas de otras o juntando dos o más voces. Veamos algunos ejemplos de palabras tan polisilábicas como sonoras:

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destripaterrones (nivel más bajo de la clase campesina).

saltimbanqui (titiritero, acróbata de carácter humilde).

manirroto (derrochador, malgasta sus ingresos con avidez de consumo).

autodeterminación (decisión de los propios actos sin injerencias ajenas).

tragaldabas (persona muy comilona).

metomentodo (persona entrometida o mangoneadora).

trampantojo (trampa, enredo, lío).

ensimismamiento (concentración en los pensamientos propios).

Otras veces, las palabras sonoras o llamativas se forman con algún sufijo, con sílabas que pretenden llamar la atención. Véase una muestra dentro de la infinita variedad léxica:

morrocotudo (extraordinario con intención admirativa).

palanganero (posición servil en un prostíbulo).

superferolítico (exageradamente, fino y delicado).

machihembrar (unir o ensamblar dos piezas complementarias, con o sin alusión sexual).

mamandurria (cargo o empleo lucrativo y que no requiere mucho esfuerzo).

abracadabrante (sorprendente o desconcertante, con un tono humorístico).

chiquilicuatre (jovencito presumido, sin carácter).

marisabidilla (mujer pedante y redicha).

chupasangre (persona explotadora de sus empleados o servidores).

correveidile (persona chismosa).

arrebatacapas (ladrón de altos vuelos).

malparido (mal nacido, con perversas intenciones).

cantamañanas (persona vocinglera, que no merece mucho crédito).

zangolotino (joven aniñado sin personalidad).

zarrapastroso (individuo desaliñado, mal vestido).

Obsérvese que muchos de esos vocablos se asocian, muchas veces, con un cierto sentido denigratorio. Es, ahí, donde interesa que sean voces sesquipedálicas, rotundas y sonoras. La construcción léxica es tal que resulta difícil sentirse ofendido por el dicterio. Son insultos con pretensiones culteranas, no groserías.

Elementos comunes en las dos listas: predominan los adjetivos con intención despectiva. En todo caso, son vocablos que se emiten de forma coloquial con una intención humorística o sarcástica. Se suelen utilizar para que los oyentes o lectores presten atención al emisor o autor. Es un tono muy característico de la conversación distendida entre los españoles.

La necesidad de recurrir a nuevos insultos es tan perentoria que se inventan algunos de forma arbitraria y humorística. Por ejemplo, conspiranoico, combinando conspiratorio con paranoia. Se afianza, así, la manía de ver persecuciones. Si no se acierta con la amalgama de dos palabras, se yuxtaponen otras de forma arbitraria. Por ejemplo, el adjetivo propio ante cualquier nombre que interesa resaltar. O también, el adverbio absolutamente delante de cualquier adjetivo. La cosa es alargar el discurso y hacerlo con cierta gracia.

El arte de espolvorear polisílabos en los escritos y discursos confiere al autor un punto de madurez, de dominio del idioma. El cual no, solo, sirve para transmitir ideas, sino para dar al texto un gratuito aire musical y desenfadado.

Amando de Miguel. Artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

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