La sociedad líquida es garantía de fracaso social y personal
La sociedad líquida es garantía de fracaso social y personal

El otro día decía Ana Iris Simón en su artículo en El País que el mundo está lleno de hijos de puta. Razón tiene, pero es que aparte, además de vivir rodeados de psicópatas, vivimos en una realidad que alberga individualidades simples y masificadas. Es decir, que el orbe está lleno de personalidades con menos actitud crítica e intelecto que un chimpancé.

No lo digo con ánimo sociópata, al contrario. Si escribo esto es porque me preocupa la deriva social a la que estamos abocados. Siento tristeza al ver el bajo nivel espiritual de la sociedad en la que caminamos. Me genera preocupación, rabia y dolor. Tanto, que cuando mis ojos perciben el más mínimo atisbo de simpleza existencial, se despierta en mis adentros un caos de sensaciones negativas dejando rienda suelta al pesimismo existencial.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Intento ser optimista porque es lo más útil, como dijo Churchill, pero en ocasiones, la realidad me desborda apagándose toda esperanza. Anhelo de no tener unas futuras generaciones preparadas para la vida, para vivir en comunidad. Pesar que se acentuó cuando me topé con el editorial de El País titulado Sin relevo profesional, en donde se manifiesta la poca cualificación laboral de los jóvenes, latente en el envejecimiento de las plantillas. Desconfianza de lo que viene de las Universidades, abogando por el continuismo de los profesionales más veteranos.

Ojalá no tuviera que escribir estos artículos, de verdad lo digo. Ojalá pudiera juntar letras diciendo otras cosas más positivas, pero esa es la realidad. Ayer lo hablaba con mi novia, le espetaba de forma contundente la cantidad de jóvenes simples que hay hoy en día. Como un abuelo cebolleta, desahogaba mis pasiones refugiado en el calor de la persona con la que quiero compartir mis días. Siempre se dice que debemos cuidar más que nunca los vínculos afectivos porque necesitaremos un sitio donde refugiarnos cuando todo se desmorone. Si no lo ha hecho ya. Hemos simplificado todo tanto en la era líquida de la inmediatez que hemos creado individuos insulsos, sin fondo.

No hay que confundir simpleza con sencillez. Lo digo porque precisamente, en la confesión que hice el otro día, mi pareja me replicó que ser sencillo era algo bueno. Y estoy de acuerdo. La sencillez tiene que ver con las formas, con el saber estar, con el dejar a un lado la fanfarronería, la prepotencia, el llevar una vida desprendida con humildad. La simpleza valora otro tipo de elementos, no solo los intelectuales, estudia la forma de comportarse y de actuar los unos con los otros. Personas con nula inteligencia emocional, tercos, incapaces de mantener una conversación adulta. Diálogos maduros cuyo ingrediente principal es el espíritu crítico. Algo que hoy escasea, vamos como ovejas en distintos rediles sin que exista una actitud rebelde ante determinados planteamientos.

Por eso, en cuanto alguien como Isabel Díaz Ayuso dice alguna ocurrencia, por absurda que sea, un grupo de sumisos acude en masa a adorarla. No es que diga cosas inteligentes, es que dice cosas diferentes a los demás. La mayoría de las opiniones que se vierten en este mundo nuestro no suelen ser más que refritos de las reflexiones de otras cabezas pensantes. Hay muchas opiniones y pocas reflexiones. Todo el mundo opina, pero nadie reflexiona, todo el mundo corre, pero nadie se para a pensar.  

Herencia del mundo ligero en el que vivimos, diría Lipovetsky.

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