Rafa Nadal
El tenista español Rafa Nadal posa con su décimo trofeo de Roland Garros tras vencer en tres sets al suizo Wawrinka / EFE

El filósofo Yuval Noah Harari, en su libro 21 lecciones del siglo XXI, define los sistemas educativos occidentales como una cadena de montaje en la que unas estructuras se encargan de formar a los profesionales del mañana. Sofisticación centrada en la especialización de los sistemas cualificados. Rueda laboral cimentada en unos alumnos confinados durante cuatro años en las bibliotecas que deben conseguir cumplimentar una ficha de créditos para conseguir el pasaporte del ascensor social.

«El hijo del obrero, a la universidad», narra Ana Iris Simón en Feria. Mantra tan manido, el de que la persona que no se adentra en las cátedras del saber es un fracaso sin oficio ni beneficio, que como señala la propia Simón en su novela prima, al final los que no tienen donde caerse son esos colegiados que se iban a comer el mundo. Ha calado tanto ese cliché elitista intelectual que el exceso de oferta de mano de obra ha provocado que nuestros graduados terminen emigrando a otros países, o remángandose para enrolarse en los trabajos que pretendían eludir con el título superior.

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En cambio, esos que aparentemente jugaban con desventaja al no haber seguido el curso académico natural, desviándose de la órbita universitaria, están trabajando en sectores con déficit de cualificaciones y con índices positivos de paro. Tú en Londres y yo en mi querida España, esa España mía, que decía la canción. Porque si algo que falta por lo menos en nuestras frontera son todos esos oficios infravalorados pero imprescindibles. Hablo de los mecánicos, de los zapateros, de aquellos trabajos de los que un día te dijeron que si no estudiabas terminarías en uno de ellos. Ha llegado el momento, gracias a esa demonización, en el que no hay un relevo generacional y esas tradiciones corren el peligro de perderse.

Bueno, habrá el que piense que el hecho de que exista una sobrecualificación de nuestros jóvenes es algo bueno. Lo sería si nuestro sistema premiase el talento tanto como el esfuerzo. Hoy en día, sigue un criterio falsamente meritocrático en el que se promociona al que más estudia y tiene la capacidad de retener una información. Se ignora al que pese a no ponerle tanto esfuerzo cuenta con dotes innatas para un arte determinado. Se eleva siempre como ejemplo de esfuerzo a Nadal, por ejemplo, obviando que además de trabajo, cuenta en su haber con capacidades físicas limitadas para el resto de los mortales. Por mucho que un servidor agarre una raqueta día y noche, es prácticamente imposible que llegue a ser como Nadal. El que lo crea tiene una mentalidad Mr Wonderfull. Todavía habrá iluminados que a lo mejor se han tragado esa campaña de coaching de los medios.

No todos podemos ser Nadal, esa es la verdad. Está bien esforzarse, está claro que si no se ponen los medios nada se consigue, pero lo que convierte lo ordinario en genuino es una pizca de talento. Por mucho que juegues a la lotería, tirarás el dinero si no te acompaña la suerte.

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