Para que una persona saque sus propias conclusiones en un debate, es necesario dar voz las distintas posturas. Pero en el tema del PIN Parental, o solicitud de información sobre los temas a tratar con los menores al margen de las materias obligatorias, se está tergiversando mucho y ocultando aún más. Prueba evidente de que no se tienen argumentos sólidos, ni razones de peso.

Los padres tenemos el derecho ampliamente reconocido, no deseo o capricho, de ser los primeros actores en la educación de nuestros hijos. Nuestros hijos tienen el derecho a que seamos quienes más les queremos y conocemos, los que les enseñemos las normas que consideramos beneficiosas y que les harán mejores personas. Los que no tienen ningún derecho, y sí un preocupante deseo de educar a los menores, es el Estado en manos de este gobierno y sus terminales ideológicas: las asociaciones LGTBI y feministas de género. Y no tienen derecho ninguno que les ampare, salvo una serie de normativas de rango menor que vulneran derechos constitucionales.

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Por otra parte, suponer, como dicen algunos intoxicadores, que la educación que damos los padres no es inclusiva y tolerante y sí lo es la que dan unos colectivos que solo vienen a hablar de inclusividad y tolerancia con sus asociados, es bastante estúpido. Y que no educamos en igualdad y sí lo hacen unos grupos supremacistas que discriminan por sexo, es ridículo.

Los padres queremos que nuestros hijos sean tolerantes y respetuosos, no solo con las personas LGBTI, sino con todos, sea cual sea su raza, sus creencias, su origen, su físico y sus gustos. Por eso no entendemos esa tolerancia selectiva hacia las personas LGBTI que excluye preocupantemente al resto. Y no entendemos que, aunque parcializado y privilegiando a un colectivo, el LGTBI, no se nos informe de todo lo que sobre tolerancia e inclusividad para con ese grupo se va a contar en las aulas. También queremos que nuestros hijos e hijas sean iguales, respetuosos entre ellos y que todos tengan su lugar en el mundo. No unas sí y otros ni recreo por ser varones.

¿Por qué, si todo es tan positivo, tan inclusivo, tan respetuoso, no se nos explica, y así damos el visto bueno a tan bellos objetivos?

Entre tanto respeto, queremos que la intimidad, la sensibilidad y el grado de madurez de nuestros hijos sean también respetados. Si estos cursillos tan tolerantes van a respetar la conciencia y sensibilidad de nuestros hijos, ¿por qué que no se nos dice lo que se les va a contar y todos contentos?

¿Por qué, si todo es tan positivo, tan inclusivo, tan respetuoso, no se nos explica, y así damos el visto bueno a tan bellos objetivos?

¿Por qué, entre tanto respeto, en vez de explicar y convencer a esos padres a los que algunas cosas no nos quedan claras, los tolerantes nos insultan de forma intolerante? (“Sois carcas, terraplanistas, ultrafachas, no sabéis educar a vuestros hijos”), y nos ocultan la información (“no tenemos por qué contar las maravillosas actividades sobre tolerancia y respeto que vamos a enseñar a vuestros hijos. No tenéis ni derecho a pedirlo”).

¿Por qué, en definitiva, se excluye la opinión de los padres y se les insulta cuando quieren saber, en el ejercicio de sus derechos, qué pasa dentro de las aulas en relación a temas que afectan a facetas de la intimidad de la persona?

¿Por qué esa virulencia? ¿Quizá porque hay mucho más que una educación en tolerancia, diversidad y equidad?

Pues sí, hay mucho más: eso que no se puede contar. Eso que no se quiere contar.

Por un lado, en esa educación tolerante e inclusiva se enseñan prácticas sexuales (esas sí, muy diversas, se lo aseguro) a los menores desde muy niños, se les lleva a la confusión en sus atracciones y afectos, y se generan problemas donde no los había. Se enturbian las relaciones entre niños y niñas y se crean dos castas irreconciliables: los maltratadores y las maltratadas.

Llevo muchos años escuchando los cursillos que dan a los menores y cómo han ido evolucionando a pura corrupción y manipulación que no hace más felices a los niños y sí complica con problemas de adultos su vida infantil.

Todo es mentira y, bajo unos impecables objetivos expresos, hay una ingeniería social con objetivos ocultos bastante menos asumibles

He visto la presunta “educación en tolerancia”, y he visto los resultados de una psicología conductista aplicada a unos menores sin resortes vivenciales para defenderse de los engaños. Y he visto los resultados. Y por contar lo que he visto, la gente “tolerante”, me ha perseguido, hecho la vida imposible, e incluso, ha tratado de eliminarme civilmente.

¿Por qué? Porque todo es mentira y, bajo unos impecables objetivos expresos, hay una ingeniería social con objetivos ocultos bastante menos asumibles.

Porque todo ese invento cuenta unas cosas muy bonitas que todos suscribiríamos y luego arremete contra los imaginarios disidentes de tan bellos objetivos en una conocida falacia argumental llamada “el hombre de paja”.

Y porque, por otro lado, hay que recordar que estas asociaciones dedicadas al adoctrinamiento en ideología de género a los menores, vive de esto: de manipular a los niños y de convencer al mundo de que son imprescindibles ante esos padres intolerantes que no quieren la diversidad y la tolerancia. Y que en breve verán peligrar su patria potestad.

¿Dan ganas de dejar la educación de nuestros hijos en manos de un gobierno donde el presidente ha falsificado su tesis doctoral y ha mentido repetida y manifiestamente y donde el vicepresidente ha recibido dinero de dictaduras y es tan cínico como incoherente? ¿Van a dejar a sus hijos en manos de una ministra que cree que los padres no pintan nada y de otra ministra que considera adecuado que los jueces vayan de turismo menorero a otros países?

¿Van a dejar a sus hijos en manos de un gobierno que nombra cargos públicos a señoras que, en imitación de su ídolo Simone de Beauvoir, seducen alumnas menores, personas que consideran que la heterosexualidad es mala para las mujeres? Podría seguir. Si algo hay en este gobierno es gente con la que uno no iría “ni a cobrar una herencia” como dice el dicho. Como para dejar la educación de nuestros hijos en sus manos.

Piensen si esta gente es de fiar, si sus terminales adoctrinadoras lo serán, si sus intenciones pueden ser diferentes a sus actos en cualquier otro ámbito, si no mentirán y ocultarán como hacen habitualmente y, una vez meditado, corran siempre hacia el lado contrario de donde quieren llevarles. Desconfíen de los que viven de mover las ruedas del carro de la ideología de género utilizando a sus hijos, a los menores, como combustible desechable.

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