A los que han encumbrado a Greta al estrellato les importa muy poco Greta. Seguramente, empezando por sus propios padres, quienes parecen más interesados en sacar rédito económico y mediático de este asunto que del bienestar de la niña. No se explica, si no, que permitan y hasta jaleen a su hija para que abandone sus estudios, su hogar, sus amigos y su ambiente y se exponga a situaciones para las que no estarían preparados ni siquiera la mayoría de los adultos. Y menos ella en su situación, que ha confesado padecer el síndrome de Asperger.

Por supuesto, a los activistas que viven del timo del apocalipsis climático y chapotean en subvenciones públicas, Greta les importa un pimiento. A los políticos que ven en ella un medio para recolectar votos verdes y para sacarse una foto que subir a Instagram, lo mismo. Y no hace falta ni señalar lo poco que les interesa la cría sueca a las grandes multinacionales que sustentan todo este asunto.

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La estela de Greta se va a disolver como esos polos que dicen algunos científicos (no todos, ni mucho menos) que se están derritiendo: lenta pero inexorablemente. Y, entonces, Greta Thunberg se quedará relegada, apartada, olvidada, descartada y sola en cualquier esquina, abandonada como se abandona un juguete roto.

Después de algunos años de anonimato, algún genio del periodismo publicará un originalísimo artículo que titulará algo así como “¿Qué fue de Greta Thunberg?”, y nos refrescará la memoria e instruirá a las nuevas generaciones sobre esa chica que en un momento dado ocupó las portadas de los diarios de todo el planeta. Ese planeta que pretendía salvar y para el que ya habrán encontrado unos nuevos salvadores con más tirón mediático.  

Todos ellos habrán seguido mejor o peor sus vidas mientras aquellos niños, ahora adultos, yacen en cualquier esquina como un juguete roto

¿No les suena esta historia? La hemos visto cientos de veces en niños que alcanzaron prematuramente la fama dedicándose al cine, a la música, al deporte, a desfilar por las pasarelas de moda o a hacerles creer que eran unos genios. O, más recientemente, a YouTube y a las redes sociales. Los niños, claro, se lo creyeron. Y cuando llegaron a la edad adulta y perdieron su candor infantil, no lograban entender por qué ya no eran esas criaturas especiales a las que todo el mundo hacía caso y les dedicaban aplausos, sonrisas y carantoñas.

Es entonces cuando llegan la depresión, los excesos, las drogas, el botox, las clínicas de desintoxicación, los psicólogos, los ansiolíticos y hasta el suicidio. O el ir arrastrándose por las redacciones de revistas y programas de corazón mendigando unos segundos de atención y de gloria. O el pelearse por entrar en cualquier reality y que les manden a una isla para que les sometan a toda clase de perrerías y de humillaciones. Harán lo que sea necesario con tal de volver a sentir por unos instantes el calambre de la fama.

¿Dónde estarán entonces todos aquellos que les aplaudían, que les pedían autógrafos, que se sacaban una foto con ellos o que aguardaban horas y horas a las puertas de una gala para verles pasar apenas unos segundos? ¿Dónde estarán los que les aclamaban, los que les repetían una y otra vez que eran genios, que eran insustituibles, que habían marcado una época? ¿Dónde estarán, en definitiva, los que se llenaron los bolsillos a costa de explotar a unos niños que tuvieron la desgracia de caer en las manos de esos depredadores?

Todos ellos habrán seguido mejor o peor sus vidas mientras aquellos niños, ahora adultos, yacen en cualquier esquina como un juguete roto.

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