La mirada como sinónimo de lo humano
eyes, looking

Mi amigo Gonzalo González Carrascal me sugiere comentar una frase de Jules Goncourt, el novelista francés del siglo XIX.  Dice: “El más largo aprendizaje de todas las artes es aprender a ver”. El juego consiste en que nos enzarzamos en una larga conversación por videoconferencia, con esa frase como motivo. No llegamos a ninguna conclusión, pero, pasamos el rato.

En efecto, la visión es la cúspide de todos los demás sentidos; también, para leer. No todos los ojos ven lo mismo, ni todas las observaciones conducen a idénticos resultados. Hay que educar la vista (y los otros sentidos) para conseguir una buena representación de la realidad, que será, siempre, provisional o insuficiente. Lo evidente es la prueba definitiva de lo verdadero. Los ciegos deben de sufrir mucho; no, solo los de Granada, como dijo el poeta mexicano.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

Suscríbete a Actuall y así no caerás nunca en la tentación.

Suscríbete ahora

En latín (y, luego, en las lenguas romances), el verbo “ver” va más allá de la imagen; significa, asimismo, “observar, comprender, tener conocimiento”. En castellano, decimos “vamos a ver” o “hasta la vista” con la intención más completa de comunicarnos. El “visto bueno” equivale a la aprobación de un documento. Un hecho extraordinario es “lo nunca visto”. Un precio desmesurado equivale a “un ojo de la cara”.

Es tan completa la función visual, que se muestra como la auténtica expresión de la inteligencia. La pintura aparece como el cenit de la pirámide de sensaciones estéticas. Por eso, la representación pictórica es el símbolo máximo de la idea de museo. Seguramente, el momento del dibujo sobre la roca de las figuras animales en la cueva de Altamira (y de otras similares en el sur de Francia) coincidió con la aparición del lenguaje articulado. Eso debió de suceder hace unos cuarenta mil años, realmente, los albores de la humanidad inteligente, valga el pleonasmo.  Era el homo sapiens o, también, el homo videns. Más tarde vendría el homo legens. A partir de esa cadena, se puede decir que empezó a tejerse, propiamente, la historia. No fue hace mucho, en términos de la evolución de la especie humana.

En la cultura grecorromana, de donde procedemos los europeos, se interpreta que los ojos contienen algún tipo de energía. De, ahí, se derivó el “mal de ojo”, que podían transmitir ciertos personajes maléficos. No obstante, se impuso la parte positiva, que venía de lejos. En Egipto, el ojo del halcón era una divinidad propicia. En Grecia, el ojo humano era uno de los atributos de Osiris, el Apolo o dios del Sol.  En la primitiva iconografía cristiana, el ojo (junto a los rayos solares o introducido en un triángulo) correspondía a la representación de Dios. Más tarde, tales símbolos fueron incorporados por los masones. En todos los casos, pervive la metáfora de “los ojos como espejo del alma”. O también, se produce la impresión inquietante de que el cerebro se asoma, a través, de los ojos.

Los ojos no ven todo y de la misma forma para unos u otros observadores. Funciona el principio de la “percepción selectiva”: cada uno, y en cada caso, percibe, solo, la parte que le interesa del campo observado. Los aparatos fotográficos imitan nuestro sentido de la vista y enfocan el campo que interese en cada momento.

Lo, realmente, humano es mirar; algo que requiere educación y experiencia. Una persona culta (no hace falta que sea un egresado de Bellas Artes) sabe contemplar con inteligencia los cuadros de un museo o los elementos de un paisaje. Una parecida perspicacia se exige para desplegar cualquier otra operación mental, especialmente, la que se deriva del estímulo de la lectura.

Amando de Miguel. Artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

Comentarios

Comentarios