Lápida simulada dedicada a la Educación durante una protesta contra la Ley Celaá frente al Congreso de los Diputados /EFE
Lápida simulada dedicada a la Educación durante una protesta contra la Ley Celaá frente al Congreso de los Diputados /EFE

Alex, un loro que, tras un entrenamiento intensivo durante más de treinta años, consiguió distinguir 50 objetos diferentes, aprendió 100 palabras, distinguía formas y elementos además de identificar sus tonalidades. A pesar de sus esfuerzos, nunca iba a dejar de ser un loro, jamás estaría dotado para ser un gran conversador con el que desahogarse o arreglar las controversias existenciales.

Gran parte de la derecha en España clama contra la nueva ley educativa amparándose en que se está minando la meritocracia en las aulas, priorizando las capacidades o valía de los alumnos medidos de forma subjetiva por el profesorado a la evaluación objetiva representada por las clásicas calificaciones numéricas. Auguran generaciones deficientes, ineptas, analfabetas y manipulables. Ya no se sabrá quienes son los mejores, sino que todos entrarán en el círculo vicioso de la mediocridad.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Permítanme que discrepe. Creo que es lo poco con lo que estoy de acuerdo con el Gobierno de la infamia que nos legisla. Es lo que tiene la heterodoxia, que no te casas con nadie y tu único amante es el sentido común. Éste tan denostado y olvidado hoy en día. Precisamente por culpa de ciertos juicios de valor que ponen por encima la capacidad de repetir como un papagayo doscientas páginas al espíritu crítico del alumno. No sé por qué se escandalizan ahora; actúan como si nuestro sistema educativo hubiera sido eficiente y ahora una historia de éxito se fuera a derrumbar.

La realidad es que, desde la transición, las aulas ejercen como moneda de cambio de los Ejecutivos y cada cual amolda las futuras generaciones a su imagen y semejanza dejando poco margen a la opinión, nula rienda suelta a la creatividad y bloqueando el despertar de vocaciones. Solo importaba el saberse de pe a pa una materia que apenas te iba a servir para tu futuro. Incluso en la Universidad te encontrabas con alumnos brillantes con notas modestas y a ignorantes con valoraciones sobresalientes. A veces pasaba que los alumnos que no hacían nada más que estudiar dedicaban esos únicos esfuerzos a hincar los codos y en cambio, otros estudiantes con inquietudes preferían compaginar su formación con la exploración de heterogéneas áreas.

Hablan de meritocracia los mismos que se van de ERASMUS en cuarto de carrera para quitarse las asignaturas más difíciles del grado. Todos sabemos, como me han reconocido algunos, que cuando uno se va a Italia, los profesores te facilitan las cosas a la hora de examinarte, teniendo en consideración tu proveniencia extranjera. Así que no me vengan ahora con lo de méritos. ¿Quieren meritocracia? Que se hubieran quedado en sus respectivas universidades sin utilizar salvoconductos multiculturales. Así de fácil.

Creo que como alega Michael J. Sandel en La Tiranía del Merito (Debate), debemos abogar más el alcanzamiento del bien común. Una conquista perdida precisamente porque las generaciones están siendo instruidas con una mentalidad competitiva, individualista y narcisista. Vivimos en un mundo donde cada vez hay más engranajes de la máquina de montaje laboral y faltan humanistas que lideren la sociedad y cambien de verdad el mundo. Realidad que se trasforma desde las ideas de la conciencia, no desde el disco duro de la memoria. Hasta un loro es capaz de aprender una serie de palabras cohesionadas, sólo los intelectuales piensan y crean materia nueva para aprender.

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