Un ejemplo de la riqueza del español
Un ejemplo de la riqueza del español

No hace falta decir “más mejor”, pues basta con un comparativo. No hay que caer en el infantilismo, como “más peor” o “más mayor”.

Lo que sigue es un vademécum de consejos prácticos; no llegan a ser normas gramaticales o de autoridad. Se dirigen a las personas que, por su profesión o por gusto, se ven movidas a redactar escritos, aunque, solo sean, artículos como este. Su intención es la de informar o convencer a los hipotéticos lectores de determinados extremos que el autor desea aclarar.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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En la España actual, prácticamente, casi todos los adultos con un mínimo de instrucción suelen escribir, de cutio, algo más que cortos mensajes de salutación. Ese acopio de textos exige que las normas de redacción tengan que ser algo más cuidadosas que las tradicionales de la ortografía y sintaxis escolares. En tiempos pretéritos, cuando la escritura era una actividad bastante rara, las reglas de prosodia eran muy elementales. Hoy, se impone una creciente precisión; sencillamente, porque es mucho lo que hay que leer. Se puede establecer un parangón con el tráfico automóvil. En la época de los primeros automóviles, apenas, existían normas de tráfico; ni siquiera estaba claro si había que circular por la izquierda o por la derecha de la calzada. Es evidente que, hoy, se impone un detalladísimo código de la circulación.

Parece insuficiente la distinción entre un texto bien redactado y otro con yerros. De suyo, el ordenador corrige las inadecuaciones ortográficas o sintácticas. Empero, se abre un amplio campo de mejora en la escritura.

No basta con la satisfacción de hispanohablante al registrar que, en su idioma, “se escribe como se habla”. Ciertamente, la expresión oral puede ayudar mucho a la correcta transcripción; por ejemplo, haciendo que los puntos, comas y otros signos delimiten las frases y las pausas. Sin embargo, se plantean ulteriores exigencias. Cualquier escrito puede ser mejorado.

Una norma elemental es que las frases no deben ser sesquipedálicas; basta con que no excedan de 30 palabras entre punto y punto. Por lo mismo, se agradece que los párrafos no sobrepasen las 30 líneas. Son límites convencionales.

Pueden introducirse frases entre paréntesis o entre guiones; basta con que no se prodiguen mucho. Por lo mismo, la presencia de frases interrogativas o admirativas debe ser excepcional. La razón de tal ahorro es que los lectores, aun los más avezados, suelen saltarse las oraciones que van entre paréntesis o entre guiones, cuando se prodigan mucho. Pasa algo parecido con las frases interrogativas o admirativas, cuando forman serie.

Los puntos, comas y otros signos no se colocan a capricho. Traducen las pausas que, inconscientemente, hacen las personas al hablar, al leer en voz alta el texto escrito.

Cuando la frase se inicia con un complemento o con una forma adverbial, lo correcto es que siga una coma. Ejemplos: “Con todo, esto es, por otro lado, en cualquier caso”. La ilustración famosa es “En un lugar de la Mancha”. Es conveniente que los adverbios todos vayan entre comas. La razón es que un adverbio supone una frase implícita.

Hay que cuidar mucho de no repetir una palabra con sentido en un mismo párrafo; no digamos, en la misma frase. De paso, hay que procurar que no salten rimas indeseadas entre voces cercanas. Las más peligrosas son los vocablos terminados en -ón o los adverbios en -mente.

Algunos adverbios terminados en -mente deben usarse con mesura. Por ejemplo, deben evitarse “completamente”, “absolutamente” o “totalmente”, a no ser que se consideren imprescindibles. Dan fuerza al adjetivo que sigue, pero, de forma abusiva.

Al expresar opiniones, deben evitarse algunos términos de falsa modestia, como “a mi juicio”, “a mi parecer” o expresiones análogas. En los textos con pretensión científica o literaria, es corriente acudir a citas de otros autores. En tal caso, el consejo es que la alusión no pase de media docena de líneas. Podría sobrepasarse en el supuesto de que se tratara de un análisis de los textos del autor citado.

No hay por qué prescindir de los pronombres demostrativos (este, ese, aquel). No obstante, lo mejor es evitarlos; suelen prestarse a confusiones. Por la misma razón de ambigüedad, conviene prescindir de algunos términos como “el mismo”, “el primero” o “el segundo”, etc., cuando se trata de una concatenación de razones o circunstancias.

Ya, sabemos que la vida es un tránsito; pero, no es bueno abusar de ciertas palabras muy corrientes en la versión inglesa. Por ejemplo, “prerrequisitos”, “precondiciones”, “precampaña electoral”. En tales casos, el prefijo no añade nada y aun confunde.

Comprendo que los anteriores consejos pueden parecer gratuitos o, peor, imposiciones autoritarias. En esos casos, no se seguirán. Pero yo escribo para los buenos lectores y, ocasionalmente, disciplinados escritores. Les recuerdo que estas normas no las he seguido en muchos de mis escritos anteriores; se han ido decantando, poco a poco, después de ellos.

Amando de Miguel, artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

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