Varón, maduro, que dice autopercibirse como una niña de 5 años.
Varón, maduro, que dice autopercibirse como una niña de 5 años.

Aún recuerdo la expresión de horror de mi amigo hindú recién venido cuando vio una corrida de toros que transmitían por televisión: «¡puede ser su abuela o un pariente del torero!». Rápidamente cayó en cuenta que en esta parte del globo no creemos en la metempsicosis y recompuso su expresión.

A un mismo dato de la realidad se le pueden adscribir múltiples interpretaciones ideológicas, metafísicas o religiosas: epicúreas, estoicas, cristianas, budistas, islamistas, yogas, veganas, marxistas, nazis u otras. Todas son razonables para sus seguidores y pueden ser hasta ininteligibles para los demás.

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La interpretación que ha cobrado auge últimamente contando, como ninguna otra en la historia de la humanidad, con el apoyo de las instituciones públicas de máxima influencia -ONU, ministerios específicos en gobiernos, partidos políticos, lobbies globales multimillonarios que financian con millardos de Dólares a gigantescas ONGs- es la de género, que busca producir una plataforma global y profunda para interpretar el dato de la realidad de la especie humana sexuada como especie homosexual sin distinción de sexos.

Según esta ideología, las personas no nacen con sexo identificable por mucho que sean comprobables con los más estrictos criterios científicos sus órganos reproductivos y su DNA de macho o hembra. Según esta concepción el género puede o no coincidir con el sexo porque se asienta en el aspecto mental cultural que sólo es identificable cuando aparece la cultura. Esta determinación subjetiva del género se sustrae a todo criterio médico científico objetivo, depende en su totalidad de la auto percepción de la persona y es incontestable por la ciencia: es superior a todo criterio científico objetivo. Queda sin absolutamente ninguna relevancia el sexo binario de la realidad biológica pese a ser característico de la especie humana para sus fines de reproducción y preservación y del cual surge la institución cumbre de derecho natural: la familia.

Pero esta negación ideológica de los datos de la realidad no se queda en el plano de las ideas, sino que se lleva a sus máximas y hasta hace poco impensables consecuencias: si la auto percepción de la persona o sus preferencias sexuales no concuerdan son sus órganos reproductivos sanos y su química corporal sana, se declaran ésta y aquellos como malignos y sujetos de extirpación aquéllos y cómo trastorno que debe ser contrarrestada con otros químicos artificiales ésta. Y por si esto fuera poco se exige que estas extirpaciones de órganos sanos y tratamientos sean cubiertos con fondos públicos. Y como si esto no fuera ya suficientemente escandaloso en varios países se legisla que un menor de edad pueda someterse a operaciones mal llamadas de «cambio de sexo» sin el conocimiento ni el consentimiento de sus padres. En Francia se acaba de promulgar una ley que le retira la patria potestad a los padres si éstos se niegan a autorizar estos tratamientos para sus hijos menores de edad.

¿Cómo hemos llegado a este estado terrible inimaginable de imposición de una ideología profundamente invasiva en casi todo el Occidente desarrollado? En el núcleo de la respuesta está el lenguaje que es infinitamente más que sólo medio de comunicación en el ámbito de la razón práctica. Con el lenguaje describimos la metamorfosis en el ámbito de la ciencia sin que la metamorfosis en sí misma se vea afectada por nuestra descripción aunque ésta sea desacertada. La botánica se trata con instrumentos de la razón teórica. Pero cuando hablamos de realidades del ámbito de lo puramente humano, práctico, de la realidad no sensible, nuestro lenguaje afecta inevitablemente la realidad que describe, deja de ser descriptivo para volverse prescriptivo, crea la realidad que describe cuando la describe ya sea que ésta realidad creada con el acto de su descripción se corresponda con la realidad en sí misma o no.

Después de que el lobby homosexual por intermedio de las diferentes instituciones de la ONU ha logrado volver lenguaje oficial su argot (nos ha incluido a todos por fuerza en la comunidad lingüística de seguidores de su ideología de género), ha creado con ese mismo acto una realidad cósmica global homosexual de la que nadie puede librarse: se vuelve imposible discrepar de las concepciones de la ideología de género, puesto que no lo permite el universo conceptual y terminológico reestructurado para convertir en la realidad esa concepción. Toda objeción contra la concepción homosexual de la vida se convierte en negación de la realidad o sea en patología, en fobia. Este es el sentido de fondo del «newspeak » orwelliano y del argot de todas las ideologías totalitarias.

No es sostenible científicamente que el sexo se pueda cambiar, por lo tanto expresiones como «cambio o reasignación de sexo» son falsedades per se con sentido sólo en el newspeak orwelliano homosexual que crea su correspondiente realidad artificial. Igualmente ocurre con las expresiones «transmujer», «hombre embarazado», «mujeres con pene», hombres con vagina». A estas realidades artificiales del género le siguen los correspondientes adjetivos y pronombres.

Nadie puede ser forzado a adoptar ese argot que sólo es inteligible para los homosexuales y sus seguidores. Ni ONU ni ninguna institución pública puede obligar a ninguna persona o sistema legal o educativo a adoptar el argot homosexual ni, para el caso, ningún otro argot ideológico.

Quizá la tarea pendiente más urgente para la humanidad es una petición masiva, con cientos de millones de firmas, para impedir que la ONU o cualquiera otra institución pública, pueda seguir imponiendo el argot ideológico homosexual como si fuera lenguaje de validez universal, porque este conjunto de conceptos y términos una vez aceptados crea artificialmente una realidad que sólo es válida para la gama de homosexuales pero que es ininteligible cognitivamente, discrepa radicalmente y causa severos conflictos a quienes no padecen la condición homosexual que son el 97 % de la población mundial.

Alejandro Berganza

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