El miembro de Vox Mariano Calabuig ha sido el involuntario protagonista de una polémica alentada por Carla Antonelli, representante del Partido Socialista Obrero Español en la Asamblea de Madrid, quien ha pedido el amparo por el uso, permitido por la Real Academia Española, del masculino genérico.

La expresión «el representante del Partido Socialista» utilizada por el que fuera efímero presidente del Foro Español de la Familia, ha desencadenado la reacción de Antonelli. Pero tal vez Antonelli no debería lanzarse contra el representante de Vox, sino en primer lugar contra la vicepresidenta del Gobierno Carmen Calvo, que no es partidaria de que los varones puedan ser reconocidos social y jurídicamente como mujeres por su mera voluntad, tal y como pretende la ley trans que impulsa la podemita Irene Montero.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Antonelli apenas le ha gruñido a Calvo con un «no somos un peligro para la seguridad jurídica de 47 millones de españoles» durante la entrega de unos premios en Leganés.

Queda claro que Antonelli, por tanto, no alza la voz en la Asamblea de Madrid tanto por la invocada dignidad, sino por conveniencia política, por azuzar a Vox. Si no, primero depuraría la discusión en su propio partido, pero de verdad, donde no son pocas las militantes y dirigentes que niegan la feminidad reivindicada por Antonelli.

RAE: «En algunos ámbitos se ha difundido la idea de que el masculino genérico es una herencia del patriarcado. Esta tesis carece de fundamento»

Carla Antonelli nació y es biológicamente varón. Lo dice el análisis de cualquiera de sus células. Esto es un hecho científicamente irrefutable. Tan cierto como que en su trayectoria pública se ha presentado con el conocido sobrenombre artístico y que desde abril de 2007 su nombre legal es el de Carla Delgado Gómez.

Habrá que decirlo con todo el respeto a su dignidad personal y, aún más, precisamente por ello, mientras se pueda sin riesgo cierto de acabar entre rejas como se ha pretendido con Lidia Falcón sin éxito por el momento.

Y tal vez haya que reiterarlo con más fuerza aún cuando las rejas sean la respuesta legal a la discrepancia al dogma de la ideología de género, la nueva religión atea que tratan de imponer aquellos que dicen no creen en nada salvo en sí mismos.

A algunos les da igual que la Real Academia de la Lengua haya reiterado hasta la saciedad, con puntos y comas, que existe en nuestro idioma la distinción entre el masculino específico y el masculino genérico.

La misma RAE ha denunciado que «la tesis de que el masculino genérico oculta a la mujer se ha mantenido como un dogma acompañado de los consiguientes anatemas. Se han diseñado recursos lingüísticos ad hoc para borrarlo del uso. La tesis ha cabalgado en campañas publicitarias proactivas y ha terminado anidando como un lugar común en el subconsciente de muchas mujeres y de muchos varones» en su Informe sobre el Lenguaje Inclusivo encargado, precisamente por Carmen Calvo.

Va aún más allá: «En algunos ámbitos se ha difundido la idea de que el masculino genérico es una herencia del patriarcado. Su uso es lesivo para la mujer, por lo que se ha de evitar en el discurso. Sin embargo, esta tesis carece de fundamento. El masculino genérico es anterior al masculino específico y su génesis no se halla relacionada con el androcentrismo lingüístico».

Aún con todo, el debate lingüísitco, que es importante, no repara en lo imprescindible, en lo esencial.

Cabe recordar llegados a este punto que es precisamente la mirada inocente y desideologizada de un niño la que destapa en el cuento, no ya la desnudez -estulticia en grado sumo- del emperador, sino sobre todo el engaño de los pícaros que embaucaron al regente y sometieron primero a toda la corte y luego al pueblo llano.

¿Quién está dispuesto a ser ese niño? Pues ya ha habido algunos y han sido objeto de todo tipo de tropelías mediáticas, políticas y judiciales. Pero cada vez son más y, antes o después, triunfará su denuncia. La verdad es la verdad y, aunque se niegue y se trate de ocultar, acaba imponiéndose.

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