Imagen referencial /Pixabay
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Tengo en mis manos un regalo y me preocupa no saber agradecerlo, no saber disfrutarlo: un puñado de días de familia.

A pesar de la preocupación, de la incertidumbre, de los malos ratos y el no entender bien qué pasa, es un regalo maravilloso. Un montón de horas de estar con ellos, de jugar, de hacer manualidades, de coser, de charlar… y me muero de miedo de que pasen esos días, que no volverán nunca, mirar atrás y pensar que los desaproveché.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Miro y veo lo que hacen unos y otros, lo que publican y lo que cuentan unas amigas y otras y me veo torpe, incapaz, demasiado preocupada por cumplir horario y objetivos y,  sobre todo, anhelando esa imagen perfecta que veo siempre en los demás y frustrándome porque no alcanzo ese ideal.

Por eso me he parado a escribir esto.

Hoy no conseguía dormir, me he levantado y me he puesto en manos de Dios. Estoy preocupada, sí, y supongo que por eso no podía dormir porque en el fondo no sé bien qué pasa, no sé qué va a pasar ni si seguiremos bien. Y estando en Sus manos, llorando en ellas, me he dado cuenta de que el gran regalo es mi debilidad, mi impotencia y mi incapacidad.

Pretendo tenerlo todo controlado y que todo salga bien y ahí es donde fracaso. Si admito y asumo que ese plan idílico que tengo organizado para estos días no puedo alzarlo y además no hace ninguna falta que lo alcance, entonces bajo el listón y dejo un poco de hueco para la improvisación y la espontaneidad que tanta falta me hacen.

No sé si el horario será perfecto, no sé si harán todos los deberes, no sé si aprenderán inglés o a cocinar, y me da igual. Lo que de verdad me importa es que cuando pasen estos días, miremos atrás y recordemos lo bien que estábamos juntos en casa y la de cosas que pudimos hacer que nunca hubiésemos hecho, o simplemente que no hicimos nada especial pero molaba.

Quiero ser capaz de no hacer nada, de mirarles sin pensar que tengo esto o aquello pendiente, tirarme al suelo a jugar sin mirar el reloj. Quiero ser capaz de ver que no da tiempo a terminar de recoger y que me de igual, quiero dejar la comida sin hacer porque estaba jugando al fútbol y tener que improvisar bocadillos o pizzas congeladas, quiero ser capaz de dejarles a ellos organizar el horario y el plan, quiero ser capaz de no decirles continuamente “a ver, chavales, venga que hay que….”.

Tengo un regalo en mis manos y quiero disfrutarlo. No se trata de ser perfecto sino de ser feliz y que ellos lo sean.

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Orgullosa de ser mujer, esposa de Paco y madre de 10 hijos. Estudié Filología Inglesa, pero acabé por entregarme -feliz- al cuidado de mis hijos. También presido Profesionales por la Ética y la plataforma Women of the World. Además, he escrito un libro (Mi historia y once más, Ed. Áltera) y tengo un blog con el mismo nombre. [https://mihistoriayoncemas.wordpress.com/home/] Reivindico la esencia de lo femenino y lo masculino (diferentes, gracias a Dios) en su complementariedad.