La persona conocida como Fiorella Díaz, reclama en Argentina el cupo laboral.
La persona conocida como Fiorella Díaz, reclama en Argentina el cupo laboral.

El gobierno argentino del peronista Alberto Fernández está decidido a no dejarse ganar por nadie en sumisión postrada al dogma políticamente correcto y a confirmar la fama del justicialismo como el grupo político más escandalosamente demagógico de los dos hemisferios. Acaba de establecer una cuota en el sector público que solo podrán ocupar “personas travestis, transexuales y transgénero», según un decreto publicado en el Boletín Oficial.

Es solo un 1% del funcionariado -es decir, el doble que el porcentaje de letalidad del coronavirus sobre población contagiada-, pero un metaestudio de 2015 (European Psychiatry 30; 807-815, 2015) revela que la prevalencia de la transexualidad es de 4,6 por 100.000 individuos. Es decir, que los puestos reservados se quedarían sin quien los ocupara en su abrumadora mayoría si no fuera porque, ay, Argentina es el país de ‘Nueve reinas’ y el ser humano es como es.

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Para empezar, el decreto especifica que el cupo se aplicará a «las personas travestis, transexuales y transgénero, hayan o no efectuado la rectificación registral del sexo y el cambio de nombre de pila e imagen». Es decir, que nuestro proverbial leñador canadiense, con toda su barba y su vozarrón, puede presentarse a ocupar su puesto.

El hombre moderno tiene una acusada tendencia a mirar a sus tatarabuelos por encima del hombro, muy especialmente a su ancestro medieval. Esos tipos se creían cualquier cosa; nosotros, en cambio ‘hemos estudiao’. El campesino medieval podía creer que en la otra punta de la Tierra había hombres con cabeza de perro o con la cara en el pecho; nosotros somos ‘científicos’, no caeríamos en esas fábulas.

El caso es, naturalmente, el contrario. El campesino medieval podía creer en los cinocéfalos porque no tenían la menor influencia en su vida y porque de hecho existían ‘monstruos’ como la jirafa o el canguro que le hubieran asombrado igualmente. Pero sabía perfectamente lo que tenía que saber sobre sus asuntos y sobre lo que ha sido desde el principio del mundo el acervo de sensatez de la humanidad.

Que es justamente lo que se ha perdido en nuestra época en amplias capas de nuestras generaciones ‘estudiadas’. Quizá porque, como escribió Cicerón, no hay bajo el sol disparate imaginable que no se le haya ocurrido a algún filósofo (léase, ‘experto’), y eso es lo que enseña el pensamiento dominante a nuestros ‘jóvenes sobradamente preparados’.

Ejemplo: todo lo que se incentiva, se multiplica. Eso se ha sabido siempre, en todas partes. Solo ahora parece ignorarse, como sigue comprobándose regularmente con las consecuencias de la Ley de Violencia de Género. Si mañana el BOE ofreciera una sustanciosa beca de investigación sobre el apareamiento de gamusinos, habría quien optara con gran aparato de documentación.

Si el gobierno de verdad creyese que las mujeres nunca mentimos, nuestras obligaciones fiscales se verían enormemente simplificadas y no es el caso

En realidad, sigue sabiéndose, pero solo se aplica cuando interesa. Por ejemplo, en el caso de los ‘impuestos al vicio’, es decir, los gravámenes que se imponen a productos o servicios que las autoridades consideran nocivos, como el tabaco o el alcohol. Ahora, si no hay relación entre el premio o el castigo y la acción, como pretenden hoy tantas medidas de los gobiernos, ¿por qué hacen eso con el tabaco? ¿Qué justificación tiene?

La idea es que, igual que las mujeres nunca jamás mentimos -una cláusula que, por cierto, no nos iguala al hombre, sino que nos sitúa en una evidente superioridad moral-, las personas nunca dirían que son transgénero si no lo fueran, sea esto lo que fuere.

Naturalmente, si el gobierno de verdad creyese que las mujeres nunca mentimos, nuestras obligaciones fiscales se verían enormemente simplificadas y no es el caso: Hacienda no se fía de nuestra palabra. Habría que denunciar esta flagrante vulneración del dogma al flamante Ministerio de Igualdad, con tiempo para la próxima declaración de la renta.

No: curiosamente, las mujeres podemos mentir sobre cualquier cosa, menos sobre eso, a pesar de que ‘eso’ nos proporcione visibles ventajas en la negociación de un divorcio o por hacerle pagar a “ese desgraciado” cualquier agravio no punible.

De igual manera, nadie va a decir que se siente mujer siendo hombre, u hombre siendo mujer, si no es cierto, aunque la ley no haya contemplado hasta la fecha algo tan lábil como el ‘sentimiento’ como base jurídica para nada.

Sumen a esto el caótico estado de la economía argentina -que arrastra desde hace décadas-, y ese detalle de la ley según el cual no hace falta alguna que hayas cambiado el sexo en el registro, ni el nombre, ni la imagen. Ni nada, podemos añadir. Solo habría, por lo que leemos en el texto legal, que apuntarse al cupo. ¿Puede alguien tomarse en serio a esta gente, de verdad, o es que les gusta abonar el fraude descarado por pura afición?

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