¿Cómo podré agradecerle a doña Carmen Calvo, vicepresidente en funciones del gobierno de España, la paz que ha traído a mi alma? ¿Cómo pagaré a la responsable de Igualdad que me haya liberado de toda complicidad en ese feo asunto?

Carmen Calvo, a quien sospecho que Sánchez mantiene para que no digamos de él eso de que no se puede ser más tonto, y recemos por que tenga una vida al menos tan larga como su permanencia en el Gobierno, ha tenido una de sus majestuosas intervenciones, que son como una obertura de Wagner, una sinfonía en un constante ‘crescendo’, una marcha ascendente en la que cada cota de estupidez aparece ante el público atónito como insuperable, solo para ser casi inmediatadamente superada por otra más alta, allí arriba, inalcanzable, donde los demás, simples mortales, solo podemos contemplarla en la lejanía, gloriosa cima inaccesible del disparate.

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Pero ha bastado una sola frase para que me haya sentido igual que el reo acusado de un horrible delito que oye como un dulce canto el veredicto absolutorio del juez. Cito: “El feminismo es de todas, no bonita, nos lo hemos currado en la genealogía del pensamiento progresista, del pensamiento socialista”.

Ya, sé que es confuso de leer, ella es así, ni Dixie ni Pixie, pero el meollo de la cuestión es que el feminismo, esa peste que está carcomiendo el casco de la civilización occidental, esa conflagración atómica cuya onda expansiva parece crecer cada día más dañina en lugar de mitigarse, no es cosa de todas, no es, en definitiva, nuestra culpa, sino que su autoría hay que achacársela en exclusiva al socialismo, imaginamos que al socialismo femenino (tú no, Nelken, calla), que se lo ha ‘currado’.

Naturalmente, doña Carmen es demasiado generosa al solidarizarse con los verdaderos culpables en esa modesta primera persona del plural. Es de justicia decir en su descargo que cuando doña Carmen llegó a la escena, el crimen ya estaba en proceso imparable, y su contribución fue, en el mejor de los casos, exigua. Incluso podría defenderla alegando que ha hecho más por ridiculizar el feminismo que por promoverlo, lo que sería un mérito no pequeño si no fuera porque todo en su discografía nos lleva a pensar que ella es así, que no hay astucia ni doblez en su simpleza y que hacer el ridículo viene a ser en ella más una segunda naturaleza que un don fruto del estudio y el tesón.

El feminismo es un movimiento tan curioso que, a diferencia de todos los anteriores, en él la teoría y el discurrir vinieron después del hecho, y no antes

La charla de Calvo, en ese transcurrir tan suyo de saltarina coherencia demediada, ha ampliado mi dicha al liberarme de responsabilidad, en general, de todo ese cúmulo de desgracias y experimentos con humanos que los socialistas etiquetan como “conquistas sociales”. De nada soy culpable; de todo se hace responsable la Calvo, como un Sanson que dejara caer sobre su cabeza el templo de los filisteos. Todo de los socialistas, todo.

Pero no hay ilusión que dure mucho, a mi edad, más cuando una, a diferencia de esta benefactora de las conciencias, tiene la funesta manía de pensar y el nefasto vicio de hacerlo por mi cuenta y riesgo, sin esperar siquiera a que mis hermanas feministas, las de la lucha que me ha dado tantos derechos obtenidos al precio de su sangre, me instruyan en lo que debo opinar.

Siendo así, sé, ay, que no es cierto, no, no del todo. Que, por más que me tiente, no puedo cargar sobre las espaldas del socialismo el origen del feminismo, porque sería una falsa atribución. El feminismo es un movimiento tan curioso que, a diferencia de todos los anteriores, en él la teoría y el discurrir vinieron después del hecho, y no antes; que eso que se llama “vanguardia intelectual del feminismo’ llegaron más bien en la retaguardia y con la lengua fuera, tratando de buscar pretextos pseudointelectuales impregnados de impenetrable jerga marxista a lo que ya estaba ocurriendo con olímpico desprecio hacia sus infumables mamotretos.

La verdad de verdad es que esa patraña que lleva el nombre risible de ‘liberación femenina’ se gestó con la aparición de las máquinas, que anulaban la ventaja de la fuerza bruta, y los anticonceptivos y las necesidades de la producción industrial y postindustrial y los intereses del patrón y el deseo de debilitar ese bastión inmemorial contra los abusos del poder que es la familia. Enrolar a la mujer en la fábrica interesaba al patrón y enfrentar a hombres y mujeres interesaba al poderoso. Se daban todas las circunstancias propicias para que ocurriera, convenía a los que cuentan, y sucedió.

¿A qué lucha se refieren, cuál fueron sus sangrientos hitos y quiénes son esas sacrificadas guerreras a quienes supuestamente debo mis ‘derechos’?

Pero no hubo lucha, sino solo escenificaciones fotogénicas, en el mejor de los casos; no se tomó ninguna Bastilla, no se asaltó ningún Palacio de Invierno, ni corrió abundante por las calles la sangre de cromosoma XX.

La locura es enseñar que algo que conviene a los poderosos ha habido que arrancárselo con lucha; que tenemos una deuda de gratitud con unas anónimas y nebulosas ‘hermanas’ que sufrieron innominados sacrificios para conseguir lo que estaban deseando darles.

Ese mito risible es la verdad canónica, la que te sueltan en las redes sociales cuando confiesas que el feminismo te concita parecidos sentimientos a un batido de sesos de mono. “Pero bien que te beneficias de los derechos que han conseguido para ti las feministas en su lucha”.

Mi réplica inmediata es preguntar, a mi vez, a qué lucha se refieren, cuál fueron sus sangrientos hitos, y quiénes son esas sacrificadas guerreras a quienes supuestamente debo mis ‘derechos’.

Decir que las respuestas son vagas es quedarse muy corta. La réplica habitual es el insulto genérico; los más corteses o pedantes aventuran algunos nombres, invariablemente autoras que llevaron una tranquila vida burguesa cuyas obras fueron recibidas sin represalias ni excesiva indignación.

Así que, lamentablemente, el socialismo no inventó el feminismo. Nadie lo hizo. El socialismo solo lo secuestró, como ha hecho con las demás ‘luchas’.

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