Imagen referencial.
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El gobierno de Emmanuel Macron se está planteando introducir el puesto de ‘asistente sexual’ de personas con discapacidad. Durante la Conferencia Nacional sobre la Discapacidad, el presidente francés ha proclamado que «el derecho a la vida sexual» otorga «dignidad» a las personas con discapacidad.

Bueno, aquí en España se está discutiendo una ley terrible que presupone que la inmensa mayoría de nosotros, que vamos a morir probablemente con dolor, lo haremos indignamente. Así que tampoco resulta tan extraño que en Francia piensen que es el orgasmo -ni siquiera el amor, la compañía, el sacrificio- lo que hace digna la vida de las personas.

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Siempre me ha llamado la atención los extremos que adopta la modernidad frente a dos fenómenos fundamentales -sexo y alimentación- que tienen fines clarísimos y de cuya realización, como subproducto, se obtiene un placer. Para la segunda no es menos estricta que los moralistas más ascéticos de antaño.

Comer no es principalmente un placer, en absoluto: es nutrirse, y tiene una importancia absoluta. El moderno te dirá qué tienes que comer, incluso qué es ÉTICO comer, y no pasará ni media en esto. Sí, quizá esto no esté demasiado sabroso, pero es tu salud, y no hay nada tan importante, porque de lo que se trata es de dar al cuerpo los recursos que necesita y su aporte de energía para seguir funcionando.

El sexo, en cambio, es pura recreación. No es, como advierte cualquiera con dos dedos de frente, la fábrica de la vida, el medio por el que llegamos a este mundo, la única forma de ‘crear’ seres humanos, no. Eso es un efecto secundario que a menudo se trata como nocivo, y así se habla tranquilamente de ‘sexo seguro’ para referirse a la actividad sexual que no se traduce en su resultado natural, a saber, un embarazo. Lo que vendría a ser como llamar ‘comida segura’ a una que no llegara al estómago.

No fue la Revolución Francesa ni la Rusa la que más ha afectado a nuestra situación actual y a nuestro inmediato destino, sino la Sexual de finales de los sesenta

Ya sé que soy una obsesa sexual, pero insisto, porque me asombra infinito que no sea este un asunto, como poquísimo, tan central en nuestros debates como la economía. No fue la Revolución Francesa ni la Rusa la que más ha afectado a nuestra situación actual y a nuestro inmediato destino, sino la Sexual de finales de los sesenta. Ahí fue cuando se hizo ese juego de trileros por el que el sexo dejó de ser en el discurso público lo que siempre ha sido y siempre será, a saber, el modo en que nos reproducimos los seres sexuados.

Me siento tonta repitiendo algo tan obvio para casi toda la humanidad casi todo el tiempo, pero el niño no es un accidente del acto sexual: es el fin del acto sexual. Por lo que afecta a la naturaleza -a la que le da bastante igual si lo hemos pasado bien o si es el amor de nuestra vida-, el único. Por eso es una absoluta locura hablar de ‘salud reproductiva’ para referirnos a los anticonceptivos, no digamos al aborto. Una mujer embarazada no está enferma; los anticonceptivos no curan nada, no hay nada que funcione mal en unos órganos sexuales que responden como se supone que deben responder, más bien al contrario: funcionan demasiado bien para lo que quieren nuestros ‘expertos’.

Separar un acto natural de su finalidad -y uno tan transcendente- tiene por fuerza que plantear consecuencias devastadoras

Pero igual que señalamos justamente el vicio romano de vomitar para seguir comiendo como un síntoma claro de su decadencia, y advertimos que separar un acto natural de su finalidad -y uno tan transcendente- tiene por fuerza que plantear consecuencias devastadoras, es fundamental que nuestra sociedad abra los ojos y se dé cuenta de que eso es exactamente lo que está haciendo con el sexo.

Lo que plantea Macron, lo que se plantea en Francia, por monstruoso que parezca -el Estado actuando de proxeneta de los discapacitados, en mamporrero oficial-, no deja de ser un consecuencia lógica de la trivialización de la fuente de la vida. Primero se desvinculó el sexo de la procreación, porque lo importante es que “expresaban su amor”. Luego lo del ‘amor’ dejó de ser necesario siquiera como pretexto, y solo quedó un entretenimiento barato que, precisamente por eso mismo, nuestros mandarines promocionan a nuestros ojos noche y día.

Saben perfectamente que un pueblo que ha convertido el acto por el que venimos al mundo en un entretenimiento -a ser posible, obsesivo- será un pueblo dócil. ‘Liberar’ la actividad sexual, complicar un acto tan sencillo hasta el infinito, es su modo de poder quitarnos las libertades más altas sin que nos quejemos. Los cerdos gruñen, pero no se rebelan.

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