El Príncipe Harry de Inglaterra y Megan Markel, Duques de Sussex posan junto a su primer hijo.
El Príncipe Harry de Inglaterra y Megan Markel, Duques de Sussex posan junto a su primer hijo.

El príncipe Harry, nieto de la reina Isabel II de Inglaterra, ha confesado a la prestigiosa primatóloga británica Jane Goodall que quiere tener, como máximo, dos hijos para proteger el planeta ante el actual problema del cambio climático.

Una solo puede respirar aliviada al pensar que, al menos, no se trata del heredero y que, así, en el improbable caso de que la monarquía británica siga en pie a la muerte de Carlos de Inglaterra, esta tara que refleja tan evidentemente el pelirrojo de los Windsor no se transmitirá a los futuros retoños del linaje.

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Harry, leo, expresó su inquietud sobre las consecuencias para el planeta del comportamiento de la humanidad. «Lo que necesitamos recordar a todo el mundo es: estas son cosas que están pasando ahora. Ya las estamos viviendo», resaltó, y calificó de «espantoso» lo que está pasando con el clima. 

Ahí tengo que darle la razón, y me extrañaría encontrarme a un británico que no esté dispuesto a reconocer que lo que está pasando con el clima en las islas desde hace unos cuantos miles de años solo puede definirse como “espantoso”.

Europa se muere porque no se reproduce a un ritmo mínimo para garantizar siquiera la sustitución generacional. Envejece y se contrae

Al final va a resultar que la monarquía es la más representativa de las instituciones, al menos representativa de la moderna locura del pensamiento progresista. El tipo ya se ha casado con una actriz americana divorciada, algo que obligó a abdicar a su tío-bisabuelo pero que en nuestros tiempos en causa de celebración, y una mujer, además, que apenas puede abrir la boca sin soltar algún lugar común favorable al pensamiento único, especialmente en su vertiente feminista.

Una no sabe cómo comentar noticia tan ridícula. Me tienta decir que abstenerse de tener hijos, en general y en nuestro mundo occidental, para “reducir la huella de carbono” es una superstición mil veces más estúpida que cualquiera que pudiera retener un campesino en la antigüedad. Que un miembro de la realeza británica -con más purpurina que un belén- diga muy serio que no quiere tener más de dos hijos para no dañar el planeta es como un niño que afirmara solemne que no va a llevar su cubito de plástico al mar para no vaciarlo.

No, no: mil veces más idiota. Inconcebiblemente estúpido. Monumentalmente descerebrado. Europa se muere porque no se reproduce a un ritmo mínimo para garantizar siquiera la sustitución generacional. Envejece y se contrae. Y, créanme, el resto de pueblos del planeta va a seguir teniendo hijos al ritmo que le dé la gana y la naturaleza le permita, porque no están para estas tontunas. Y si somos abrumadoramente los confortables occidentales -¿y puede haber alguien de vida más confortable que un ‘royal’?- los que nos obsesionamos con el medio y su conservación como de escaparate y exposición, ¿qué creen que va a pasar cuando desaparezcamos ‘por incomparecencia’ o nos volvamos sencillamente irrelevantes? Porque nada indica que quienes vienen a sustituirnos compartan nuestras alarmas ecológicas.

Pero es todo una inmensa broma, o lo sería si no se estuviese explotando para recortar nuestras libertades, cambiar radicalmente nuestra forma de vida y hacer que aceptemos el empobrecimiento que predican (para nosotros, que a ellos verán como nunca les falta de nada). Es una broma y un paripé y un posado de virtud hipócrita que los miembros de la élite, y muy especialmente quienes representan una venerable y vieja institución (la Corona inglesa, porque la dinastía, los Windsor, no son más antiguos o venerables que los Rolling Stones) pretendan apuntarse a todos los principios de la progresía reinante salvo a uno: el que les convierte, precisamente, en reyes, reinas, príncipes y duques. ¿No es ridículo que alguien como Meghan Markle vaya de go grrrl y mujer empoderada hecha a sí misma y no renuncie al título de duquesa de Sussex? ¿Quizá cree que se lo ha ganado, que es un puesto así como CEO de Coca-Cola y ha recompensado su extraordinario esfuerzo concediéndoselo? ¿En serio puede ser alguien tan obtuso para no advertir que si es conocida y puede sermonearnos a todos y todas con su virtud postmoderna es porque, por decirlo mal y por las bravas, ha dado un braguetazo real; que apenas la reconocería un puñado de frikis de las pelis de Serie B si no hubiera emparentado con una familia que, por esencia, representa exactamente lo contrario de lo que ella predica todo el día?

En todo esto hay una maravillosa moraleja aplicable a esta moda ideológica de nuestras élites, que no pasa, en su caso, de ser un pretexto para anunciar su prístina bondad. El resultado es, naturalmente, el disparate a la corta y, a la larga, el caos y el enfrentamiento. Porque como nos hemos hartado de decir, la progresía es el pastoreo de tribus de víctimas autodesignadas con objetivos incompatibles, y el choque es inevitable.

Por ejemplo, hoy mismo nos enterábamos de la agencia de la ONU para las mujeres dejará de centrarse en los derechos de las mujeres. Como lo oyen, ahora se ocupará de la “igualdad para todos los géneros”, lo que debe de ser una tarea bastante relajada porque solo existen dos; los demás, inabarcables y en perpetua inflación, son una ficción, una sopa de letras, un juego de inventar identidades sin nada detrás salvo un puñado de tristes occidentales ociosos que no saben ya cómo llamar la atención.

El anuncio de este cambio, que imagino tendrá muy contentas a las feministas, con años de ‘lucha’ de mentirijillas a sus espaldas, se hizo durante un acto auspiciado por esa maldición de posguerra conocida como Naciones Unidos titulado “Diversidad de Géneros Más Allá de lo Binario”. Estos chicos deberían encontrar alguna forma útil de ganarse la vida, en serio. Y, a ser posible, sin molestar al personal.

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