Es una de las gigantescas paradojas de nuestro tiempo. Vivimos en una era obsesionada con la seguridad, en la que los fabricantes de productos varios deben advertir contra el uso más improbable y peregrino de los mismos; en la que fumar está prohibido en casi todas partes y los médicos pueden acabar en los tribunales si no advierten a sus pacientes de los riesgos más estadísticamente raros de cualquier tratamiento o intervención.

Pero basta que se trata de algunas de las locuras fetiche de la postmodernidad para que todo eso salte por los aires y se haga la vista gorda frente a verdaderos experimentos arriesgadísimos. Como en el caso del aborto, ese sacramento central de la Cultura de la Muerte. O, como en el caso que nos ocupa, esa verdadera plaga que es la ‘transexualidad’ infantil.

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De repente, de la noche a la mañana, un número poco plausible de niños y adolescentes han ‘descubierto’ que pertenecen al sexo contrario al que un somero examen bastaría para determinar. De repente, de la noche a la mañana, un número poco plausible de niños y adolescentes han ‘descubierto’ que pertenecen al sexo contrario al que un somero examen bastaría para determinar. Una no entiende bien qué puede querer decir para estrictos materialistas “una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre”. ¿Qué hay, además del cuerpo? ¿Van a incluir un ‘alma femenina’ (o masculina) en los libros de medicina? Si hemos quedado en que el género es un ‘constructo cultural’, que no hay un solo rasgo anatómico, biológico, psicológico o de comportamiento que pueda definir qué es ‘lo femenino’, ¿qué significa exactamente ‘sentirse mujer’?

Antes de toda esta locura, se hablaba de disforia de género. Se sabía, por ejemplo, que en el caso de los niños que se identifican con el sexo contrario al biológico, la ilusión desaparece en casi nueve de cada diez casos al llegar la pubertad. También se sabía entonces que lo que se llama ‘reasignación de sexo’ no cambia realmente el sexo del individuo y viene a ser, en el mejor de los casos, un apaño con inciertos resultados.

Hoy todo ese conocimiento se ha tirado alegremente a la basura, porque aquí no se trata de ciencia, sino de magia Disney, de voluntarismo, de fingir real todo lo que se desea. Y esa ficción deseada parece imponerse a todo, incluso a décadas de protocolos de seguridad y prevención de riesgos.

En Gran Bretaña 1.200 niños menores de 15 años acudieron en 2018 al Servicio de Desarrollo de la Identidad de Género (GIDS), y de ellos, 63 se sometieron a agresivos tratamientos con bloqueadores

Niños desde 3 o 4 años, a los que nadie haría el menor caso si dijeran que quieren ser bomberos o Batman, se ponen a jugar con una Barbie o a vestirse de princesa y a muchos les falta tiempo para ‘diagnosticar’ que son ‘transgénero’. Si los padres son especialmente ‘woke’, con la ayuda de un estamento educativo volcado en la promoción de todo lo novedoso, hay muchas probabilidades de que el infante acabe sometido a un tratamiento de bloqueadores de la pubertad.

Se trata de fármacos novedosos -con escaso historial, por tanto, para conocer bien sus efectos secundarios a largo plazo- que manipulan el equilibrio hormonal natural para retrasar la pubertad, con sus ‘indeseados’ resultados físicos. Si les suena aberrante y peligroso, probablemente no estén muy equivocados.

La cosa se ha desmandado hasta tal punto que la seguridad social británica, el NHS, ha iniciado una investigación sobre estos medicamentos que podrían tener efectos irreversibles. En ese país, 1.200 niños menores de 15 años -es decir, que no pueden votar o someterse a una intervención de rutina sin permiso de sus padres- acudieron en 2018 al Servicio de Desarrollo de la Identidad de Género (GIDS), y de ellos, 63 se sometieron a agresivos tratamientos con bloqueadores de este tipo.

Es decir, que en buena medida es una ‘moda’, por fuerte que suene, en una edad muy sugestionable y en la que presión del grupo suele ser determinante

Según el Daily Mail, la ministra de Sanidad ha alertado al Parlamento que “este aspecto del servicio se ha desarrollado muy deprisa sin el conveniente escrutinio público”.

El primer indicio preocupante es la propia explosión social del fenómeno. Nadie espera, como ha sucedido, que en solo diez años haya crecido en un espectacular 4.400% el número de niñas que acudieron al servicio para someterse a un tratamiento de transición. Hay ya tantas peticiones que algunos médicos ofrecen consultas por Skype. La pregunta obvia es: ¿qué está pasando? Algunos autores sugieren que las redes sociales y unos programas pedagógicos más que entusiastas de estos fenómenos han contribuido significativamente. Es decir, que en buena medida es una ‘moda’, por fuerte que suene, en una edad muy sugestionable y en la que presión del grupo suele ser determinante.

Sobre todo, quienes han dado la voz de alarma en el Parlamento aducen que los sujetos y sus padres no pueden dar un consentimiento informado al tratamiento cuando no se les ha informado siquiera de los riesgos conocidos.

Estos tratamientos actúan reduciendo drásticamente los niveles de testosterona y estrógenos que determinan el desarrollo y la función sexuales. Se les ha asociado a graves condiciones médicas, como coágulos potencialmente mortales, dolor en las articulaciones y deterioro óseo. Y estos tratamientos se están administrando a niños a partir de los diez años, en ocasiones con la oposición de sus propios padres. La agencia americana de control de medicamentos FDA ha observado más de 26.000 casos de efectos secundarios nocivos asociados al Lupron y fármacos similares, incluyendo 6.370 muertes.  

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