Cartel LGTBI para el Orgullo LGTBI de 2016.
Cartel LGTBI para el Orgullo LGTBI de 2016.

Izquierda Unida podría ser vetada en los próximos orgullos LGTBI, leo en el Huffington Post español, y se me dispara como por reflejo una sonrisa de oreja a oreja. En el fascinante vaudeville de nuestros tiempos, vemos una de esas carreras a lo Benny Hill cada vez más acelerada: los partidos más conservadores más y más postrados de hinojos ante la creciente ensalada de siglas y el lobby cada vez más exclusivo y desdeñoso, más intransigente. Si esto hacen de la izquierda más izquierda del espectro parlamentario, ¿qué no harán con Ciudadanos, no digamos con el PP?

La ‘noticia’ la escribe una persona que firma con el nombre de Mar Cambrollé, a quien llamaré así por imperativo legal. Leerle es como adentrarse en un mundo paralelo, entrar en el universo del espejo, como Alicia, allí donde las ideas más disparatadas se discuten seriamente como si correspondieran a la realidad. Escuchen y juzguen:

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“El Partido Feminista de España (PFE) va de frente y muestra su #Transfobia y discurso de odio hacia las personas adultas, infancia y adolescencia trans. No se corta ni un pelo en hacer públicas aseveraciones que pueden confundir a la ciudadanía sobre la procedencia de las mismas, ya que utiliza los mismos términos que la ultraderecha, el nacionalcatolicismo o un transnochado y superado discurso psicomédico patologizante”.

Aguanten, solo un poco más: “Desde querer perpetuar el dogma biopolítico, no importa la ignorancia si el fin es reforzar una visión de las identidades trans que ha sido la excusa para la vulneración de derechos humanos de las personas trans”.

¿Cómo seguir defendiendo la ‘lucha de la mujer’, si el epígrafe ‘mujer’ no corresponde a nada real, siendo solo una opción personal libremente elegida?

Venga, acabo con esto, palabra: “Cuando la mirada de la sociedad es #Transpositiva, cuando la OMS y la APA dejan de considerar la transexualidad un “trastorno”, la Sra. Lidia Falcón y su partido emprenden una cruzada para devolver a las personas trans al espacio de los “trastornos”, en un atrevimiento no exento de mala intención, encienden una hoguera contra las leyes que garantizan el respeto, propugnan igualdad y se constituyen en herramientas para combatir el dolor, la opresión y el sufrimiento de las personas trans pero, sobre todo, de la infancia y adolescencia trans. Un discurso lleno de infundios sobre el contenido y propósito de la Ley Trans Estatal, destinado a intoxicar a la opinión pública con una consecuencia lesiva para los derechos humanos de las personas trans, derechos que no vienen a restar, sino a sumar”.

Ustedes perdonen. Lo que entreveo en todo esto es que las feministas radicales, de esas que culpan al heteropatriarcado hasta cuando les sale un orzuelo y que sueñan con lanzarse a la calle tras los machos con tijeras de podar, son, como si dijéramos, indistinguibles de Santiago Abascal y, probablemente, el cadáver exhumado de Francisco Franco. No me digan que no es una delicia.

El fin de la postmodernidad va a ser una orgía de destrucción interesante de ver desde el burladero, una verdadera guerra civil entre las tribus progresistas cuyo único nexo es el odio común hacia la normalidad. Pero, una vez obtenida la victoria cultural -y si no piensa usted que la tienen, debería salir más-, es inevitable la lucha por los despojos menguantes y que la mutua incompatibilidad salga a la luz y se haga carne… Y sangre.

No todas las feministas están en esto. De hecho, el rebaño va por donde le llevan, que es por la incoherente cañada de la ‘transicionalidad’ por la que todos los grupos que se llaman a sí mismos víctimas tienen idénticos intereses. Eso lleva a cosas tan divertidas como para suponer que hay una eterna animadversión del macho contra las mujeres, pero que basta con que uno de ellos diga que es mujer para que se acepte sin más su aseveración.

Las feministas del tipo Lidia Falcón son la peste, pero en esto son, al menos, lo bastante avisadas como para descubrir la amenaza. ¿Cómo seguir defendiendo la ‘lucha de la mujer’, si el epígrafe ‘mujer’ no corresponde a nada real, siendo solo una opción personal libremente elegida? ¿Cuándo se ha visto que un grupo oprimido lo sea porque la gente se apunta voluntariamente a él? Cualquier feminista de la ‘vieja guardia’ con dos dedos de frente se da cuenta de que la lucha trans, sobre todo con la radicalidad con que está planteada -la Doctrina Cifuentes: basta la declaración de la persona, sin precisarse cambio físico o conductual alguno-, supone a la larga la destrucción del feminismo y no me extrañaría que vieran en él el último y más avieso truco infame del Patriarcado para seguir oprimiéndonos.

Por supuesto, esto es una muestra más, la última. Pero el principio es de cajón. Muchas feministas que aplaudieron la entrada de ‘mujeres trans’ en el deporte femenino están viendo, con horror, que el maromo que antaño ocupaba el puesto doscientos en el ranking de levantadores de pesas se convierte, con escasísimo cambio visible, en la campeona mundial de halterofilia. Y así, disciplina deportiva tras disciplina deportiva, hasta que eso que se llama ‘mujeres biológicas’ tiren la toalla y abandonen definitivamente una actividad en la que cada vez tienen menos posibilidades de sobresalir.

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