Imagen referencial /PIxabay.
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Leo con enorme regocijo que Izquierda Unida de Leganés, en Madrid, organiza un taller de costura con vistas a la concentración, si el coronavirus no lo impide, del 8M, ese carnaval oficial del feminismo patrio. Les dejo el comentario que la propia IU Leganés deja en su cuenta de Twitter (con enlace a Instagram, que están en todo): “No te pierdas el taller de costura para la elaboración de materiales de cara al #8m que organizan las compañeras de Tertulias Feministas. Esta tarde en lalibredebarrio”.

https://twitter.com/iuenleganes/status/1233341929854652417?s=20

Ya saben, a la “libre de barrio” le toca coser para los camaradas, que las manos ociosas son aliadas del capitalismo. Una podría pensar, si no estuviera al cabo de la calle, que mandar a las mujeres a coser no suena especialmente empoderante o feminista, pero ya nos conocemos el truco.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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La izquierda puede colocar a un exujier de puticlub, sin prendas conocidas, para un cargo público a fin de tenerle contento (y callado) y es una audaz y loable maniobra que demuestra falta de clasismo y lealtad con los suyos

El truco es que no hay nada impuro para los puros. O, por decirlo de otra forma, que nunca se trata de lo que se haga, sino de quién lo haga, y con qué fórmulas. La izquierda puede mandar a fregar, pero a la derecha, que ni se le ocurra; la izquierda puede aventurar que determinada periodista conservadora o cierta política menos progresista de lo que debería es una casquivana (no es esa la palabra que usan, pero ustedes me entienden), o es un adefesio. En un ‘facha’, lo primero sería una intolerable muestra de machismo que insinúa, además, que las mujeres no somos libres para experimentar con nuestros sexo cuanto queramos, y lo segundo, una intolerable muestra de machismo que, además, presume que existe un canon de belleza heteropatriarcal al que deben ajustarse las mujeres todas.

La izquierda puede colocar a un exujier de puticlub, sin prendas conocidas, para un cargo público a fin de tenerle contento (y callado) y es una audaz y loable maniobra que demuestra falta de clasismo y lealtad con los suyos; la derecha, que ni lo intente.

La izquierda puede decir de una conocida periodista televisiva que la azotaría hasta que sangrara y aquí no pasa absolutamente nada, pero un piropo es una intolerable agresión machista. Y así hasta aburrirnos todos.

Como mujer abiertamente rebelde contra la tiranía feminista, que se niega resueltamente a que este ‘colectivo’ hable en su nombre -cosa que hacen sin parar-, he tenido que escuchar más veces de las que podría contar que el feminismo nos ha liberado de la esclavitud de seres llamadas “a fregar”. Cómo puede resumirse la multifacética, creativa, libérrima y aventurera labor de un ama de casa con hijos con esa referencia a labor tan marginal desafía al sentido común; es como ningunear la tarea de un estadista o un capitán de empresa diciendo que lo suyo es “firmar papeles”, sencillamente porque lo incluye.

Pero de lo que me dan ganas es de responder: “Habla por ti, hermana: yo sigo fregando”. Y es que da la sensación de que el feminismo haya hecho desaparecer por sus meras consignas los suelos sucios o nos haya hecho preternaturalmente indulgentes con la mugre, lo que no parece ser el caso. La dura realidad es que hay que seguir fregando -y todo lo demás-, y si es una tarea indigna de una mujer, imagino que no habremos arreglado mucho la cosa con que lo haga el hombre, salvo que el feminismo sea meramente, como parece a menudo, una vulgar ‘vendetta’.

Es cierto que la abrumadora mayoría de las feministas de primera fila no ha visto una fregona más que en fotos, pero no porque tolere más que el resto las superficies pegajosas en casa, sino porque tienen servicio, es decir, otras mujeres, muy frecuentemente inmigrantes de países mucho más pobres que el nuestro, ellas siempre más pobres que nuestras incansables luchadoras, para las que, de algún modo, ocuparse de la suciedad ajena no es humillante, sino retorcidamente empoderante. Porque le pagan, aunque sea una miseria.

Y este régimen oculto de semiesclavitud que libera a nuestras líderes de la esclavitud de la casa propia con la mano de obra de quien la tiene por ajena es uno de esos sucios secretitos del feminismo moderno: que libera a unas a costa de forzar a otras a hacer lo que se ha etiquetado de ‘machista’, con el agravante de que la mierda ni siquiera es suya o de los suyos.

Esta es otra de las paradojas: debemos creer que las mismas labores que son indignas cuando una las hace en su propia casa para sí y los suyos por amor son empoderantes y magníficas cuando se hacen por dinero en casa ajena.

Pero adecentar la casa propia no es muy distinto de lavarse la propia cara. Y en la enorme variedad de tareas del hogar, que el ama de casa organiza a su arbitrio, con su propia jerarquía de importancia y sin supervisión, es más fácil eso que llaman “realizarse” que en las enloquecedoramente monótonas tareas del administrativo moderno.

Pero no es lo que nos venden, ¿verdad? Un taller de costura es lo típico de la Sección Femenina de Falange. Hace poco no recuerdo qué política sugirió introducir en las aulas -sin distinción de sexos- la enseñanza de algunas tareas básicas de la vida doméstica y por poco la queman en efigie. Pero la izquierda, ay, podría ponernos a todas a coser que eso sería liberador y empoderante.

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